¿Qué hacemos cuando no nos identificamos con los modelos femeninos populares?

Una conversación sobre el cuerpo, el pecado, la cruz y la esperanza de la resurrección.
Foto: Unsplash

Nunca encajé en la idea de la mujer perfecta.

Crecí gordita y fui obesa durante mi juventud. Me convertí al Señor a los trece años, pero eso no impidió que los modelos populares me afectaran. Me gustaba vestir bien, ir a la peluquería y sentirme femenina, aunque muchas veces parecía que esa feminidad no estaba diseñada para un cuerpo como el mío.

Quizás conoces esa sensación: descartas una ropa antes de probártela, o miras una foto y solo ves la parte de tu cuerpo que menos te gusta. Durante años pensé que yo era el problema. Hoy entiendo que una parte importante del problema era el molde: nunca se queda quieto, pero siempre culpa a las mujeres por no alcanzarlo.

La mujer perfecta cambia cada década

Nací en 1989, así que mi infancia quedó marcada por el heroin chic de los noventa: Kate Moss, las campañas de Calvin Klein y una estética de piel pálida, ojeras y delgadez extrema. En 1997, el presidente Bill Clinton denunció públicamente esa tendencia: glorificar la heroína no era creatividad, sino destrucción. No era solo una discusión sobre arte, sino sobre vida y muerte. En 2001, Katzmarzyk y Davis publicaron un estudio sobre modelos de portada entre 1978 y 1998, que reportó que el 70 por ciento estaba por debajo del umbral de bajo peso de la OMS.

En los años 2000 y 2010, el ideal giró hacia la cintura mínima, las caderas anchas y los glúteos grandes, popularizados por figuras como Kim Kardashian. El cuerpo ya no debía desaparecer: debía reconstruirse. En 2017, una investigación de la ASERF advirtió sobre la mortalidad asociada al injerto de grasa glútea, mientras que The Aesthetic Society lo describía como uno de los procedimientos estéticos de crecimiento más rápido.

Los estándares de belleza cambian, pero nuestro valor no debería cambiar con ellos. / Foto: Unsplash

También surgió una reacción. En 2004, Dove lanzó su Campaña por la Belleza Real tras reportar que apenas el 2 por ciento de las mujeres se describía a sí misma como bella. En 2021, Victoria’s Secret retiró a sus “ángeles” y presentó el VS Collective. El movimiento body positivity hizo preguntas necesarias sobre retoques, representación y vergüenza corporal, aunque en algunos espacios la aceptación terminó confundiéndose con negar la salud, presentando la obesidad como un acto de amor propio.

Después, el péndulo volvió a moverse. Ozempic fue aprobado en 2017 para la diabetes tipo 2 y Wegovy en 2021 para el control crónico del peso. En 2024, KFF informó que uno de cada ocho adultos estadounidenses había usado un GLP-1 (hormona intestinal que estimula la liberación de insulina, ralentiza la digestión y promueve la saciedad). Ese mismo año, Vogue Business encontró que el 94,9 por ciento de los 8.763 looks de las pasarelas primavera-verano 2025 correspondía a tallas rectas. En una sola vida vimos hambre, cirugía, aceptación y, otra vez, reducción.

En pocas décadas, el ideal femenino pasó de la delgadez extrema a nuevas exigencias físicas, mostrando lo cambiante que es la cultura. / Foto: Lightstock

El estándar cambia porque el pecado nunca queda satisfecho

Esto no es solamente una historia de modas equivocadas. Es una historia sobre el pecado.

El pecado distorsiona todo lo que toca: nuestra mirada, nuestros deseos, la manera en que usamos el cuerpo y la forma en que juzgamos el cuerpo de los demás. Convierte el cuerpo en un ídolo, en una mercancía, en una fuente de identidad, o en un tribunal desde el cual decidimos quién merece ser vista. Y todo eso viene desde Génesis: hoy, igual que Eva, estamos comprándole una mentira al mundo y haciéndola parte de nuestra vida y nuestra identidad. Eva le creyó al enemigo cuando le dijo que le faltaba conocimiento y que debía comer de ese árbol para ser como Dios. Hoy nosotras le compramos al mismo enemigo la mentira de que necesitamos algo externo para ser aceptadas.

