El ministerio aburrido: cuando servir deja de sentirse emocionante

La fidelidad consiste en seguir haciendo lo que Dios nos ha encomendado, incluso cuando ya no produce el entusiasmo de antes.
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Plantar una iglesia puede ser emocionante. Hay personas que reunir, un equipo que formar, una visión que comunicar y mucho por construir. Sin embargo, si el Señor bendice esa obra, llegará un momento en que muchas de esas cosas dejarán de ser nuevas. El plantador eventualmente tendrá que convertirse simplemente en pastor. Llegará otro domingo y habrá que preparar otro sermón. Volveremos a reunirnos con los mismos hermanos, tendremos otra reunión de líderes, visitaremos a alguien enfermo y explicaremos verdades que probablemente ya hemos explicado muchas veces. Terminará un domingo y comenzaremos a prepararnos para el siguiente.

Así pasarán las semanas, luego los meses y finalmente los años. ¿Significa esto que algo salió mal? ¿Es la repetición una señal de que nuestro ministerio se ha estancado? ¿Debemos buscar algo nuevo cada vez que dejamos de sentir la emoción que experimentamos al comenzar?

La repetición es parte de la vida

La vida que Dios creó está llena de repetición. Eclesiastés dice: “Sale el sol y se pone el sol, apresurándose a volver al lugar de donde sale” (Ec 1:5). Dormimos y despertamos. Comemos varias veces al día. Trabajamos y descansamos.

Nadie celebra cada vez que un padre lleva a sus hijos al colegio, que una esposa prepara nuevamente la comida o que un esposo sale otra vez a trabajar. Pero después de veinte años miramos hacia atrás y descubrimos que una familia fue construida precisamente con miles de esos días aparentemente ordinarios. La fidelidad en nuestras tareas diarias casi nunca parece extraordinaria mientras la estamos viviendo.

Lo ordinario, vivido con fidelidad, tiene un valor extraordinario. / Foto: Unsplash

Lo mismo sucede en la iglesia. Nos congregamos cada semana, cantamos nuevamente, oramos nuevamente, escuchamos la Palabra nuevamente y celebramos la Cena del Señor una y otra vez y enseñamos las mismas grandes verdades del evangelio a nuevas generaciones. Esto no es un defecto. Dios nos ha hecho de tal manera que necesitamos escuchar ciertas verdades repetidamente para recordarlas. Aprendemos algo, lo olvidamos, volvemos a escucharlo y comenzamos a comprenderlo mejor. Lo que un día conocimos intelectualmente, con el paso de los años comienza a penetrar nuestro corazón y transformar nuestra manera de vivir.

Por eso Pablo le dice a Timoteo: “Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo” (2Ti 4:2). En otras palabras, predica la Palabra y luego vuelve a hacerlo.

El problema no es la repetición, sino lo que esperamos de ella

Si la repetición forma parte de la vida y del ministerio, entonces quizá el problema no sea hacer las mismas cosas, sino esperar que siempre nos produzcan la misma emoción. Nuestra cultura nos ha acostumbrado a buscar nuevas experiencias, nuevos proyectos y nuevos desafíos. Cuando desaparece la emoción inicial, fácilmente pensamos que necesitamos algo diferente.

Incluso podemos espiritualizar esta sensación y comenzar a decir: “Siento que mi tiempo aquí terminó”, “Necesito un nuevo desafío” o “Ya no tengo la misma pasión”. Por supuesto, Dios puede llevarnos de un lugar a otro. Hay temporadas que terminan y responsabilidades que cambian. No toda transición ministerial es producto del aburrimiento, pero tampoco todo aburrimiento significa que Dios está cerrando una temporada.

La repetición es parte del ministerio, pero no siempre viene acompañada de la misma emoción. / Foto: Envato Elements

Debemos tener cuidado de no confundir nuestra necesidad de novedad con la dirección del Señor. Quizá antes de preguntarnos: “¿Esto todavía me emociona?”, deberíamos preguntarnos: “¿Dios todavía me ha llamado a hacer esto?”. Cuando vivimos pensando constantemente en lo próximo, podemos terminar mirando el presente solamente como una etapa que debemos superar para llegar a algo mejor.

