Enero 4
No que hable porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación. (Filipenses 4:11)
Vivimos en una sociedad permeada por el descontento. Los comerciales nos condicionan a ser envidiosos. Sin embargo, el asunto real no es tanto la sociedad en la que vivimos, sino el estado de nuestro corazón y de nuestra mente. Se nos aleja del contentamiento por muchas cosas que apremian nuestra atención: títulos, posesiones, influencia o fama. No obstante, todas estas nos roban cualquier sensación de gozo en lo que Dios nos ha dado y nos persuaden de que nunca serán suficientes. La búsqueda es interminable.
Ahora bien, Pablo podía decir, no solo que estaba contento, sino que estaría contento “cualquiera que sea mi situación”. ¡Esto es lo que todos están buscando! Entonces, ¿cuál era el secreto? Era fundamentar su autopercepción y su perspectiva de la vida en la suficiencia del Señor Jesucristo. Pablo no abogaba por el estoicismo para enfrentar las dificultades ni ofrecía un evangelio falso de autosuficiencia. No; su contentamiento era resultado de someter su corazón y mente a la voluntad de Dios, sin importar las condiciones que enfrentara.
No todos han vivido de ambos lados de la calle. No todos saben cómo es la vida de la otra mitad. Sin embargo, Pablo sí lo sabía. Él sabía lo que era estar arropado y alimentado, y sabía lo que era tener frío y estar desnudo. Si hubiera derivado su contentamiento de sus circunstancias, su vida habría sido un sube y baja constante, dejándolo embriagado por lujos maravillosos en un momento y abrumado por su ausencia en el siguiente. Tal espíritu inconstante habría neutralizado a Pablo, y lo habría vuelto incapaz de servir a Cristo.
Pablo era un hombre normal con necesidades normales. En una carta a Timoteo desde una mazmorra en Roma, Pablo escribió: “Procura venir a verme pronto… trae la capa… y los libros, especialmente los pergaminos” (2Ti 4:9, 13). Había sido abandonado por otros y despojado de muchas posesiones. Sí, Pablo necesitaba cosas como ropa, libros y compañía, pero sabía que estaría bien sin ellas, porque su paz descansaba en algo más grande.
Como Pablo, tu contentamiento puede y debe estar basado, en última instancia, en tu unión con Jesús. Rechaza cualquier ambición que no sea pertenecer a Él y permanecer por completo a Su disposición. Cuando conoces a Cristo y lo maravilloso que es Él, cuando sabes que es tu todo en todo, más precioso que la plata, más valioso que el oro, más hermoso que los diamantes y que nada que puedas tener se compara a Él,1 tu perspectiva de tus circunstancias y la medida de tu contentamiento serán completamente transformadas.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