Por eso la medida cambia, pero la herida permanece. Cada década repite el mismo mensaje con una forma distinta: “Te falta algo. Cámbiate. Disminuye. Aumenta. Corrígete. Entonces serás aceptada”. El pecado nunca queda satisfecho: siempre necesita una nueva insuficiencia y algo nuevo que vendernos como “salvación”.

El pecado distorsiona todo lo que toca. / Foto: Unsplash

Las redes sociales intensificaron ese mecanismo. Documentos internos de Instagram filtrados en 2021 mostraron que el 32 por ciento de las adolescentes que ya se sentían mal con su cuerpo se sentían peor después de usar la plataforma, lo que puede derivar en ansiedad, trastornos alimentarios y vergüenza profunda.

Aquí está el corazón de todo

Para entender de dónde viene tu valor, hay que volver al principio, a Génesis 1, y leer con cuidado cómo crea Dios.

Fíjate en el patrón. Cada vez que Dios crea, habla solo y en singular. “Entonces dijo Dios: ‘Sea la luz’” (Gns 1:3). “Y dijo Dios: ‘Haya expansión en medio de las aguas’” (Gn 1:6). “Entonces dijo Dios: ‘Júntense en un lugar las aguas que están debajo de los cielos’” (Gn 1:9). Una palabra, y la cosa existe. El cielo, el mar, la tierra, las estrellas, los animales: todo aparece por mandato directo.

Las redes sociales amplifican la presión por cumplir ideales de belleza y afectan la forma en que muchas jóvenes se perciben a sí mismas. / Foto: Envato Elements

Pero cuando llega el turno del ser humano, algo cambia. Dios deja de hablar hacia afuera y empieza a hablar consigo mismo: “Y dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza’” (Gn 1:26). Hagamos. Nuestra. Por primera vez en todo el relato, el lenguaje es plural. El Padre, el Hijo y el Espíritu se detienen a deliberar dentro de la Trinidad antes de formarte. No fuiste un mandato más en la lista de la creación. Fuiste una decisión tomada en consejo divino.

Y hay una segunda señal fácil de pasar por alto. A lo largo del capítulo, después de cada acto creador, se repite la misma frase: “Y vio Dios que era bueno”, una y otra vez. Pero cuando termina de crear al hombre y a la mujer, la frase cambia: “Dios vio todo lo que había hecho; y era bueno en gran manera” (Gn 1:31). No solo bueno. Bueno en gran manera. La diferencia es deliberada. Eres la única parte de toda la creación que lleva la imagen de Dios (“varón y hembra los creó” [Gn 1:27]), y eres la corona que hizo que Dios mirara Su obra terminada y dijera que ahora sí estaba completa.

Detente ahí un segundo. El sol no lleva la imagen de Dios. El mar que te deja sin aliento no la lleva. El animal más imponente no la lleva. Tú sí. Esa mujer que se mira al espejo y no se soporta, carga algo que ninguna estrella del universo carga.

No fuiste un mandato más en la lista de la creación. Fuiste una decisión tomada en consejo divino. / Foto: Unsplash

Entonces, ¿qué le estamos diciendo a Dios cuando rechazamos el cuerpo que Él nos dio para perseguir un estándar fabricado? Dios no comete errores. Todo lo que Él crea, lo crea con intención, incluyendo ese cuerpo que a ti probablemente no te gusta. Querer alterar de raíz lo que Él diseñó solo para encajar en una moda que cambiará en diez años es, en el fondo, pararse frente a tu Creador y decirle: “Tú no sabías lo que hacías. Esto te quedó mal. Hay que arreglarlo”. Es corregir al Artista delante de Su propia obra.

Y quiero ser precisa, porque esto se malentiende rápido. No estoy hablando de cuidar tu salud. Comer bien, moverte, ir al médico: eso es mayordomía, es honrar el cuerpo que Dios te prestó. Tampoco se trata de bautizar el descuido con un “Dios me hizo así” para no asumir la responsabilidad. De lo que hablo es de otra cosa: del impulso de rehacerte entera, de odiar tu estructura, tu cara, tu forma, porque no coincide con lo que el mundo decidió aplaudir este año. Eso no es libertad. Es idolatría frente al espejo.

Un cuerpo bueno, pero afectado por la caída

Aquí necesito contarte algo importante: he bajado alrededor de 145 libras. En 2023 me diagnosticaron resistencia a la insulina y, bajo supervisión médica, usé semaglutida y tirzepatida, sí, los mismos medicamentos que generan el llamado “efecto Ozempic”.

