Existe una confusión muy grande en torno a los términos “feminismo” y “feminidad”. Aunque ya se ha escrito y hablado mucho sobre ellos, muchas cristianas ignoramos que, en la práctica, actuamos como feministas.
A menudo decimos, como el fariseo de la parábola: “Dios, te doy gracias porque no soy como esa mujer feminista. No estoy ciega, no tengo el entendimiento entenebrecido, no soy rebelde al orden que Dios estableció. Yo sí entiendo el orden de la creación y de los roles” (ver Lc 18:11-12).
Y, aunque seamos cristianas, casadas o solteras, jóvenes o ancianas, podemos ser feministas. No de nombre, pero sí en la práctica. ¿Conocemos en verdad los términos y las ideas que definen al feminismo? Vivimos estudiando el billete verdadero para detectar el falso, y, sin embargo, colamos el mosquito y nos tragamos el camello (Mat.23:24).
Ser feminista es, ante todo, sostener una ideología: algo que habita primero en la mente y que después se manifiesta en la conducta. La ideología feminista es un conjunto de ideas pensadas por otros que se nos transmiten y nos contagian: creencias, valores y manera de mirar la familia, el matrimonio y los hijos. No siempre llega como una bandera o una consigna. Muchas veces llega como una atmósfera cultural que respiramos sin darnos cuenta.

Esa influencia se detecta en las cosas pequeñas: en las prioridades y preferencias que nos guían en la elección de amistades, en la orientación que asumimos como hijas, jóvenes, madres, esposas o solteras. La mente, sin que lo sepamos, queda afectada, y esa influencia termina moldeando el comportamiento. Se puede reconocer en nuestras decisiones cotidianas frente a lo matrimonial, lo maternal, lo espiritual y lo emocional.
¿Puede una mujer cristiana actuar como una feminista?
Sí. Veamos cómo puede manifestarse esto. Se manifiesta en el enfoque que le damos a la vida, cuando el énfasis está puesto en la superación personal, en vivir “una vida plena”, en la salud y el crecimiento constante. No es que estas cosas sean malas en sí mismas. El problema está en el orden: primero, yo; segundo, yo, y Dios queda fuera del escenario de mis palabras y mis planes, y después yo otra vez.
Esa mentalidad se expresa en frases como “sigue tus sueños”, “invierte en tu vida al máximo”, “maximiza tu felicidad”, “experimenta al máximo”, “sé el centro”, “vive el presente”. O en esa vocecita interna que susurra que los hijos limitan la libertad, que el embarazo daña la elasticidad del cuerpo, que engorda y arruga, que los pechos se caerán, que hay que buscar primero la diversión, que las funciones maternales o matrimoniales roban el disfrute. Esa es una posición egoísta, porque asume que ser mujer, esposa o madre reducirá el disfrute e impedirá la realización personal.

Frente a esa mentira, la Biblia enseña otra cosa: que la maternidad y el matrimonio no son una cárcel, sino un llamado con propósito y con la fortaleza de Dios detrás.
Jesús, la verdadera libertad de la mujer
Jesús fue quien trajo, real y verdadera libertad a la mujer: libertad del pecado, libertad emocional y libertad del maltrato.
Educación igualitaria
Jesús incluyó a la mujer en la educación. Fue el primer maestro que aceptó discípulas, algo que rompía por completo la costumbre de Su época. Los fariseos no aceptaban que las mujeres se sentaran a escuchar la enseñanza, pero Jesús defendió a María, hermana de Marta, cuando esta se sentó a Sus pies para escucharlo mientras Marta se ocupaba de “muchas cosas” (Lc 10:38-42). Esa educación igualitaria (alfabetización, desarrollo profesional y vocacional para toda mujer) es precisamente una de las peticiones del feminismo actual, y es también algo que Dios, quien nos creó y nos dotó de dones y talentos, se complace en que disfrutemos: encontrar un lugar de trabajo o de servicio que nos satisfaga.

Inclusión económica, financiera y patrimonial
Durante el Imperio romano, la mujer no tenía poder ni independencia económica; permanecía bajo la custodia de su padre hasta casarse, y luego bajo la de su esposo. Jesús, al cuidar y proteger a la viuda de Naín, le resucitó al hijo para que ella, que ya no tenía esposo ni hijo, no quedara sin provisión.
En Lucas 7:13-15, leemos: “Al verla, el Señor tuvo compasión de ella, y le dijo: ‘No llores’. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y Jesús dijo: ‘Joven, a ti te digo: ¡Levántate!’. El que había muerto se incorporó y comenzó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre”.
Jesús procuró evitar la pobreza extrema en la mujer. Le dio valor al trabajo y los cuidados, y dio visibilidad a las tareas domésticas que recaen desproporcionadamente sobre las mujeres. La mujer de Proverbios 31 y Abigail son ejemplos del poder económico y de la influencia que puede tener una mujer que teme a Dios y anda en Sus caminos (Pro 31:10, 25-31).

