Septiembre 24
“No juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados”. Lucas 6:37
La razón por la que a veces asumimos que tenemos el derecho de condenar a otros es que es atractivo para nuestra naturaleza pecaminosa. Si somos honestos, en cuanto adquirimos una nueva posición de liderazgo o de autoridad, ya sea grande o pequeña, es increíble cuán rápido nos enfrentamos con la tentación de condenar en lugar de mostrar misericordia.
Debemos recordar que no estamos calificados para condenar. ¿Por qué? Porque no podemos leer el corazón del otro. No podemos evaluar con exactitud las motivaciones de los demás. Solo Dios puede decir: “Yo soy el que escudriña las mentes y los corazones, y les daré a cada uno según sus obras” (Ap 2:23). Ya que tú y yo no somos Dios, no debemos condenar.
Una de las maneras en que ignoramos el mandamiento de Jesús aquí fácilmente y con frecuencia es con nuestra lengua; pronunciamos condenación cuando decimos cosas que lastiman la reputación de alguien. En círculos cristianos, a veces tenemos hasta maneras astutas para hacer que nuestras calumnias suenen como peticiones de oración o como preocupaciones genuinas, pero, la verdad es que, la mayoría de las veces, nos encanta decir: “¿Escuchaste sobre ella? ¿Sabías eso de él? ¿Sabes por qué hizo eso?”. El espíritu del fariseo (condenar a otros para presentarnos a nosotros mismos en una mejor luz en comparación) está vivo y coleando entre los creyentes.
Por lo tanto, debemos ser especialmente cuidadosos con la manera en que usamos nuestras palabras. En lugar de utilizar nuestra boca para condenar, debemos pedirle al Espíritu Santo que nos dé la capacidad de hablar palabras de vida. Antes de abrir nuestra boca, debemos seguir el consejo de la misionera Amy Carmichael y preguntar: ¿Lo que voy a decir es amable? ¿Es verdadero? ¿Es necesario? La Escritura es absolutamente clara en este punto. De hecho, el libro de Proverbios nos enseña que “la boca del necio es su ruina, y sus labios una trampa para su alma” pero que “el de espíritu leal oculta las cosas” (Pro 18:7; 11:13).
En Jesús, encontramos un Salvador cuya sangre nos limpia del pecado de las palabras sin cuidado y de todo comentario condenatorio, un Salvador que nos perdona de la tendencia pecaminosa que se levanta en nuestro corazón y que intenta jugar un papel que solo le pertenece a Él. A la luz de esto, debemos arrepentirnos a diario de los pecados de nuestros labios y pedirle al Espíritu que nos dé un deseo renovado para que tanto las palabras de nuestra boca como la meditación de nuestro corazón sean aceptables a los ojos del Padre (Sal 19:14).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
