Una cosmovisión cristiana del dinero: usar algo temporal con ecos eternos

Cuando entendemos que todo le pertenece a Dios, administramos el dinero para su gloria.
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¿Sabías que hubo un monje que consideraba que manipular dinero era igual a manipular estiércol? Cuenta la historia que San Francisco de Asís llevó su voto de pobreza a un extremo radical: prohibió terminantemente a sus frailes tocar las monedas con las manos. Si alguien les ofrecía dinero como limosna, debían rechazarlo o, si era estrictamente necesario aceptarlo para ayudar a un enfermo, debían manipularlo usando un palo o un trozo de tela. El dinero era visto como una sustancia contaminante, un símbolo vivo de la maldad del mundo.

Aunque es imposible no conmoverse ante la devoción y el celo de Francisco, su postura revela un patrón de pensamiento que sigue muy vivo en nuestros días. Yo mismo caí en ello en mis primeros años de vida cristiana, pensando que el dinero era algo inherentemente mundano, y hoy muchos cristianos experimentan una tensión similar.

En la iglesia, solemos tratar el dinero con cierta sospecha. Miramos las finanzas como una necesidad puramente mundana, incluso sucia y obligatoria, de la cual no podemos escapar pero que preferiríamos evitar para mantenernos “espirituales”. Hablamos de presupuestos con culpa y de cuentas bancarias con vergüenza. Este panorama demuestra que nos movemos bajo una cosmovisión dualista: el dinero se entiende solo como una herramienta secular, como si los recursos materiales no tuvieran relación con nuestra fe.

La manera en que administramos nuestros recursos también refleja nuestra relación con Dios. / Foto: Envato Elements

Como cristianos sabemos que esa idea es errónea. De hecho, en los Evangelios vemos que Jesús utilizó el dinero constantemente como el termómetro espiritual por excelencia. Piensa, por ejemplo, en el joven rico (Mt 19:16-22). Jesús le pidió vender todo lo que tenía, no porque las monedas fueran malas en sí mismas, sino porque sus posesiones revelaban que su corazón estaba anclado a la seguridad material antes que al Salvador. En su mente, él cumplía la ley, pero lo que hacía con el dinero reflejaba que su corazón no estaba en Dios. Este relato demuestra que las finanzas no son una realidad aparte de lo espiritual; el dinero es el espejo que revela hacia dónde apuntan nuestros afectos.

Entonces, ¿cómo deberíamos ver el dinero según la Escritura? O, dicho de otra forma, ¿cuál es la cosmovisión bíblica del dinero? Este tema es tan profundo que un solo artículo no basta para agotarlo. Por eso, mi recomendación principal es leer el libro Finanzas bíblicas de Héctor Salcedo, donde se explora este enfoque a fondo. Sin embargo, el propósito de este texto es ofrecer algunas ideas clave que sirvan como punto de partida, complementadas con fragmentos de la obra de Salcedo.

El dinero revela dónde está nuestro corazón. / Foto: Pexels

Albert Wolters define cosmovisión como: “El marco de referencia global de las creencias más básicas que cada persona tiene acerca de las cosas”. En términos sencillos, se trata de los lentes a través de los cuales interpretamos nuestra realidad cotidiana. A continuación, exploraremos tres ideas esenciales tomadas del libro de Salcedo que nos ayudarán a construir ese marco de referencia bíblico.

1. Lo material no debe ser un fin en nuestra vida

En nuestra cultura corporativa, la acumulación suele ser aplaudida como la métrica suprema del éxito. Cuando se busca contratar a alguien en una empresa, se suele privilegiar a aquellos que son “ambiciosos”, pues su esfuerzo incansable por acumular le traerá beneficios a la corporación. Se nos bombardea constantemente con la idea de que la felicidad está a una compra de distancia o de que un saldo bancario más alto automáticamente nos otorga un mayor valor personal.

Este enfoque alimenta dos errores sutiles pero profundamente destructivos en el corazón humano. El primero es asociar nuestra dignidad como personas al nivel de los bienes que consumimos. El segundo es reducir nuestra existencia a un plano puramente utilitario, asumiendo la mentira de que tener más siempre es mejor.

