La nueva/vieja forma en que nuestra cultura nos presiona para que nos conformemos

Occidente está adoptando silenciosamente una cultura donde la presión social reemplaza a la ley como mecanismo de control, y quienes sostienen convicciones impopulares lo sienten en carne propia.
Foto: Envato Elements

Cada cultura tiene ciertos estándares que distinguen a las personas buenas y respetables de las malas y deshonrosas. Cada cultura tiene formas de obligar a la gente a adherirse a sus normas. Algunas obligan a cumplirlas mediante la culpa, otras mediante el miedo y otras mediante la vergüenza.

En una cultura de “culpabilidad-inocencia”, tu posición ante los demás depende de tu nivel de culpabilidad o inocencia. Tu reputación se mide por el cumplimiento de las leyes, por eso,  las naciones, las ciudades e incluso las organizaciones tienen sus leyes cuidadosamente codificadas. Si infringes una de estas leyes, entras en un estado de culpabilidad y solo puedes recuperar tu inocencia cumpliendo los requisitos de las leyes que has infringido, quizás pagando una multa o cumpliendo una pena de cárcel.

En una cultura de “miedo-poder”, tu posición ante los demás depende de tu nivel de miedo o poder, especialmente sobre dioses y espíritus. Tu reputación se mide por la cantidad de poder que obtienes y mantienes. El miedo surge cuando el poder ha sido tomado por otros o cedido por no conformarse a las expectativas de la sociedad. La forma de superar el miedo es ganar poder, quizás ofreciendo un sacrificio (los sacrificios más costosos obtienen la mayor cantidad de poder) o consultando a un chamán o brujo.

En una cultura de “vergüenza-honor”, tu posición ante los demás depende de tu nivel de vergüenza u honor. Cuando no se respetan las normas culturales, se adquiere vergüenza y es necesario restaurarla con actos de honor. Cuanto mayor es la vergüenza, mayor es el acto de honor necesario para equilibrar la balanza. Por eso a veces oímos hablar de crímenes de honor en los que un hombre asesina a miembros de su familia. El horror de soportar la vergüenza es mayor que el horror de asesinar a su propio hijo.

Cada cultura tiene formas de obligar a la gente a adherirse a sus normas. / Foto: Lightstock

Cada cultura tiene elementos de los tres sistemas, pero siempre predomina uno. Probablemente observes que las culturas occidentales tienden a ser “culpabilidad-inocencia”, las culturas del sur tienden a ser “miedo-poder” y las culturas orientales tienden a ser “vergüenza-honor”.

La mayoría de los lectores de este sitio viven en culturas occidentalizadas y están más familiarizados con el paradigma “culpabilidad-inocencia”. Nuestras naciones tienen leyes que rigen todas las situaciones y que imparten justicia a quienes las transgreden. Cuando una persona es culpable de infringir una ley, esperamos que pague su multa o cumpla su condena y, una vez que lo ha hecho, consideramos que su inocencia ha sido restaurada.

Pero hoy somos testigos de una transición fascinante a medida que el mundo occidental asume más los distintivos de una cultura de “vergüenza-honor”. Lo vemos especialmente en cuestiones relacionadas con la sexualidad. Los defensores de la nueva moral sexual intentan aprobar leyes que permitan nuevas formas de relación y codifiquen nuevas concepciones del género. Estas leyes también prohíben diversas “fobias” y formas de lo que denominan “discursos de odio”. El objetivo de sus defensores es utilizar el poder de la ley para forzar la conformidad.

Los defensores de la nueva moral sexual intentan aprobar leyes que permitan nuevas formas de relación y codifiquen nuevas concepciones del género. / Foto: Envato Elements

Pero, mientras esperan a que las leyes se abran paso en los distintos congresos, senados y parlamentos, ejercen presión por medio del poder de la vergüenza. Para muchas personas, el poder de la vergüenza ha sido suficiente para obligarlas a negar sus antiguas convicciones y abrazar nuevas ideas. La vergüenza es un poderoso persuasor.

