Hace poco falleció mi abuela. Su ausencia se siente con fuerza en la familia y, de ahora en adelante, sus recuerdos nos acompañarán constantemente. En mi caso, no solo guardo los momentos graciosos y cotidianos; sobre todo, recuerdo que ella fue quien me guió a la fe cristiana. En ella vi el ejemplo de amar a Cristo y conocer las Escrituras, de la misma manera que el apóstol Pablo describe la influencia de la abuela de Timoteo (2Ti 1:5).
Más allá de cómo nos sentimos sus familiares y allegados, entre la tristeza y la esperanza, surge una pregunta importante: ¿cómo está ella? Al ver su cuerpo sin vida en el féretro, la respuesta cultural inmediata es decir que “está descansando”. Es lo que solemos decir de casi cualquier persona que muere. Pero esa frase suele ser un lugar común, un consuelo automático, más que una certeza con un sólido fundamento. Al consultar la Biblia, me convenzo de que solo existen dos respuestas posibles a esa pregunta, y son polos opuestos. O mi abuela se encuentra ante la felicidad más profunda del universo, o es alguien digno de lástima. Todo depende de un solo hecho: si la resurrección de los muertos es real o no.
Sé que estas alternativas suenan radicales, pero así era la fe de mi abuela: blanco o negro; o crees de verdad o no creas nada. Y al reflexionar sobre su muerte, creo que vale la pena preguntar esto acerca de todos los que fallecen. ¿Están frente a la máxima felicidad, o son dignos de lástima? Este contraste, sin embargo, no es un invento personal. Hace casi dos mil años, el apóstol Pablo planteó esta misma.

Alternativa 1: la muerte es una tragedia y somos dignos de lástima
Al escribir a los cristianos en Corinto, el apóstol Pablo enfrentó una corriente de pensamiento que consideraba la resurrección física de los muertos como algo imposible. Ante esta duda, el apóstol no ofrece un punto medio, sino que obliga a considerar las consecuencias lógicas de negar este hecho. Si los muertos no resucitan, entonces Jesús de Nazaret sigue en la tumba: “Porque si los muertos no resucitan, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado” (1Co 15:16).
Si Cristo no resucitó, la fe se desmorona por completo. No se trata simplemente de perder un consuelo espiritual; Pablo afirma que, en ese caso, “la fe de ustedes es falsa; todavía están en sus pecados” (1Co 15:17). Esta es la médula del problema. El cristianismo sostiene que nuestra condición humana es de rebelión y deuda ante un Dios santo. Jesús no vino a la tierra simplemente como un maestro de ética para darnos buenos consejos; vino a ser el pago sustitutivo por nuestras transgresiones.

Si la muerte retuvo a Jesús, significaría que el pecado y la deuda fueron más fuertes que Él. Un Salvador muerto no puede ofrecer vida a nadie; sería un libertador fracasado. Bajo esa lógica, quienes han muerto confiando en Él no están descansando, sino que están irremediablemente “perdidos” (1Co 15:18). Si nuestra esperanza en Cristo se limita solo al bienestar o la moralidad que podemos obtener en esta vida, el veredicto de Pablo es contundente: “Somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima” (1Co 15:19). Sin resurrección, la vida del creyente es invertir en una mentira.
En el plano estrictamente práctico, vivir sin esta esperanza significa observar, día tras día, cómo el propio cuerpo decae inevitablemente y cómo los seres queridos se desvanecen uno tras otro. Bajo esta mirada, la muerte no es un descanso, sino el acto final de perderlo todo: el cuerpo, los sueños, las pasiones, el afecto de los demás y el universo entero. Es, en el sentido más crudo de la palabra, una tragedia sin retorno.
Gracias a Dios, Pablo nos da otra alternativa.

Alternativa 2: la muerte tiene sentido y nos espera una resurrección gozosa
Sin embargo, el argumento de Pablo da un giro radical hacia la certeza histórica: “Pero ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron” (1Co 15:20). Al usar el término primicias, Pablo recurre a una imagen agrícola. Las primicias eran los primeros frutos de la cosecha que garantizaban la naturaleza de todo lo que vendría después. Si el primer fruto es vida, el resto de la cosecha también lo será. Cristo es la garantía de que la muerte ya no tiene la última palabra sobre el creyente.
Ahora, como dicen por ahí, ¿esto no es demasiado bueno para ser verdad? Gracias a Dios, esta esperanza no se basa en un sentimiento subjetivo, sino en testimonios verificables. Pablo presenta una lista de testigos oculares que vieron a Jesús físicamente vivo después de Su ejecución:
- Se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los doce apóstoles (1Co 15:5).
- Se apareció a más de 500 hermanos a la vez, de los cuales la mayoría aún vivían en el momento en que se escribió la carta (1Co 15:6).
- Se apareció a Jacobo, luego a todos los apóstoles y, finalmente, al mismo Pablo (1Co 15:7-8).

Negar la resurrección en aquel tiempo implicaba desmentir a cientos de personas que estaban dispuestas a sostener su testimonio incluso bajo amenaza de muerte. Esa misma convicción es la que ha sostenido a la iglesia por más de dos mil años.
Así, concluimos que, si la resurrección es cierta y nosotros creemos en ella, entonces nos espera una vida mejor después de la muerte. Gracias a que Cristo es el “segundo Adán” que trae vida donde el primero trajo muerte, la perspectiva de la partida de un ser querido cambia totalmente: “Porque, así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1Co 15:22). La resurrección asegura que el perdón de los pecados es efectivo y que la reconciliación con Dios es un hecho consumado.
En términos prácticos, esta resurrección significa que nos dirigimos hacia un mundo perfecto donde la muerte, el dolor y el pecado habrán sido erradicados para siempre. No existirá ya la sombra de la caducidad ni la expectativa de que todo lo bueno llegará a su fin en algún momento. En cambio, nos espera la realidad de disfrutar de la presencia de Cristo y de la compañía de los cristianos de manera ininterrumpida y eterna.

El creyente no es digno de lástima
Mi abuela no fue alguien digna de lástima. Recuerdo que el año anterior a su partida, en un momento de gran debilidad física, pude hablar con ella sobre la reconciliación con Dios por medio de Jesucristo. Aun en medio de la gran dificultad para hablar que le producía su enfermedad, al preguntarle si recordaba a su Señor, su respuesta fue firme: Él era su Salvador y, por Su sangre, ella había sido reconciliada. Esa fe no fue una emoción pasajera, sino el motor que la impulsó hasta el final. Incluso el último día que hablé con ella (una semana antes de su partida), me dijo que había dedicado sus fuerzas esa mañana a leer la Biblia, honrando el hábito que definió toda su vida.
Si la resurrección no fuera real, esa devoción constante habría sido una inversión inútil en un libro antiguo lleno de mentiras. Pero como Cristo ha resucitado, la historia cambia por completo: su lectura no fue en vano y su esperanza no fue defraudada. Ella no lo ha perdido todo; al contrario, ha terminado su vida aferrada al Señor y ahora disfruta de Su presencia. Mientras nosotros procesamos el vacío de su ausencia, descansamos en que vivir y morir bajo la promesa de la resurrección no es una tragedia, sino la única forma de no ser, al final del camino, dignos de lástima.