Julio 21
Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre (Salmo 73:26).
Literalmente, el verbo es simplemente “desfallecer”: “Mi carne y mi corazón pueden desfallecer”. ¡Estoy abatido! ¡Estoy desanimado! Pero inmediatamente, el salmista ataca a su abatimiento: “Pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre”.
El salmista no cede ante el desánimo. Batalla contra la incredulidad con un contraataque.
En esencia dice: “Por dentro me siento muy débil, impotente e incapaz de sobrellevar esta situación. Mi cuerpo recibió el disparo y mi corazón está casi muerto. Pero cualquiera sea la razón para este desánimo, no cederé; confiaré en Dios y no en mí mismo. Él es mi fuerza y mi porción”.
La Biblia está repleta de ocasiones cuando los santos luchan con ánimos decaídos. El Salmo 19:7 dice: “La ley del Señor es perfecta, que restaura el alma”. Ese es un claro reconocimiento de que el alma del santo a veces necesita ser restaurada, reanimada. Y, si necesita ser reanimada, es porque estuvo “muerta”, en un sentido.
David dice lo mismo en Salmo 23:2-3: “Junto a aguas de reposo me conduce. Él restaura mi alma”. El alma del hombre conforme al corazón de Dios (1 Samuel 13:14) necesitaba ser restaurada. Se estaba muriendo de sed y estaba a punto de caer exhausta, pero Dios dirigió el alma al agua y le dio vida otra vez.
Dios ha puesto estos testimonios en la Biblia para que los usemos para combatir la incredulidad del desánimo. Luchamos con la fuerza de la fe en las promesas de Dios: “Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre”. Nos predicamos eso a nosotros mismos. Y se lo echamos en cara a Satanás. Y lo creemos.
