Siervos indignos

Cuando somos cautivados por la gracia, podemos regocijarnos en la abundancia de la misericordia de Dios que se derrama sobre nosotros.
Foto: Lightstok

Agosto 16

“y oró al señor: ‘¡Ah señor! ¿No era esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me anticipé a huir a Tarsis. Porque yo sabía que Tú eres un Dios clemente y compasivo, lento para la ira y rico en misericordia, y que te arrepientes del mal anunciado…’. Y el señor dijo: ‘¿Tienes acaso razón para enojarte?’”. Jonás 4:2, 4

Cuando los niños hacen algo malo, a menudo buscan el perdón de sus padres, lo reciben y luego dicen: “Sé que me equivoqué, pero… había una razón muy buena para hacer lo que estaba haciendo”. Vemos algo parecido con el profeta Jonás. Dios lo había perdonado, lo había levantado y lo había puesto de nuevo en el camino correcto, y aun así trató de justificar su desobediencia anterior. Al mismo tiempo, se sentía enojado, discutía y oraba, ¡lo cual no es una hazaña fácil de lograr!

En la discusión de Jonás, observa cuántas veces aparece el pronombre personal “yo”. Había demasiado “Jonás” en su discurso —y por lo tanto en su corazón— al presentar su caso como una cuestión de su palabra contra la del Señor. Supuso neciamente que su camino era mejor que el de Dios.

La queja de Jonás también estaba arraigada en una doble moral. A pesar de que recientemente había recibido la compasión y la misericordia de Dios, encontró una falla en Dios por mostrar esa misma misericordia a aquellos que Jonás sentía que debían quedar sin redención.

El gran problema para Jonás era la gracia soberana de Dios. Estaba enojado con Dios por actuar de una manera que no entendía ni aprobaba. Pero el Señor había declarado hacía tiempo: “Tendré misericordia del que tendré misericordia, y tendré compasión de quien tendré compasión” (Ex 33:19). La gracia divina hacia los pecadores nunca puede ser explicada. No tiene una razón; simplemente refleja quién es Dios.

Ante la reacción de Jonás, el Señor no le preguntó si estaba enfadado, sino si tenía derecho a estarlo. Esa era la pregunta central: ¿tenía Jonás —representante de un pueblo al que Dios había favorecido incluso cuando se había extraviado, y que en su desobediencia había conocido personalmente la mano salvadora de Dios— algún motivo válido para oponerse a la compasión de Dios hacia los demás? La respuesta es clara: no. Tampoco tenemos derecho a desafiar a Dios sobre cómo y a quién extiende Su misericordia o cómo dirige todas las cosas para salvar a Su pueblo y glorificar a Su Hijo.

Si nos enojamos con Dios y nos quejamos de la forma en que Él ha elegido cumplir Sus propósitos, es porque hemos olvidado lo poco merecedores que somos de recibir la gracia de Dios. Este es el peligro: que nos volvamos tan tolerantes con nuestra propia desobediencia que pensemos que tenemos derecho al favor y la bendición de Dios. Pero todo es por gracia, todos los días. Solo cuando hayamos sido cautivados por la gracia seremos capaces de regocijarnos en la abundancia de la misericordia de Dios que se derrama sobre Sus santos que no lo merecen.


Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios



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Alistair Begg

Alistair Begg is the senior pastor of Parkside Church in Cleveland, Ohio, the Bible teacher at “Truth For Life,” and the author of Brave by Faith: God-Sized Confidence in a Post-Christian World. He is married to Susan, and together they have three grown children and five grandchildren.

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