Estaciones de aflicción es un libro escrito desde el corazón de un padre que escribe para asimilar y entender el dolor ocasionado por la muerte inesperada de su hijo. Tim Challies escribe “porque debía saber qué pensar y qué creer, qué sentir y qué hacer” (16) en medio de su sufrimiento.
He llorado leyendo casi cada página de este libro. Sin embargo, han sido lágrimas que han limpiado mi corazón, recordándome que, en medio del dolor, hay esperanza; en medio de la muerte, hay resurrección; y en medio de todo lo que ocurre en nuestras vidas, Dios está cumpliendo un propósito eterno.
Por medio de las cuatro estaciones, empezando con el otoño, el autor nos permite entrar en su dolor, especialmente en ese primer año después de la muerte de su hijo. Cada capítulo funciona como una pequeña reflexión en ese recorrido, donde el autor comparte sus pensamientos, luchas, temores y lágrimas. Lo hace con una honestidad que nos hace partícipes de su prueba y nos acerca a la intimidad de su sufrimiento, así como a su manera de afrontarlo.

Este no es un libro solo para quien ha despedido a un ser amado, sino también para quienes acompañan a otros en su dolor. Un libro que nos vuelve más empáticos, sensibles y conscientes de las luchas que vive quien ha tenido que despedirse para siempre en esta tierra de una persona amada.
El autor comparte los momentos en que escuchó la noticia junto a su esposa, Eileen, y sus hijas, así como los primeros días intentando procesar la realidad de lo ocurrido. Nos deja entrar a su corazón en aquel momento de dolor cuando “una parte de él está siendo enterrada” (20), mientras se aferra a la promesa de la resurrección.
Él expresa: “La esperanza que surge en mi corazón mientras veo a mi hijo siendo sembrado en la tierra es la esperanza de la resurrección” (22).

Este libro es un tratado de fe en medio de uno de los momentos más difíciles que un padre puede enfrentar. Con una honestidad conmovedora, que deja al descubierto sus emociones y la oscuridad que se apoderó de él cuando se enteró de la muerte de su hijo, Challies manifiesta que se sentía “perdido, confuso, desconcertado y muy cansado” (12).
En medio del dolor surge la pregunta: ¿es verdad? y en medio de la incertidumbre, escribe: “Me debato entre creerlo y no creerlo, entre la certidumbre y la duda… Me retuerzo de dolor en la agonía y me quedo quieto, tumbado, llorando y riendo, gozándome y lamentándome” (13).
Esa lucha es real. Sin embargo, también lo es la confianza que Challies expresa: “Confié en Dios mientras me guio por la luz del día; confiaré en él ahora, mientras me dirige por la oscuridad más densa. Tal vez no seré capaz de ver el camino que recorro, pero no necesito conocerlo, porque mis ojos están fijos en aquel que me está guiando hasta allí”. (14)

El evangelio transforma cómo percibimos la muerte
Al pensar en que su hijo está descansando de la guerra contra el mundo, la carne y el diablo; y de todo el sufrimiento que llega con el paso de los años, el corazón del padre que ha enterrado a un hijo puede decir “descansa” (44), y hallar consuelo al saber “que es meramente su cuerpo el que duerme, no su alma” (44).
El capítulo “Mi manifiesto” refleja la respuesta de un hijo que se entrega a la voluntad de su Padre. A pesar del dolor y el sufrimiento, decide mantener la fe, aceptar la voluntad de Dios, recordar que su identidad no radica en la muerte de su hijo. Decide agradecer la bondad de Dios sin quejarse cuando Su misma bondad decide tomar aquello que produjo gratitud. Es una decisión intencional de agradar a Dios, de fijar sus ojos en el cielo, de dejarse moldear para ser transformado a la imagen de Cristo. Una declaración de rendición, de confianza, de fe.

Creo que cuando leemos la Biblia podemos deducir que no tenemos fecha de consumo preferente, sino fecha de caducidad. Por eso, cuando Challies afirma que “nada puede hacer que nuestra vida acabe antes del momento que Dios haya decretado y, cuando llega ese momento, nada puede salvarnos” (48), ofrece un bálsamo de paz en medio de la incertidumbre. Sus palabras ofrecen un remedio que pone fin al sentido de culpa o a la necesidad de controlar cada movimiento o circunstancia en nuestra vida o en la vida de quienes amamos. Como él mismo dice: “Los asuntos de vida y muerte entran en la jurisdicción de Dios, no del hombre, eso pertenece al dominio de ese Padre, no de este padre” (106).
Challies reconoce que, en medio del dolor, debe permitir que la muerte de su hijo lo “haga más piadoso y consagrado… más santo, de modo que entonces ame y sirva aún más” (37). Y en ese sentido, él testifica acerca del amor fiel de Dios mediante el consuelo recibido por el Espíritu Santo y la compañía de los hermanos de la iglesia, medios de gracia que Dios ha usado en medio de su prueba para fortalecer y animar su fe.

En este libro, Challies deja al descubierto una de las preguntas más importantes que todo ser humano debe responder: ¿estamos preparados para morir?
Nick lo estaba. Su padre escribe con la convicción de saber que su hijo lo espera en el cielo, no porque tiene una esperanza imaginaria, sino porque tiene la confianza de que su hijo “estaba listo para morir” (24) porque había puesto su fe y confianza en Jesucristo. Por eso, recuerda a su alma que este es solo un adiós temporal y que “Nick no ha sido despedido, sino que solamente se ha adelantado al lugar donde la muerte ya no existe” (24).
Y como las estaciones de dolor no se detienen, llega la primavera con nuevos comienzos: una habitación transformada, un recordatorio de que “devorada ha sido la muerte en victoria” y la promesa de que, “al sonido de la trompeta y el grito de mando, el reinado de la muerte terminará” (129).

Así, Challies nos anima al recordarnos con su testimonio que la gracia de Dios se muestra suficiente para sostenernos, hacernos fuertes y fieles mientras llega el grandioso día del reencuentro.
Si has despedido a un hijo que se ha adelantado en el viaje rumbo a la eternidad, te invito a leer este libro escrito por un padre que ha experimentado el mismo dolor. Te sentirás acompañado, comprendido, y tal vez puedas poner palabras a tu dolor.
Si estás acompañando a un familiar o a un amigo en medio de la pérdida de un ser amado, especialmente la de un hijo, este libro te ayudará a comprender mejor su dolor y a ofrecer ánimo y consuelo con sabiduría.
Y si hay sufrimiento en tu vida, cualquiera que este sea (una relación dañada, un divorcio, una pérdida económica o de empleo, un terremoto que ha acabado con todo lo que habías construido), este libro te ayudará a poner en una perspectiva eterna tu dolor y a recordar que “la muerte de la Muerte ya ha sido garantizada por la crucifixión y resurrección de Jesucristo” (194).
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