Todo lo que Dios crea, lo crea con intención, incluyendo ese cuerpo que a ti probablemente no te gusta. / Foto: Unsplash

No te cuento esto para presentarme como ejemplo de transformación física, ni para decirte que toda mujer debe adelgazar. Te lo cuento porque no quiero construir una falsa oposición entre aceptarte y cuidar tu salud.

A mí nunca me gustó estar obesa. Primero tuve que reconocer hábitos que eran pecaminosos; después apareció una condición médica real. Mi cuerpo necesitaba atención. Pero una cosa es cuidar el cuerpo que Dios te dio, y otra muy distinta es castigarlo para que se parezca al cuerpo que la cultura está premiando este año.

La misma herramienta puede nacer de motivaciones muy diferentes. Una mujer puede hacer dieta, ejercitarse o usar un medicamento porque busca salud y mayordomía. Otra puede hacer exactamente lo mismo porque cree que solo será digna cuando se parezca a alguien más. Por eso el problema no siempre está en la herramienta. Muchas veces está en el altar frente al cual la usamos.

Cuidar el cuerpo y vivir para cumplir un ideal de belleza no son la misma motivación. / Foto: Lightstock

Cristo no murió por una versión mejorada de ti

Aquí es donde el evangelio cambia por completo esta conversación.

Cristo no vino a rescatar solamente a la mujer que cabe en la ropa correcta, que tiene un cuerpo saludable o que aprendió a gustarse frente al espejo. Tampoco esperó a que nos convirtiéramos en una versión más disciplinada, atractiva o aceptable para entregarse en la cruz.

Cristo murió por pecadoras.

Murió por la mujer delgada y por la mujer obesa. Por la que se siente hermosa y por la que evita los espejos. Por la que idolatra su apariencia y por la que se castiga por no alcanzar el ideal.

Cristo no entregó Su vida por personas perfectas, sino por pecadores necesitados de gracia. / Foto: Lightstock

La cruz destruye la idea de que nuestra aceptación depende de otras miradas. Cristo cargó con algo más profundo que la vergüenza corporal: la culpa real de nuestro pecado. No vino solo a mejorar nuestra autoestima, sino a reconciliarnos con Dios.

Mi mayor problema nunca fue que mi cuerpo no se pareciera al que admiraba mi generación. Mi mayor problema era estar separada de Dios por el pecado. Y mi mayor esperanza no es parecerme algún día a la mujer que el mundo celebra. Es estar unida a Cristo.

En la cruz, Jesús no compró una versión más bella de mí. Me compró a mí.

La cruz destruye la idea de que nuestra aceptación depende de otras miradas. / Foto: Unsplash

Este cuerpo no es el final de la historia

El evangelio tampoco nos obliga a fingir que todo en nuestros cuerpos está bien. Podemos lamentar lo que duele, buscar tratamiento y reconocer los efectos de la caída. Pero no lo hacemos sin esperanza.

Cristo resucitó corporalmente. Y porque Él resucitó, quienes estamos unidas a Él también seremos resucitadas. 1 Corintios 15 dice que lo que ahora es corruptible será levantado incorruptible; lo que ahora vive en debilidad será levantado en poder; lo mortal será vestido de inmortalidad.

Nuestra esperanza no es convertir este cuerpo en una versión suficientemente perfecta antes de morir. Nuestra esperanza es que Cristo regresará y hará lo que ninguna dieta, cirugía, medicamento o movimiento de aceptación corporal puede hacer: vencer definitivamente el pecado, la enfermedad, el deterioro y la muerte.

Ningún esfuerzo humano puede hacer lo que Cristo prometió al regresar. / Foto: Pexels

Apocalipsis 21 nos lleva más lejos: viviremos con Dios en cielos nuevos y tierra nueva. No habrá muerte, llanto ni dolor; tampoco una cultura lucrándose de nuestra inseguridad ni miradas corrompidas clasificando cuerpos.

Por eso puedo cuidar mi cuerpo sin adorarlo, tratarlo sin odiarlo y lamentar lo roto sin desesperarme. Este cuerpo importa, pero aún no es su versión final.

Entonces, ¿qué hacemos ahora?

  • Deja de pelear por un molde que volverá a cambiar. Revisa a quién sigues y qué voces has permitido que definan lo bello.

