¿Qué es una mujer? ¿Quién define su rol en la sociedad, en la familia y en la iglesia? ¿Cómo se ha distorsionado el valor de la mujer de una u otra manera a lo largo de los siglos?
Sin duda nos encontramos en tiempos confusos. El rol de la mujer ha sido definido tantas veces en nuestra era que ya no sabemos qué es lo que nos toca hacer como mujeres. Para tener claridad, veamos cómo la Escritura da luz sobre este tema.
Hombre y mujer: mismo valor
Génesis 1:27-28 nos cuenta una historia muy diferente de cómo fue que Dios creó al hombre y a la mujer:
Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”.

Observemos que Dios puso Su imagen en ambos: en el hombre y en la mujer. Los dos sexos tienen el mismo valor delante de Dios.
A ambos les fue dado el mandato cultural. Dios les dijo: sean fecundos, multiplíquense, llenen y sometan la tierra. Todos estos verbos Dios los indicó en plural. Estas tareas fueron ideadas para llevarse a cabo por medio de ambos: varón y hembra. Juntos, en unidad y como equipo.
“Ayuda” no es una mala palabra
En el capítulo 2 de Génesis encontramos con mayor detalle la formación de los primeros seres humanos. Adán fue formado primero de la tierra, pero de Eva aprendemos esto:
Para Adán no se encontró una ayuda que fuera adecuada para él. Entonces el Señor Dios hizo caer un sueño profundo sobre el hombre, y este se durmió. Y Dios tomó una de sus costillas, y cerró la carne en ese lugar. De la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la trajo al hombre (Gns 2:20b-22).

Anteriormente, en el versículo 18, Dios explica la razón por la que creó a la mujer: “Entonces el Señor Dios dijo: ‘No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda adecuada’”.
Una ayuda adecuada. Eso podría sonar despectivo o inferior. Como si el protagonista de la historia fuera Adán, y Eva solamente fuera una figura extra sin nombre. Pero esa palabra, ayuda, en el original es ezer. Y es la misma palabra que es usada en la Biblia cuando leemos que Dios es nuestra ayuda. El salmista dice:
Pero yo estoy afligido y necesitado;
Oh Dios, ven pronto a mí.
Tú eres mi ayuda y mi libertador;
Señor, no te tardes (Sal 70:5).

Y en el Salmo 121 encontramos que nuestra ayuda, nuestra ezer, viene de Dios:
Levantaré mis ojos a los montes;
¿De dónde vendrá mi ayuda?
Mi ayuda viene del Señor,
Que hizo los cielos y la tierra (Sal 121:1-2).
Ser ayuda no significa ser inferior o debil. Eva, la primera mujer, fue creada para complementar a Adán. Siendo diferente a él, ella tenía características que a él le faltaban: femenina, cuidadora y dadora de vida.

Eva fue creada para ser la ayuda adecuada. Nada inferior. La famosa frase del teólogo Matthew Henry lo describe muy bien:
La mujer fue sacada de una costilla del costado de Adán; no fue sacada de su cabeza para gobernarlo ni de sus pies para ser pisoteada por él, sino de su costado para ser igual a él, bajo su brazo para ser protegida, y junto a su corazón para ser amada.[1]
La mujer en el matrimonio
Cada marido es autoridad de su mujer. Efesios 5:22-24 lo explica claramente:
Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.

En este mundo caído, el tema de la sujeción es más complicado de lo que quisiéramos. Es posible que el marido utilice este pasaje bíblico para abusar de su poder y autoridad. Pero ese no es el diseño original de Dios para el hombre.
Los versículos siguientes son aún más claros acerca de esto: “Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella” (Ef 5:25).
Y de nuevo lo dice: “Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como a sus propios cuerpos” (Ef 5:28a).
Nunca este texto debe usarse con motivos pecaminosos. Si Cristo amó a la iglesia perfectamente, entonces es tarea del marido amar a la esposa de la mejor manera posible: dándose a ella y amándola como si fuera su propio cuerpo.

El valor de la mujer ante los ojos de Cristo
Durante el primer siglo, la cultura pagana tenía un concepto muy bajo acerca de la mujer. En la cultura romana, la esposa funcionaba básicamente como propiedad del marido. Y para los judíos, que habían distorsionado la ley de Dios, el estado de la mujer también había sido bastante denigrado.
¿Alguna vez te has preguntado porqué cuando los judíos sorprendieron a una mujer en adulterio la presentaron sola ante Jesús? ¿Dónde estaba el hombre con el que había cometido tal pecado? Ellos deseaban juzgar a la mujer y permitirle al hombre hacer lo que quisiera.

Pero Cristo, en los Evangelios, nos muestra que la mujer es digna de ser amada, de ser amiga, de ser discípulo, de ser tocada y sanada, de ser valorada y de ser cuidada:
- Jesús tenía una amistad profunda con María y Marta (Lc 10:39, 42; Jn 11:5, 32-33).
- Jesús se sentó a hablar con una mujer y se reveló a ella como el Mesías (Jn 4:1-42).
- Jesús tuvo compasión de la mujer enferma de flujo, la sanó y la llamó “hija” (Mr 5:24-34; Lc 8:43-48).
- Jesús resucitó a una niña de doce años (Lc 8:40-42, 49-56).
- Jesús tenía discípulas (Lc 8:1-3).
- Después de Su resurrección, Jesús apareció primero a las mujeres (Mt 28:1-10).
- Jesús respetó y valoró a María, Su madre (Jn 19:26-27).
Cuando Dios regenera a hombres y mujeres y los une en matrimonio o ministerio, ese es un reflejo de Su gran diseño.
El máximo potencial se alcanza cuando los hombres y las mujeres se percatan de que cada género tiene dones, habilidades y llamados diferentes que se desarrollan mejor si se trabaja en equipo para ayudar al otro a tener éxito en aquello que el Señor lo ha llamado a hacer. Solo unidos en cuerpo, alma y mente podemos realizar el trabajo de Dios con eficacia. Sin Cristo, nada podemos hacer. Con Él, y unidos como portadores de Su imagen, somos mejores.[2]
[1] https://gracia.org/library/blog/GAV-B220108/eva-su-creaci%C3%B3n-2a-parte
[2] Catherine Scheraldi de Núñez y Miguel Núñez, Revolución sexual, 47.
