Octubre 23
“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno los muchos serán constituidos justos”. Romanos 5:19
Adán, el primer hombre, fue hecho a imagen de Dios. El Señor le dio a Adán un papel único en toda la creación, sin embargo, no lo cumplió y fue enviado fuera del Edén. Dios entonces hizo un nuevo comienzo con los israelitas; fueron llamados a ser Su pueblo. Mostraron Su carácter cuando obedecieron Su ley. Sin embargo, al igual que Adán, los israelitas fracasaron en su papel y fueron enviados al exilio.
Gloriosamente, cuando llegamos al Nuevo Testamento, descubrimos que donde Adán e Israel fracasaron, Jesús tuvo éxito. Jesús es lo que el pueblo de Dios estaba destinado a ser: el nuevo y mejor Adán, el verdadero Israel. Él es descendiente de Adán, y se identifica con la raza de Adán. Él se identifica con nosotros completamente, sin embargo, a diferencia de Adán, Jesús fue tentado y no pecó (Heb 4:15).
Lo que tenemos en el Señor Jesús es el único ser humano que alguna vez obedeció a Dios perfectamente, el único con quien Dios siempre está complacido. Jesús guardó todos los mandamientos de la ley. Por lo tanto, es la única persona que ha vivido que no merece ser desterrada de la presencia de Dios. Pero fue desterrado. En la cruz, Él voluntariamente enfrentó el castigo que los pecadores merecen, pecadores que están atados al pecado de Adán.
Toda la humanidad encuentra su herencia en Adán, tanto por naturaleza como por descendencia. Nacemos en pecado y estamos unidos con Adán en nuestra rebelión contra Dios. No hay excepción. La única respuesta a la situación de la humanidad es que los hombres y las mujeres sean presentados a la única persona que guardó la ley perfectamente y que no merecía ser desterrada de Dios, pero que luego fue obediente hasta el punto de la muerte en la cruz para que los pecadores puedan, por gracia a través de la fe, recibir todo lo que Él merece en lugar de llevar todo lo que Adán merecía.
Esta verdad está en el corazón de todo. Para los creyentes, todo lo que antes era cierto de nosotros encontró su raíz en ese único acto de Adán, mientras que todo lo que es cierto de nosotros ahora es el resultado de la obediencia de Cristo.
Si careces de seguridad, tal vez seas culpable de tratar de examinar tu propia vida espiritual para ver si estás haciendo lo suficiente. Pero no eres salvo por nada de lo que has hecho. Como nos recuerda el escritor del himno, somos salvos por una obra hecha por nosotros:
Y por Su muerte el Salvador,
ya mi pecado perdonó
Pues Dios el justo aceptó,
Su sacrificio hecho por mí.¹
¹ Charitie Lees Bancroft, “Before the Throne of God Above” [“Ante el trono celestial”] (1863).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