Por eso, la pregunta que debería ocuparnos no es tanto: “¿Dónde quiero estar de aquí a cinco años?”, sino: “¿Cómo puedo servir mejor a Dios y a Su pueblo hoy?”. No está mal hacer planes ni pensar en el futuro, pero nuestros planes nunca deberían distraernos de las personas y responsabilidades que Dios ya ha puesto delante de nosotros. La Escritura pone el énfasis precisamente allí: “Ahora bien, además se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel” (1Co 4:2). Esa fidelidad no siempre vendrá acompañada de entusiasmo. Habrá días emocionantes y otros en los que simplemente tendremos que volver a hacer aquello que sabemos que Él nos ha llamado a hacer. La fidelidad de mañana comienza siendo fieles con aquello que el Señor nos ha confiado hoy.

Debemos tener cuidado de no confundir nuestra necesidad de novedad con la dirección del Señor. / Foto: Unsplash

Cuando el ministerio comienza a girar alrededor de nosotros

Sin embargo, detrás de nuestra necesidad de novedad puede existir algo todavía más profundo. A los cristianos nos gusta decir: “Quiero ser usado por Dios”. Es un buen deseo, pero existe una diferencia entre querer ser útil para el Señor y necesitar sentirme útil e importante para estar satisfecho conmigo mismo. Cuando cruzamos esa línea, incluso el ministerio puede comenzar a girar alrededor de nosotros. Necesitamos un nuevo proyecto para sentir que estamos avanzando, resultados visibles para confirmar que nuestro trabajo importa o nuevos cargos para convencernos de que todavía somos necesarios.

El problema es que podemos disfrazar fácilmente esta necesidad con lenguaje espiritual. Podemos decir que queremos hacer más para Dios cuando, en realidad, necesitamos hacer más para sentirnos importantes. Podemos pensar que necesitamos un nuevo desafío cuando lo que extrañamos es la satisfacción de sentirnos necesarios. Sin darnos cuenta, comenzamos a medir nuestro ministerio no por nuestra fidelidad a Dios, sino por lo que el ministerio produce en nosotros.

Podemos pensar que necesitamos un nuevo desafío cuando lo que extrañamos es la satisfacción de sentirnos necesarios. / Foto: Envato Elements

Esto no significa que el deseo de hacer más sea malo. Queremos alcanzar personas, plantar iglesias, levantar líderes y ver avanzar el evangelio. Son buenos deseos. Pero incluso los buenos deseos necesitan paciencia. No siempre hacer más significa avanzar más, y no siempre hacer menos significa que estamos siendo menos fieles. A veces, la labor que Dios nos ha confiado durante una temporada es mucho menos visible que al inicio, y así debe ser si realmente estamos formando líderes y haciendo discípulos.

Quizá una de las pruebas de madurez ministerial sea precisamente aprender a estar satisfechos haciendo aquello que Dios nos ha encargado, aunque no sea lo que más reconocimiento produce. Somos siervos. No necesitamos demostrar constantemente que somos importantes o indispensables. Si Dios nos ha confiado una tarea pequeña, ordinaria o poco visible, sigue siendo un privilegio hacerla para Él.

Los buenos deseos necesitan paciencia. / Foto: Pexels

No desprecies la temporada de poner fundamentos

Nuestro Señor mismo pasó aproximadamente tres años formando a Sus discípulos antes de enviarlos a hacer discípulos a todas las naciones. Pablo también entendía que existen diferentes labores y temporadas: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento” (1Co 3:6). No todas las temporadas del ministerio producen el mismo tipo de fruto. Algunas serán de cosecha y otras estarán dedicadas principalmente a preparar la tierra y poner fundamentos.

Esto es especialmente importante cuando pensamos en plantar y fortalecer iglesias. A veces queremos alcanzar rápidamente a los de afuera cuando todavía no hemos establecido bases firmes adentro. Queremos hacer más y alcanzar a más personas cuando quizá todavía necesitamos dedicar tiempo a formar líderes y establecer convicciones claras acerca de lo que significa vivir como iglesia. Como escuché decir alguna vez al pastor Miguel Núñez hablando acerca de las conferencias: “Primero hay que limpiar la casa antes de traer invitados”. Hay momentos para abrir las puertas y otros en los que nuestra principal responsabilidad es fortalecer la casa.

