Agosto 22
¡Que te alaben, oh Dios, los pueblos; que todos los pueblos te alaben! (Salmo 67:3, 5 NVI).
¿Por qué demanda Dios que lo alabemos?
C. S. Lewis dice:
Así como los hombres alaban espontáneamente lo que sea que valoren, también espontáneamente nos animan a unirnos a ellos en la alabanza del objeto de su adoración: ¿no es encantadora? ¿No fue glorioso? ¿No crees que eso fue magnífico?
Cuando los salmistas nos dicen que alabemos a Dios, lo que están haciendo es lo que todos los hombres hacen cuando hablan de aquello que les interesa. La única dificultad, y más general, que yo tenía respecto de la adoración a Dios dependía de que me negaba de un modo absurdo, con relación al Tesoro supremo, a hacer lo que todos nos deleitamos en hacer, lo que en verdad no podemos evitar hacer, con todas las demás cosas que valoramos.
Creo que nos gozamos al alabar aquello que disfrutamos porque la alabanza no es una mera expresión de ese disfrute, sino que lo completa: es su consumación establecida. No es tan solo con la intención de hacerse cumplidos que los amantes se dicen una y otra vez cuán bellos son; el deleite es incompleto hasta que se expresa.
Ahí está la respuesta: ¡la solución a la aparente egomanía de Dios al exigirnos que lo alabemos! Es una exigencia para nuestra mayor felicidad. Alabamos lo que disfrutamos porque el deleite es incompleto hasta que se expresa en alabanza. Si no se nos permitiera hablar de lo que valoramos, celebrar lo que amamos y alabar lo que admiramos, nuestra alegría no sería plena.
Así pues, si Dios nos ama lo suficiente para hacer plena nuestra alegría, no solo debe darse a Sí mismo; también debe obtener de nosotros la alabanza de nuestro corazón, no porque necesite fortalecer alguna debilidad en Sí mismo o compensar alguna deficiencia, sino porque nos ama y busca la plenitud de nuestra alegría que solo puede encontrarse en conocerlo y alabarlo a Él, que es el más magnífico de todos los seres.
Si Dios realmente está con nosotros, ¡debe estarlo consigo mismo! Dios es el único Ser en todo el universo para quien buscar Su propia alabanza es el acto de amor supremo. Para Él, la autoexaltación es la virtud suprema. Cuando hace todo para alabanza de Su gloria (Efesios 1:12, 14), nos preserva y nos ofrece lo único en el mundo que puede satisfacer nuestros anhelos.
¡Dios está con nosotros! Y el fundamento de este amor es que Dios ha estado, está y siempre estará para Sí mismo.