En la cultura occidental actual, las personas que mantienen una buena reputación ante los ojos de la sociedad no son necesariamente las que hacen las cosas de acuerdo con la ley, sino las que las hacen de acuerdo con un código de honor. La ley no prohíbe a nadie mantener convicciones bíblicas sobre la interpretación tradicional del género o el matrimonio, al menos no todavía. Pero la sociedad aplica gran presión a quienes se afianzan en tales convicciones. Los periodistas se presentan en sus casas y negocios, sus nombres aparecen en los titulares, sus amigos y familiares los abandonan. Estas personas tienen que elegir entre seguir soportando esta vergüenza o realizar un acto de honor. Ese acto de honor puede consistir en retractarse públicamente y pedir disculpas por su postura, o participar en un desfile. Será alguna acción exterior que demuestre una conformidad interior. Mediante ese acto, se elimina la culpa y se restaura el honor.

La reputación social ya no depende tanto de vivir de acuerdo con la ley sino de un código de honor percibido. / Foto: Unsplash

Como cristianos, podemos descansar en las leyes que regulan la libertad de expresión y protegen la libertad religiosa. Pero alegar conformidad con la ley significa poco cuando una sociedad ha pasado a adoptar una cultura de la vergüenza y el honor. Es posible ser inocente de acuerdo con la ley y aún así soportar una gran vergüenza ante los ojos de la sociedad. Vemos que esto mismo sucede a nuestro alrededor. Siempre hemos sabido que la persecución contra la iglesia traería la posibilidad y quizás la probabilidad de entrar en conflicto con la ley, de ser juzgado culpable por lo que Dios dice que es bueno y verdadero. Al fin y al cabo, el propio Jesús fue inocente pero fue declarado culpable y no debemos esperar que nos traten mejor que a Él. Pero quizás no nos hemos preparado tan adecuadamente para la posibilidad y la probabilidad de tener que soportar una gran vergüenza por aquello que Dios dice que es bueno y verdadero. Tal vez no hemos preparado adecuadamente a nuestros jóvenes para comprender y resistir el poder conformador y convincente de la vergüenza. Pero no debería sorprendernos, porque Jesús soportó una gran vergüenza y ha prometido que los que lo odiaron odiarán a quienes lo sigan.

Por medio de la cruz, Jesucristo asumió nuestra culpa para darnos inocencia. / Foto: Unsplash

Esto nos invita a profundizar más que nunca en las buenas noticias de lo que Jesucristo logró. Sabemos que la cruz se hace cargo de nuestra culpa, pero también de nuestra vergüenza (y, por supuesto, de nuestro miedo). Por medio de la cruz, Jesucristo asumió nuestra culpa para darnos inocencia, soportó nuestra vergüenza para darnos honor, venció a Satanás para quitarnos el miedo y darnos poder. El evangelio trasciende todas las culturas y, de ese modo, tiene un poderoso mensaje para toda la humanidad.

A medida que nuestra cultura se adentra en esta época de transición, quizás necesitemos afinar nuestra forma de pensar y hablar de la obra de Cristo. Somos expertos en hablar de cómo la justificación nos da la razón en el tribunal de Dios, y sin duda esta es una gran noticia. Pero en una cultura que honra la vergüenza, la noticia que resuena aún más fuerte es la proclamación de que Cristo ha cargado con nuestra vergüenza para darnos su honor. Este es el mensaje que debemos considerar de nuevo y predicar de nuevas formas. Tenemos que hacer saber a la gente que Jesucristo nos ha provisto todo lo que necesitamos para presentarnos ante Él con valentía y confianza, incluso cuando se nos juzgue como deshonrosos ante los ojos de la sociedad. A medida que el paradigma de la vergüenza y el honor se hace más prominente, debemos asegurarnos a nosotros mismos y prometer a los demás que las buenas noticias del evangelio abordan poderosamente la vergüenza.


Publicado originalmente en Challies.



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Tim Challies

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo BLOG ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por más de 7000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

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