No todas las temporadas del ministerio producen el mismo tipo de fruto. / Foto: Unsplash

Ese trabajo puede parecer lento y poco emocionante. Poner fundamentos rara vez llama la atención porque, por definición, los fundamentos quedan debajo de aquello que todos terminan viendo. Y debemos tener especial cuidado con las redes sociales, porque pueden distorsionar nuestra percepción del ministerio. En ellas vemos iglesias que crecen, conferencias llenas, bautismos y nuevos proyectos, y podemos llegar a pensar que todos están avanzando más rápido que nosotros. Pero una publicación puede mostrarnos el fruto sin mostrarnos los años de trabajo silencioso que lo precedieron. Si no tenemos cuidado, podemos terminar comparando nuestros fundamentos con los frutos visibles de otros y sentir que estamos haciendo muy poco.

Pero, sin columnas firmes, difícilmente podremos sostener lo que queremos construir. Las raíces crecen antes que los frutos, y muchas veces la salud futura de un ministerio dependerá de trabajos que casi nadie vio mientras se estaban realizando. Quizá esta sea una temporada para fortalecer la iglesia e invertir en otros. O quizá Dios también esté utilizando este tiempo para seguir formando nuestro propio carácter. La preparación no es una sala de espera para el verdadero ministerio; muchas veces es precisamente el ministerio que Dios nos ha dado en ese momento. Nuestra responsabilidad es poner fielmente los fundamentos; el tiempo y el fruto pertenecen al Señor.

Nuestra responsabilidad es poner fielmente los fundamentos. / Foto: Lightstock

Lo ordinario no significa que Dios no está obrando

Precisamente, porque el fruto no siempre es inmediato, necesitamos aprender a mirar de otra manera lo que hacemos. Un sermón probablemente no transformará por completo una iglesia, pero pensemos en lo que puede hacer Dios por medio de quinientos sermones fieles. Una conversación probablemente no transformará un matrimonio, pero pensemos en lo que puede suceder después de años de enseñanza, oración, corrección y acompañamiento.

Una visita al hospital parece pequeña. Una conversación después del servicio de adoración parece pequeña. Preparar nuevamente un estudio bíblico puede parecer pequeño. Sin embargo, Dios utiliza miles de actos aparentemente pequeños para formar a Su pueblo. Por eso Pablo escribe: “No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos” (Ga 6:9). Muchas veces queremos ver inmediatamente el resultado de nuestro trabajo, pero Dios suele trabajar durante años.

Dios utiliza miles de actos aparentemente pequeños para formar a Su pueblo. / Foto: Lightstock

Esto significa que la repetición del ministerio no es caminar en círculos. Cristo murió, resucitó y ascendió, y Cristo volverá. La historia está avanzando hacia un destino y nuestro ministerio también. Cada domingo nos acerca un domingo más al final de nuestra labor. Llegará nuestro último sermón, nuestra última reunión y nuestra última visita. Entonces veremos al Príncipe de los pastores (1P 5:4). Llegará el día en que nuestra labor habrá terminado y aquello que ahora requiere perseverancia dará paso al gozo de estar con nuestro Señor. Por eso podemos servir hoy sin necesitar que cada día sea extraordinario. Sabemos hacia dónde estamos caminando.

Por eso podemos permanecer «firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor», sabiendo que nuestro trabajo «no es en vano» (1Co 15:58). Quizá hoy no veamos todo lo que Dios está haciendo, pero no necesitamos verlo para seguir adelante. Nuestra confianza no descansa en la cantidad de resultados que podemos medir, sino en el Dios que cumple Sus propósitos.

Podemos servir hoy sin necesitar que cada día sea extraordinario. / Foto: Lightstock

Aprende a encontrar gozo en lo ordinario

La respuesta al aburrimiento, entonces, no siempre es buscar algo nuevo. Muchas veces necesitamos aprender a mirar de una manera nueva aquello que Dios ya nos ha dado. Podemos comenzar por conocer más al Señor. Después de décadas de ministerio todavía no habremos agotado las riquezas de Su Palabra. Siempre habrá algo más que conocer de Su carácter, Su obra y Su gracia.