  • Cuida tu cuerpo desde la mayordomía, no desde la vergüenza. Comer bien, moverte, descansar y buscar ayuda médica pueden ser actos de obediencia, pero no pueden hacer lo que solo Cristo hace.

  • Si la comida, el peso o la imagen corporal se volvieron una cárcel, no pelees sola. Habla con una hermana madura, tu médico, un consejero bíblico o un terapeuta competente.

  • Predica el evangelio a tu espejo. No tienes que justificar tu existencia delante de Él. Tu identidad no se descubre en el reflejo; la recibes en Cristo.

La medida cambiará. Cristo no.

Cuando Cristo define nuestra identidad, los estándares cambiantes de la cultura pierden su poder. / Foto: Unsplash

Yo no encajé en los modelos femeninos de mi generación. Hoy también lo veo como misericordia: ninguna versión de mí podría descansar si dependía de una medida que nunca dejaba de cambiar.

Mi esperanza no está solo en mirar mi cuerpo con más gratitud. Está en Cristo. El pecado nos enseñó a comparar, explotar, adorar y despreciar nuestros cuerpos. Cristo murió por mujeres reales, pecadoras y cansadas de justificarse delante del espejo.

Un día regresará. Resucitará lo que ahora es débil, corruptible y mortal, y viviremos con Él en una creación renovada, sin enfermedad, comparación ni muerte.

Hasta ese día, cuida tu cuerpo, pero no le pidas que te salve. Atiende lo que necesita sanar y no lo castigues por no parecerse a una moda. Cuando no puedas amar todo lo que ves, recuerda que tu esperanza no descansa en el espejo.

El mundo seguirá cambiando la medida cada década, o incluso más rápido. Pero Cristo no cambia, y Su Palabra tampoco. Descansa en el Cristo crucificado, resucitado y próximo a regresar.


Fuentes citadas y recomendadas

• Bill Clinton, discurso contra el heroin chic, 21 de mayo de 1997; reseñado por Los Angeles Times, 22 de mayo de 1997.

• Katzmarzyk, P. y Davis, C. “Thinness and body shape of Playboy centerfolds from 1978 to 1998” [“Delgadez y forma corporal de las modelos de Playboy desde 1978 hasta 1998”]. International Journal of Obesity, 2001.

• ASERF Task Force. “Report on Mortality from Gluteal Fat Grafting” [“Informe sobre la mortalidad por injerto de grasa glútea”]. Aesthetic Surgery Journal, 2017.

• Dove. Campaña por la Belleza Real, lanzada en 2004; estudio The Real Truth About Beauty.

• Victoria’s Secret. Lanzamiento del VS Collective, 2021.

• FDA. Aprobaciones de Ozempic para diabetes tipo 2 (2017) y Wegovy para control crónico del peso (2021).

• KFF. “The Public’s Use and Views of GLP-1 Drugs” [“Uso y percepción pública de los fármacos GLP-1”], 2024.

Vogue Business. “Spring/Summer 2025 Size Inclusivity Report” [“Informe sobre la inclusión de tallas para la primavera/verano de 2025”], 2024.

The Wall Street Journal. “Facebook Knows Instagram Is Toxic for Teen Girls” [“Facebook sabe que Instagram es tóxico para las adolescentes”], 2021.

• Arcelus, J. et al. “Mortality Rates in Patients With Anorexia Nervosa and Other Eating Disorders” [“Tasas de mortalidad en pacientes con anorexia nerviosa y otros trastornos de la alimentación.”]. JAMA Psychiatry, 2011.

• Akrawi, D. et al. “Religiosity, spirituality in relation to disordered eating and body image concerns” [“Religiosidad y espiritualidad en relación con los trastornos alimentarios y las preocupaciones sobre la imagen corporal.”]. Journal of Eating Disorders, 2015.

Libro recomendado: Lo que Dios dice sobre nuestros cuerpos. B&H Español, 2022.

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Masiel Mateo

Hija de Dios por su escandalosa gracia con una pasión por ayudar a jóvenes a lidiar con temas importantes de la vida cristiana, motivándoles a amar la Palabra de Dios a través del arte y animándoles a compartir su fe en las redes sociales. Actualmente cursa una maestría en Divinidad en el Southern Baptist Theological Seminary y forma parte del ministerio Reformadas como estratega de Marketing Digital.

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