“Todos los hombres son iguales”. Seguramente has escuchado frases negativas como esta acerca de los hombres. Palabras que muestran desilusión, frustración, dolor, o hasta ira contra el sexo masculino. Pero si Dios creó dos sexos distintos (Gn 1:27), y Él declaró Su creación como buena en gran manera (Gn 1:31), ¿de dónde surgió la idea que el sexo masculino es malo?
Nancy Pearcey, en su libro La guerra tóxica contra la masculinidad (publicado en 2025 por Editorial Jucum), presenta cómo la idea de masculinidad se ha ido distorsionando a lo largo de la historia hasta catalogarse como tóxica. Ella nos provee estadísticas, demostrando que cuando la idea bíblica del hombre como líder se secularizó, este comenzó a dominar para su propio beneficio (cristianismo nominal).
Al final, Pearcey nos muestra la esperanzadora verdad que el verdadero diseño de Dios para el hombre trae vida y un mejor desarrollo para la sociedad.
Software original versus virus
Los hombres son más fuertes que las mujeres físicamente. Sus músculos son más rápidos, su competitividad es más elevada y su talla es más grande debido a la testosterona. Todo esto ha sido demostrado por la ciencia. Y cuando estas características son usadas para el mal, los resultados pueden ser devastadores. Pero hay que diferenciar entre las características naturales de un hombre y cuando estas son dominadas por el pecado.

Como dice Nancy, “los rasgos masculinos no son intrínsecamente tóxicos; son buenos cuando se canalizan para fines virtuosos. En un mundo caído, la aplicación legítima de la fuerza coercitiva es a veces necesaria para defender a los inocentes… El reto consiste en determinar qué definiciones de la virilidad forman parte del software original y cuáles son un virus. ¿Cuáles pertenecen al diseño original de Dios y cuáles son producto del pecado?” (p. 15).
Un problema actual al definir a los hombres son los estereotipos. Dios, en Su Palabra, llama a los hombres (no solo a las mujeres) a ser humildes y mansos, a tener dominio propio y a ser misericordiosos.
Nuestra sociedad tiende a asociar estas características con el sexo femenino. Lo que ha hecho que el hombre tenga una idea dividida entre lo que significa ser un “buen hombre” y un “hombre de verdad”.

Pearcey indica que “los hombres de todo el mundo parecen experimentar una cierta discrepancia entre lo que ellos mismos consideran que es ser un buen hombre y lo que la cultura que los rodea les dice que es ser un hombre de verdad. Sienten la contradicción entre el software y el virus… Dado que los hombres están hechos a la imagen de Dios, incluso los que no son cristianos parecen entender que la fuerza característica de la masculinidad no está destinada a permitirles conseguir lo que les plazca, sino a proteger a sus seres queridos: proveer, sacrificarse y, si fuere necesario, luchar por ellos” (p. 16).
Pero, “a lo largo de la historia occidental, la sociedad se ha ido secularizando, al igual que su concepto de masculinidad. Como resultado, los hombres se sienten cada vez más presionados para vivir según el guión secular del hombre de verdad” (p. 17).
La autora indica que las dos formas principales de distorsión en la masculinidad son las siguientes: “En primer lugar, los hombres pueden extralimitarse y abusar de su papel (distorsiones agresivas de la hombría); y, en segundo lugar, los hombres pueden rehuir o escapar de sus responsabilidades (distorsiones pasivas de la hombría)” (p. 76).

El hombre fuera del hogar
Durante siglos la vida de hogar y el trabajo con remuneración habían estado completamente entretejidos. Las familias trabajaban en conjunto para el bien común. A partir de la revolución industrial, los trabajos pagados salieron de los hogares, haciendo que, en su mayoría, lo hombres salieran del hogar. La división del trabajo en la familia se hizo cada vez más definida, sacando casi por completo al padre de la crianza de los hijos.
Nancy dice: “Por primera vez en la historia de los Estados Unidos, los hombres ya no trabajaban junto a sus esposas e hijos, personas a las que querían y con las que les unía un vínculo moral. En su lugar, comenzaron a trabajar como individuos en competencia con otros hombres. El guión social de los hombres empezó a cambiar… El ideal del hombre bueno perdió su arraigo en el corazón de los hombres, quienes cambiaron valores morales por objetivos personales” (p. 126).

Hombre bueno versus hombre de verdad
Las demandas hacia los padres de familia habían cambiado. En el hogar, todavía se esperaba que fueran los líderes espirituales, amables, serviciales y pacientes. Mientras que en la industria, cada vez más se exigía que fueran competitivos, dedicados a la tarea, siempre enfocados en la más mínima ganancia monetaria. Dividiendo al hombre casi en dos personalidades diferentes.
Hasta ese momento, en los Estados Unidos, se esperaba que los valores morales cristianos, también fueran practicados en el área laboral. La autora nos explica cómo este es un concepto bíblico basado en el mandato cultural de llenar, someter y ejercer dominio sobre la tierra, (Gn 1:27-29), y de “hacer todo para la gloria de Dios” (1Co 10:31). “Pero tras la revolución científica, muchos comenzaron a afirmar que la única forma fiable de conocimiento es la que puede ser conocida a través de la ciencia, es decir, los hechos verificables empíricamente… Los principios morales y espirituales se redefinieron como asuntos de sentimientos privados” (pp. 134-135).

Pearcey agrega: “A medida que los hombres se adaptaban a ese entorno despiadado, la gente empezó a protestar porque se estaban volviendo insensibles, egoístas, competitivos y moralmente endurecidos. Las expectativas morales que se habían depositado en ellos durante la época colonial ––sobriedad, piedad, benevolencia y responsabilidad por el bien común–– estaban siendo demolidas. En el ámbito público se decía que había que jugar con otras reglas. El modelo del hombre bueno no valía; era necesario adoptar el prototipo del hombre de verdad” (p. 138).
Recuperando el modelo bíblico de la masculinidad
La guerra tóxica contra la masculinidad presenta los datos de diversos estudios que demuestran que el cristianismo nominal (aquellos que se llaman cristianos, pero que asisten a la iglesia menos de tres veces al mes) tienen las tasas más elevadas de divorcios y violencia doméstica.
Estos hombres han aprendido que el hombre es la cabeza del hogar, sin el fruto del Espíritu de “amor, gozo, paz, paciencia…” (Ga 5:22). Imponen autoridad sin deseo de servir como los llamó nuestro Señor Jesús: “Y el que entre ustedes quiera ser el primero, será su siervo… [siguiendo el ejemplo del] Hijo del Hombre [que] no vino para ser servido, sino para servir y para dar Su vida…” (Mt 20:27). Y utilizan su poder para hacer que sus mujeres e hijos se sometan a ellos sin imitar a Cristo, quien llamó a estos maridos a que “amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella” (Ef 5:25).

Sin embargo, cuando los hombres cristianos devotos están comprometidos con toda la instrucción bíblica, se han arrepentimiento de su pecado, han depositado su fe en Cristo y viven vidas comprometidas con su crecimiento espiritual conectados a una iglesia local, tienen las mayores tasas de éxito en sus matrimonios y en la crianza de sus hijos.
El mejor modelo de la masculinidad es el bíblico: el problema es el pecado, pero el diseño divino de la masculinidad es muy bueno.
Este libro es para todo lector que desee recuperar el modelo divino para el hombre.
