Octubre 8
Haré con ellos un pacto eterno, de que Yo no me apartaré de ellos para hacerles bien, e infundiré Mi temor en sus corazones para que no se aparten de Mí. Me regocijaré en ellos haciéndoles bien, y ciertamente los plantaré en esta tierra, con todo Mi corazón y con toda Mi alma (Jeremías 32:40-41).
La búsqueda de Dios de nuestra alabanza y nuestra búsqueda de deleite en Él, son la misma búsqueda. La búsqueda de Dios de ser glorificado y nuestra búsqueda de satisfacción alcanzan su plenitud en esta única experiencia: nuestro deleite en Dios, que rebosa de alabanza.
Para Dios, la alabanza es el dulce eco de Su propia excelencia en el corazón de Su pueblo.
Para nosotros, la alabanza es la cima de la satisfacción que proviene de vivir en comunión con Dios.
La sorprendente implicación de este descubrimiento es que toda la energía omnipotente que impulsa el corazón de Dios a buscar Su propia gloria, también lo impulsa a satisfacer los corazones de quienes buscan su gozo en Él.
La buena noticia de la Biblia es que Dios no se niega a satisfacer los corazones de quienes esperan en Él. Todo lo contrario: precisamente aquello que nos puede hacer más felices es aquello en lo que Dios se deleita con todo Su corazón y con toda Su alma. Esto se encuentra en las palabras asombrosas: “Me regocijaré en ellos haciéndoles bien… con todo Mi corazón y con toda Mi alma” (Jeremías 32:41).
Con todo Su corazón y con toda Su alma, Dios nos acompaña en la búsqueda de nuestro gozo eterno, porque la consumación de ese gozo en Él redunda en la gloria de Su infinito valor.