Protección frente al divorcio y al abuso
Jesús protegió a la mujer del divorcio arbitrario y de la lujuria al enseñar que quien mira a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio en su corazón, y que no se debía dar carta de divorcio a la esposa por cualquier motivo.
Pero Yo les digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5:28).
Por la dureza de su corazón Moisés les permitió a ustedes divorciarse de sus mujeres; pero no ha sido así desde el principio. Pero Yo les digo que cualquiera que se divorcie de su mujer, salvo por infidelidad, y se case con otra, comete adulterio (Mt 19:6-9).

Identidad, potencial y llamado
Debemos practicar la empatía que Jesús tuvo, y lo hacemos al evitar competir de forma destructiva con otras mujeres. Jesús se identificó profundamente con la compasión y la sensibilidad femenina, y buscó que la mujer desarrollara su identidad y su potencial al máximo. Lo vemos cuando permitió que Juana y Susana, esta última, esposa del administrador de Herodes, le sirvieran con sus ofrendas y sus dones.
Con Él iban los doce discípulos, y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Chuza, mayordomo de Herodes; Susana y muchas otras que de sus bienes personales contribuían al sostenimiento de ellos (Lc 8:1-3).
Vemos también cómo Febe fue usada para llevar a Roma la carta que Pablo escribió: “Les recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa de la iglesia en Cencrea, para que la reciban en el Señor de una manera digna de los santos, y que la ayuden en cualquier asunto en que ella necesite de ustedes, porque ella también ha ayudado a muchos y aun a mí mismo” (Ro 16:1-2).

Vemos cómo Lidia fue la mujer que hospedó a Pablo y a quienes viajaban con él en Filipos donde se organizó una de las primeras iglesias de Asia: “Y estaba escuchando cierta mujer llamada Lidia, de la ciudad de Tiatira, vendedora de telas de púrpura, que adoraba a Dios; y el Señor abrió su corazón para que recibiera lo que Pablo decía. Cuando ella y su familia se bautizaron, nos rogó: ‘Si juzgan que soy fiel al Señor, vengan a mi casa y quédense en ella’. Y nos persuadió a ir” (Hch 16:14-15).
Y, vemos cómo el Señor permitió que Priscila sirviera junto a su esposo Aquila, tanto en el oficio de hacer tiendas como ayudando a Pablo, e impactó de tal manera en el servicio de evangelizar a otros que juntos llevaron a Apolos hacia la sana doctrina. “Llegó entonces a Éfeso un judío que se llamaba Apolos… hablaba y enseñaba con exactitud las cosas referentes a Jesús, aunque solo conocía el bautismo de Juan. Y comenzó a hablar abiertamente en la sinagoga. Pero cuando Priscila y Aquila lo oyeron, lo llevaron aparte y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios” (Hch 18:24-26).
Dios busca la complementariedad conforme a los roles que nos ha asignado. La imagen y la dignidad de Dios están en nosotras. Somos dignas de recibir un trato respetuoso. “Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn 1:27).

Dios también usó a jovencitas para comunicar y guiar hacia el único Dios verdadero: la muchacha israelita, sierva de la esposa de Naamán, fue quien aconsejó a su ama que su esposo fuera al profeta Eliseo, y este lo envió a zambullirse siete veces en el río Jordán (2R 5:1-14).
John Piper, en su escrito ¿Cuál es la diferencia?, expone más de cien maneras en que una mujer puede servir al Señor dentro de la iglesia, reservando para el hombre solamente el púlpito, el gobierno de la iglesia y el gobierno del hogar.
Debemos enseñar a nuestros hijos e hijas, criarlos y educarlos con esta verdad, apartándolos tanto del machismo como del feminismo ideológico para que crezcan reconociendo la dignidad igualitaria y los roles complementarios que Dios diseñó.

La verdadera feminidad bíblica echa fuera al feminismo
Es natural que, en el camino de cumplir nuestro deber como mujer, hija, madre, esposa o hermana, no siempre sintamos el gozo del deber cumplido. Sin embargo, aunque no sintamos ese gozo al hacer una tarea, al obedecer, al seguir la guía de Dios, tenemos la fortaleza que Él da y promete a quien obedece y hace Su voluntad. Entonces, podemos orar: “Señor en obediencia a ti, porque tu lo pides o mandas, echaré mi red”.
Notas de la verdadera feminidad bíblica
A pesar de no sentir gozo, al hacer tarea, al obedecer, seguir Su guía tiene la fortaleza dada por Dios de la recompensa.
La mujer cristiana no necesita el feminismo para tener valor, voz ni propósito, porque ya los recibió de su Creador desde el principio: fue hecha a imagen de Dios, redimida por Cristo en igualdad de condición espiritual con el hombre, y llamada a desarrollar sus dones en la familia, en la iglesia y en la sociedad.
Nuestra postura no es la del machismo, que la reduce, ni la del feminismo, que la enfrenta al hombre y pone el “yo” por encima de Dios; es la del diseño bíblico, que reconoce la misma dignidad en el varón y en la mujer, junto con roles distintos y complementarios.
Rechazamos, entonces, tanto la ideología que nos hace competir y anteponernos a Dios y a la familia, como la actitud que minimiza a la mujer o ignora sus dones.
Nuestra identidad, nuestra libertad y nuestra realización no dependen de una ideología humana, sino de conocer y vivir el lugar que Dios mismo nos dio en Cristo.