Lo material es un buen regalo de Dios, pero nunca el propósito de nuestra vida. / Foto: Unsplash

La perspectiva bíblica, sin embargo, derriba por completo este mito. Si bien Dios ha creado el mundo material para nuestro legítimo sustento y disfrute, las posesiones jamás pretendieron ser el motor ni el objetivo de nuestros corazones. Jesús mismo confrontó esta inclinación cuando un hombre se le acercó pidiéndole que arbitrara una disputa familiar por una herencia (Lc 12:13-15). En lugar de involucrarse en el pleito legal, el Señor desnudó la condición espiritual del demandante con una advertencia tajante: “Estén atentos y cuídense de toda forma de avaricia; porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes”.

La avaricia, entendida como el deseo insaciable de tener más y más, es una forma de idolatría que busca la plenitud en la creación antes que en el Creador (Col 3:5). Es lo que Jesús llama “el engaño de las riquezas” en la parábola del sembrador (Mt 13:22): una pantalla de humo que promete darnos vida, pero termina ahogando el alma. Héctor Salcedo describe de forma brillante este mecanismo engañoso en su libro:

Si la riqueza fuera una persona y diera un discurso, ¿qué crees que nos diría? Yo creo que nos diría: “Yo te puedo llenar y dar valor. Si me tienes a mí, lo tienes todo y lo puedes todo. Si me tienes a mí, la gente te respetará y te buscará. De hecho, si me tienes, eres más que los demás”. Creo que este sería el discurso de las riquezas si pudiesen hablar.

La avaricia promete satisfacción, pero solo Dios puede llenar el corazón. / Foto: Envato Elements

Cuando prestamos atención a ese discurso falso, caemos en la trampa que describía Salomón: “El que ama el dinero no se saciará de dinero” (Ec 5:10). Es el equivalente espiritual a beber agua salada para calmar la sed; cada trago, lejos de aliviarnos, intensifica la desesperación y envenena el corazón. Adoptar una cosmovisión cristiana implica entender que nuestro valor real ya está asegurado por haber sido creados a imagen de Dios y adoptados en Cristo. Solo cuando asimilamos esta verdad somos libres de la ansiedad materialista. Como advertía Pablo:

Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores (1Ti 6:9-10).

El amor al dinero nunca satisface. / Foto: Pexels

2. Somos mayordomos, no dueños

Otro mito profundamente arraigado en nuestra mentalidad occidental es la ilusión de la propiedad absoluta. Vivimos bajo la firme creencia de que, si trabajamos duro, estudiamos o construimos un patrimonio con el sudor de nuestra frente, los recursos acumulados nos pertenecen por completo y podemos disponer de ellos con autonomía total.

Esta idea de independencia produce dos distorsiones espirituales muy marcadas. Por un lado, nos llena de un orgullo necio cuando saboreamos el éxito económico, como si nos hubiéramos hecho a nosotros mismos. Por el otro, desata una profunda envidia y amargura cuando vemos que a otros les va mejor, cuestionando internamente la distribución de la riqueza.

Todo lo que tenemos le pertenece a Dios. / Foto: Unsplash

No obstante, la narrativa bíblica desmantela de raíz cualquier pretensión de soberanía cósmica sobre los bienes. La Escritura establece un principio innegociable: “Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella” (Sal 24:1), y añade en la voz de los profetas: “Mía es la plata y Mío es el oro” (Hag 2:8). En términos estrictos, ningún ser humano posee nada de forma definitiva; entramos a este mundo sin un solo centavo y nos iremos exactamente de la misma manera (Ec 5:15). Incluso la inteligencia, la disciplina o la posición que nos permiten generar ingresos no provienen de nuestra genialidad, sino de la gracia de Aquel que nos da el poder para hacer las riquezas. Salcedo define este cambio de paradigma con total claridad:

No somos los dueños de nada. Bíblicamente hablando, somos mayordomos. Un mayordomo es alguien que, por delegación de alguien superior, administra o supervisa propiedades, dinero u otra cosa de valor que pueden incluso ser los hijos. Es quien opera bajo responsabilidad delegada.

Todo es de Dios, y Él nos llama a administrar con fidelidad lo que ha puesto en nuestras manos. / Foto: Unsplash

Cuando entendemos que operamos bajo esta misma responsabilidad delegada ante Dios, nuestra postura hacia el dinero cambia radicalmente. El éxito del prójimo deja de afectarnos porque reconocemos el derecho soberano del Dueño de distribuir Sus recursos como le plazca. De igual forma, el éxito propio deja de enorgullecernos, pues sabemos que no tenemos nada que no hayamos recibido primero.

