Julio 27
Amados, les ruego… que se abstengan de las pasiones carnales que combaten contra el alma (1 Pedro 2:11).
Cuando confronté a un hombre respecto del adulterio en el que estaba viviendo, traté de entender su situación y le rogué que volviera con su esposa. Entonces le dije: “¿Sabes? Jesús dijo que si no peleas contra este pecado con una seriedad que hasta estarías dispuesto a arrancarte el ojo, te irás al infierno y sufrirás allí para siempre”.
Como cristiano profesante, me miró con una incredulidad total, como si nunca hubiera escuchado algo igual en su vida, y me dijo: “¿Quieres decir que crees que una persona puede perder su salvación?”.
Así es cómo he podido observar, una y otra vez y por experiencia de primera mano, que hay muchos cristianos profesantes que tienen una visión de la salvación que está desconectada de la vida real, que nulifica las advertencias de la Biblia, y que pone a la persona que peca y que dice ser cristiana fuera del alcance de las exhortaciones bíblicas. Creo que esta visión de la vida cristiana está consolando a miles que caminan por el camino ancho que guía a la destrucción (Mateo 7:13).
Jesús dijo que si no luchas contra la lujuria, no irás al cielo. “Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno” (Mateo 5:29). El punto no es que los verdaderos cristianos siempre triunfen en todas las batallas. El punto es que decidamos luchar, no que triunfemos sin fallas. No hacemos las paces con el pecado. Le declaramos la guerra.
Hay mucho más en juego que si el mundo es destruido por mil misiles de largo alcance, o si terroristas bombardean tu ciudad, o si el calentamiento global derrite los casquetes polares, o si el SIDA arrasa las naciones. Todas estas calamidades solo pueden matar el cuerpo. Pero si no luchamos contra la lujuria perdemos nuestras almas. Para siempre.
Pedro dice que las pasiones de la carne luchan contra nuestras almas (1 Pedro 2:11). Lo que está en juego en esta guerra es infinitamente mayor que cualquier amenaza de guerra mundial o terrorismo. El apóstol Pablo enumeró “la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia”, y luego dijo que “la ira de Dios vendrá… por causa de estas cosas” (Colosenses 3:5-6). Y la ira de Dios es infinitamente más terrible que la ira de todas las naciones del mundo juntas.
Que Dios nos dé la gracia para tomar en serio nuestras almas y las de los demás, y para perseverar en la lucha.
