Agosto 20
Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y ¡recuerden! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo (Mateo 28:18-20).
El último capítulo de Mateo es una ventana que se abre ante el glorioso amanecer del Cristo resucitado. Por medio de ella, se pueden divisar al menos tres cimas imponentes en la cordillera del carácter de Cristo: la cima de Su poder, la cima de Su bondad y la cima de Su propósito.
Toda autoridad es Suya, es decir, todo el derecho y el poder de hacer Su voluntad. Y Él usa este poder para lograr Su propósito inquebrantable de hacer discípulos de todas las naciones. Y en el proceso, Él es personalmente bondadoso, prometiendo estar con nosotros hasta el fin.
Todos sabemos en nuestro corazón que, si el Cristo resucitado será quien satisfaga nuestro deseo de admirar la grandeza, Él debe ser grandioso. Grande en poder. Grande en bondad. Grande en propósito.
La gente que es demasiado débil para llevar a cabo sus planes no puede satisfacer nuestro deseo de admirar la grandeza. Admiramos aún menos a las personas que no tienen metas en sus vidas. Y todavía menos a aquellos cuyos planes son meramente egoístas y crueles.
Anhelamos ver y conocer a una Persona cuyo poder es ilimitado, cuyo corazón es sensible y bondadoso, y cuyo propósito es único y firme.
Los novelistas, los poetas y los guionistas de películas y programas de televisión, de vez en cuando crean una sombra de esta Persona. Pero no pueden satisfacer nuestra sed de admirar, más que lo que la revista National Geographic de este mes puede satisfacer mi deseo de ver el Gran Cañón.
Necesitamos lo verdadero. Debemos ver el Original de todo poder, bondad y propósito. Debemos ver y adorar al Cristo resucitado.