3. El dinero tiene propósitos eternos

Como ya lo vimos, es sumamente común segmentar nuestra existencia y creer que el dinero solo pertenece al ámbito de lo estrictamente secular. Bajo esta perspectiva, las transacciones del día a día, el pago de los impuestos, la planificación del presupuesto familiar o el sostenimiento de la iglesia local se perciben como meras obligaciones terrenales; trámites obligatorios que no poseen ningún valor espiritual ni trascendencia para el Reino. Llegamos a pensar que lo verdaderamente “eterno” ocurre únicamente cuando cerramos los ojos para orar.

Bien administrado, el dinero se convierte en una herramienta para honrar a Dios, servir a otros y avanzar su Reino. / Foto: Lightstock

Sin embargo, la instrucción bíblica nos enseña que el dinero es un recurso temporal diseñado con un eco eterno. Dios ha delimitado áreas específicas donde la administración de nuestros bienes materiales se convierte en un acto directo de adoración y obediencia. En primer lugar, nuestras finanzas tienen el propósito de sostener con fidelidad y regularidad la obra de la iglesia local para el avance del evangelio en la tierra y el cuidado de los santos, como bien lo ejemplificaron los macedonios, quienes ofrendaron dieron para sostener a los hermanos judíos “más allá de sus posibilidades” (2Co 8:3). En segundo lugar, el dinero es el instrumento para proveer de manera responsable, transparente y piadosa para el sustento de nuestra familia y el cuidado de nuestros padres, un deber tan sagrado que el apóstol Pablo advierte que quien lo descuida “ha negado la fe y es peor que un incrédulo” (1Ti 5:8).

La forma en que administramos nuestro dinero también es un acto de adoración. / Foto: Unsplash

En tercer lugar, el dinero sirve para manifestar nuestra sujeción civil mediante el pago honesto de impuestos, una responsabilidad que no depende de la integridad del gobernante de turno, sino de nuestro sometimiento al Dios soberano que constituyó las autoridades (Ro 13:1-7). Finalmente, las finanzas guían nuestro propio sustento por medio de, en palabras de Salcedo, un “estilo de vida estratégico”, ajustando nuestros consumos no a la autogratificación egoísta, sino a los requerimientos del llamado que el Señor ha trazado para nuestras vidas.

Al evaluar estas áreas, nos damos cuenta que es fácil caer en el legalismo de medir nuestra espiritualidad por el tamaño de nuestros aportes o la rigidez de nuestros cheques. Pero Salcedo nos recuerda en que la mirada de Dios penetra mucho más allá de las cifras:

Dios no se asombra por lo que damos. Él es el dueño de todo lo que existe (Hag 2:8). En realidad, a Dios no le damos nada, sino que le devolvemos parte de lo que recibimos de Él. Eso es justamente lo que dijeron los judíos cuando les tocó ofrendar para el templo: “Porque de ti proceden todas las cosas, y de lo recibido de tu mano te damos” (1Cr 29:14). No obstante, Dios se agrada, más que por el monto, por la actitud con la que damos.

Esta verdad transforma por completo nuestra motivación. Jesús mismo lo expuso al elogiar la ofrenda de la viuda: ella no entregó una suma astronómica, sino un corazón que descansaba gozoso en la fidelidad divina (Lc 21:1-4).

Así, el dinero deja de ser una pesada carga de “deberes” impositivos y se transforma en un privilegio de mayordomía. Cuando entendemos que un corazón transformado se evidencia en el ordenamiento alegre de sus recursos materiales para la gloria de Dios, cada factura pagada, cada ofrenda entregada y cada plato de comida provisto para el hogar deja de ser un trámite mundano para convertirse en una inversión con dividendos en la eternidad.

Dios no mira cuánto damos, sino con qué corazón lo hacemos. / Foto: Lightstock

Una nueva relación con las finanzas

El dinero, por tanto, no es un territorio ajeno a nuestra fe ni un enemigo de la espiritualidad. No porque las finanzas estén libres de presiones o de la sutil tentación de la codicia, sino porque la administración de cada centavo es una vía diaria para adorar al Señor. Al final, nuestra verdadera seguridad e identidad dependen de las riquezas inescrutables de la gracia de nuestro Salvador; de nada más ni de nada menos. En conclusión, la cosmovisión cristiana reconfigura por completo nuestra relación con las finanzas. El uso de nuestros bienes materiales trasciende el consumo egoísta; es el escenario ordinario donde reflejamos la generosidad divina y amamos de forma práctica a otros.

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David Riaño

David Riaño es editor general de BITE Project. Es parte del equipo plantador de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá, donde también sirve en ministerios de enseñanza. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Disfruta tomar café y ver series con su esposa Laura.

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