También podemos conocer más profundamente a los hermanos. El ministerio se vuelve aburrido cuando solamente vemos tareas: otro sermón, otra reunión, otra visita. Pero detrás de esas tareas hay personas. Las tareas pueden repetirse, pero las personas siguen siendo transformadas. Hay una enorme alegría en ver a un hermano comprender una verdad, vencer un pecado con el que llevaba años luchando, amar mejor a su esposa, crecer como padre o comenzar a discipular a otro. Pablo podía mirar a los tesalonicenses y preguntar: “Porque ¿quién es nuestra esperanza o gozo o corona de gloria? ¿No lo son ustedes?” (1Ts 2:19).

Muchas veces necesitamos aprender a mirar de una manera nueva aquello que Dios ya nos ha dado. / Foto: Lightstock

También debemos seguir aprendiendo. Leer buenos libros, estudiar, hacer preguntas, escuchar a otros pastores, profundizar en teología y aprender de nuestros errores nos recuerda cuánto nos falta todavía por conocer. Una mente que continúa aprendiendo encuentra profundidad incluso en responsabilidades que ha realizado durante años. No necesitamos cambiar constantemente de llamado para seguir creciendo.

Incluso podemos buscar variedad dentro de lo ordinario: predicar otro libro de la Biblia, estudiar un tema diferente, tener un retiro teológico, o de matrimonios, involucrar a otros hermanos o mejorar la manera en que realizamos ciertas tareas. La creatividad puede refrescar el ministerio. Lo que no debemos permitir es que nuestra necesidad de novedad lo gobierne.

La creatividad puede refrescar el ministerio. / Foto: Unsplash

Otro domingo

Algún día terminaremos de predicar, bajaremos del púlpito, conversaremos con algunos hermanos y regresaremos a casa cansados. Quizá nada extraordinario haya sucedido. Tal vez nadie agradezca el esfuerzo, quizá porque algunos se han acostumbrado a nuestro servicio y otros simplemente lo dan por sentado. Y está bien. Con los años quizá nosotros mismos aprendamos que no necesitamos que todo sea visto o reconocido. Será suficiente recordar que, por pura gracia, el Señor nos permitió predicar Su Palabra, amar a Su iglesia, servir a Sus hijos y dedicar un día más de nuestra vida a aquello que Él nos llamó a hacer.

Entonces, llegará otro domingo, luego otro y después otro. Y quizá después de veinte o treinta años miremos hacia atrás con gratitud y descubramos que aquellos domingos que parecían tan similares nunca fueron realmente iguales. Dios estaba salvando pecadores, santificando creyentes, fortaleciendo matrimonios, formando familias, levantando líderes y edificando Su iglesia. Nosotros simplemente tuvimos el privilegio de estar allí y contemplar una pequeña parte de lo que Él estaba haciendo. Y mientras Dios obraba en aquellos a quienes servíamos, también, con mucha paciencia y gracia, estaba obrando en nosotros.

Quizá nunca sepamos de este lado de la eternidad cuánto utilizó el Señor una conversación, un sermón, una visita o una oración que nosotros mismos terminamos olvidando. Pero tampoco necesitamos saberlo. Pablo nos recuerda: “Estén firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano” (1Co 15:58). Esa promesa es suficiente para seguir adelante. Ningún esfuerzo hecho para el Señor, por pequeño u ordinario que parezca, es inútil a Sus ojos.

Así que no despreciemos lo ordinario. Sigamos conociendo a Cristo, amando a Su pueblo, aprendiendo, haciendo discípulos y predicando Su Palabra. Y mientras Él nos conceda el privilegio de servirle, cuando llegue otro domingo, volvamos a hacerlo.

Porque Dios nunca nos llamó a mantenernos entretenidos. Nos llamó a ser fieles.

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Martín Manchego

Martín Manchego

Martín Manchego posee una licenciatura en Estudios bíblicos, Artes y Humanidades de Texas Baptist College, y una maestría en estudios teológicos del Southwestern Baptist Theological Seminary. Sirve como pastor en la Iglesia Bíblica Gracia y Verdad en Miraflores, Lima. Además es compositor del álbum “Perfecto Salvador” y dirige un canal propio en YouTube, en el cual comparte devocionales, entrevistas, canciones, audiolibros y reseñas de libros. Está felizmente casado con Denisse.

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