Julio 23
“No obramos de manera indisciplinada entre ustedes, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que con dificultad y fatiga trabajamos día y noche a fin de no ser carga a ninguno de ustedes”. 2 Tesalonicenses 3:7-8
Depender de Dios no está en conflicto con ganarnos nuestro pan diario. De hecho, el trabajo y la capacidad para realizarlo son parte de la provisión de Dios. Si lo dudamos, deberíamos considerar que Jesús mismo trabajó. Aunque Él vino del cielo y todas las cosas le pertenecían, Él trabajó como carpintero durante años para confirmar el patrón que fue establecido para la humanidad en Génesis (Gn 2:15).
De manera similar, los apóstoles, que vivían por fe y buscaban de todo corazón el crecimiento de la iglesia, trabajaban con diligencia “día y noche”. Ellos se negaron a ser perezosos y a comer de balde el pan de nadie. Como ministros del evangelio, tenían el derecho de pedir ayuda para sus provisiones (1Ti 5:17-18); sin embargo, tomaron esa responsabilidad sobre sus hombros y practicaron los oficios que conocían “a fin de que sigan nuestro ejemplo” (2Ts 3:9).
En medio de nuestras labores, debemos reconocer que podemos abusar del trabajo al menos en dos maneras: mediante la pereza o el exceso de actividad. La advertencia de Proverbios aplica a nosotros: “Desde el otoño, el perezoso no ara, así que pide durante la cosecha, pero no hay nada” (Pro 20:4). O, como lo dice Pablo, no debemos ser indisciplinados. Sin embargo, también debemos prestar atención a las palabras del salmista cuando dice: “Es en vano que se levanten de madrugada, que se acuesten tarde, que coman el pan de afanosa labor” (Sal 127:2). Sí, debemos trabajar con nuestras manos. No obstante, si no estamos trabajando para la gloria de Dios, terminamos afanándonos y haciendo cosas a un paso alocado, pero en vano.
En ningún lugar es esto más aparente que cuando ignoramos el principio del día de reposo. Nada revela nuestra indisposición para creerle a Dios y confiar en Él para nuestra provisión diaria como cuando abusamos del mandamiento de trabajar durante seis días y descansar uno (Dt 5:12-15). ¿Por qué pensamos que debemos trabajar todo el día, todos los días? La respuesta es, honestamente, porque tenemos problemas para confiar en que Dios suplirá nuestras necesidades. Debemos encontrar nuestra seguridad, no en nuestro trabajo, sino en el Dios que provee tanto el trabajo como los medios para realizarlo.
En nuestra cultura materialista, no es fácil trabajar con fidelidad y al mismo tiempo aprender a satisfacernos con lo que Dios nos da. Toma un momento para reflexionar sobre tu propio trabajo, ya sea en la casa, en el campo, en la fábrica o en la oficina. ¿De qué maneras eres tentado hacia la pereza? ¿De qué maneras lo eres hacia el exceso de actividad? ¿Cómo se vería en la realidad que trabajaras duro y que confiaras en Dios? En un mundo engañado por el materialismo, tu contentamiento en tu trabajo y en la provisión divina será un testimonio convincente de lo único que puede ofrecer verdadera satisfacción: el amor de Dios.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
