Mayo 11
«Entonces [Noemí] se levantó con sus nueras para regresar de la tierra de Moab, porque ella había oído en la tierra de Moab que el Señor había visitado a Su pueblo dándole alimento». Rut 1:6
Belén es una ciudad prominente en la historia bíblica. En este lugar, David cuidó de sus ovejas antes de ser ungido como rey. Mil años más tarde, mientras otros pastores cuidaban sus rebaños, una hueste de ángeles proclamó el nacimiento de Jesucristo en esta misma ciudad.
Sin embargo, antes de estos dos eventos tan importantes, vino la época de los jueces, caracterizada por la violencia, el desorden social y político y el caos religioso. Durante esta era tumultuosa, una hambruna azotó la ciudad de Belén, convirtiendo este lugar, cuyo nombre en hebreo significa «casa de pan», más bien en casa de hambre y desesperación.
En estas circunstancias desesperadas, un hombre llamado Elimelec decidió mudarse, junto con su esposa Noemí y sus dos hijos, a la tierra de Moab para encontrar comida. Aunque el nombre de Elimelec significa «Mi Dios es Rey», su decisión de abandonar la tierra prometida de Dios y vivir en la tierra de los enemigos de Israel puede levantar sospechas en nuestra mente de que no estaba confiando realmente en la provisión de Dios ni comprometido a obedecer Su ley.
Moab resultó ser un lugar de tragedia, no de abundancia. Elimelec y sus hijos murieron, dejando viuda a Noemí. Sin embargo, después de algunos años, un pequeño rayo de esperanza traspasó la oscuridad del dolor de Noemí: recibió noticias de que de nuevo había comida en Belén. Dios había provisto para Su pueblo en Su tierra.
Miles de años más tarde, nos vemos tentados a pasar por alto esta verdad: Dios provee lo que Su pueblo necesita. Tal vez, sabes esto en cuanto a tu salvación, pero ¡qué fácil es olvidarnos de Su provisión diaria! ¿Tenemos ojos para ver lo que Él nos da y hace por nosotros en nuestra vida diaria? ¿Nuestro corazón rebosa de agradecimiento al final de cada día por lo que Él ha hecho?
Un ejemplo práctico de la provisión continua de Dios es el alimento que recibimos a diario. ¡Nadie debería caminar por los pasillos de una tienda de abarrotes con mayor sentido de asombro y de gratitud que un cristiano! En última instancia, es Dios quien llena los anaqueles de la tienda y de nuestra despensa. Podemos decir, mientras escogemos el huevo y la leche: «Obra del Señor es esto; admirable a nuestros ojos» (Sal 118:23).
Sin importar lo oscuros o dramáticos que puedan parecer los eventos de la vida, Dios sigue cuidando de Su pueblo y llevando a cabo Sus propósitos, y a menudo escoge hacerlo por medio de personas improbables o de maneras silenciosas. Él se había propuesto hacer grandes cosas por medio de Noemí y de su familia… y todo comenzó con el pan en Belén. También nosotros debemos abrir nuestros ojos para ver que la provisión de alimento de Dios nos señala hacia Su provisión de nuestra mayor necesidad: nuestro Redentor, Jesucristo, así como Su provisión para nuestro más alto llamamiento: «hacer buenas obras, las cuales Dios preparó… para que anduviéramos en ellas» para Su gloria (Ef 2:10).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
