Junio 19
Entonces Saúl dijo a Samuel: “He pecado. En verdad he quebrantado el mandamiento del Señor y tus palabras, porque temí al pueblo y escuché su voz” (1 Samuel 15:24).
¿Por qué Saúl obedeció al pueblo en lugar de obedecer a Dios? Porque temía al pueblo en lugar de temer a Dios. Temía las consecuencias humanas de la obediencia más de lo que temía las consecuencias divinas de la desobediencia. Temía desagradar al pueblo más de lo que temía desagradar a Dios. Eso es un gran insulto a Dios.
De hecho, Isaías dijo que temer a lo que el hombre pueda hacer, al mismo tiempo que ignorar las promesas de Dios, es orgullo. Él cita a Dios con esta pregunta penetrante: “Yo, Yo soy su consolador. ¿Quién eres tú que temes al hombre mortal, y al hijo del hombre que como hierba es tratado? ¿Has olvidado al Señor, tu Hacedor?” (Isaías 51:12-13).
Quizás, el temor al hombre no se sienta como orgullo, pero eso es lo que Dios dice que es: “¿Quién crees que eres para temer al hombre y olvidarme a Mí, tu Hacedor?”.
El punto es este: si temes al hombre, has comenzado a negar la santidad y el valor de Dios y de Su Hijo Jesús. Dios es infinitamente más fuerte que el hombre. Él es infinitamente más sabio e infinitamente más lleno de recompensas y gozo.
Darle la espalda a Dios por temor a lo que el hombre pueda hacer es pasar por alto todo lo que Dios promete ser para los que le temen. Es un gran insulto. Y en ese insulto Dios no puede complacerse.
Pero, cuando escuchamos Sus promesas y confiamos en Él con valentía, temiendo la deshonra que nuestra incredulidad le trae a Dios, entonces Él es honrado en gran manera, y en ello se complace.
Devocional tomado del libro The Pleasures of God, páginas 208–209.
