¿Hablar del Espíritu Santo? Eso siempre ha sido un desafío. Al final del día, Él es el Espíritu, el Viento, el gran Enigma invisible, la Persona más misteriosa y escondida del inefable Dios.
Aparte de eso, vivimos en tiempos donde pensar y hablar del Espíritu puede ser mucho más difícil. Por un lado, las influencias seculares perversas nos presionan para manejar el tema de forma perceptible: lo que se pueda ver, escuchar, tocar, comprobar. El efecto es sutil pero al mismo tiempo un prejuicio en contra del Espíritu. Con Jesús estamos hablando de humanidad real, por lo menos teóricamente; con la iglesia, estamos hablando de cristianos reales; en cuanto a la creación, hablamos del mundo que nos rodea, tangible a nuestros sentidos; en cuanto a la antropología, la carne, la sangre y nuestra innegable persona interna. Pero al hablar del Viento invisible es una propuesta fallida para la mente moldeada por influencias seculares.
Además de eso, muchos cristianos tienen la mala costumbre de convertir una conversación del Espíritu en una conversación de ‘’manifestaciones del Espíritu’’ (1Co 14:12), es decir, dones espirituales y especialmente conversaciones controversiales como los dones de lenguas. Cuando menos lo esperas, ya ni estamos hablando de la obra del Espíritu y el corazón real de Su obra, sino que estamos especulando sobre nosotros mismos y relatando historias extrañas.

En las Escrituras, ni siquiera el mismo Espíritu recibe la atención principal que el Padre e Hijo reciben. Suele estar detrás de frases compactas e impactantes y obra de manera silenciosa en el trasfondo teológico. Por supuesto, este es el obrar del Espíritu. Él es el autor de las Escrituras, irradiando su luz en el Padre y en el Hijo, para fortalecer a los profetas y apóstoles en el ministerio de la palabra, y para fortalecer las palabras y las obras de la misma eterna Palabra, quien es Él mismo. El breve foco de las escrituras sobre el Espíritu no es para minimizarlo ni anularlo. El Espíritu le complace hacerlo así; ya que Él lo hizo así.
“La vida en el Espíritu”
Aun así, por más que se esconda y obre silenciosamente, Él da un paso al frente en un lugar de notable prominencia, en una de las mejores cartas escritas, en el clímax mismo de la obra maestra de Pablo: “El Gran Ocho”.
Romanos capítulo 8 es uno de los pocos lugares donde el Espíritu corre la cortina y dice, en efecto: “Les contaré un poco sobre mí: tanto como necesiten saber, pero no demasiado, ni por mucho tiempo”. Durante siglos, cristianos devotos han dado un lugar especial a las promesas y maravillas de Romanos 8, que se resume bien en algunas versiones de la Biblia con el encabezado: “La vida en el Espíritu”. Romanos 7:6 establece el contraste que sigue en el resto del capítulo 7 y en el capítulo 8:
Servimos bajo el nuevo régimen del Espíritu y no bajo el viejo régimen de la letra.

Romanos 7:7-24, entonces, ensaya los desafíos de servir bajo la futilidad de la era anterior y su ley (santa, justa y buena como era), y Romanos 8:1-27 estalla en los gozos y beneficios de vivir en la novedad del Espíritu. En Cristo, el Espíritu no solo está con nosotros, como estuvo con los santos del antiguo pacto, sino que ahora, derramado desde el cielo en nueva plenitud del Cristo resucitado, el Espíritu testifica de nuestra condición, intercede por nosotros en nuestra debilidad e incluso mora en nosotros como el poder presente y personal de la vida cristiana. Consideremos estas tres glorias del Espíritu en Romanos 8, trabajando de afuera hacia adentro.
Relación de padre-hijo: Él nos testifica
En primer lugar, el Espíritu nos habla y no cualquier palabra insignificante. Su Palabra es la palabra fundacional sobre quiénes somos y nuestra identidad. Es una Palabra de gran peso y de testimonio; sabiendo con certeza lo que ya sucedió, nos testifica del caso real, así como un testigo testifica en la corte para persuadir con la verdad.
No solo somos criaturas hechas por el Creador, sino humanos formados del polvo y no solo somos pecadores que le hemos dado la espalda a nuestro Rey, pero ahora, en Cristo Jesús, el unigénito hijo, en Él somos hijos de Dios (Ro 8:14). El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Ro 8:16). Él es “el Espíritu de adopción” (Ro 8:15) que solemnemente nos testifica para asegurarnos que somos elegidos por Dios, no meramente criaturas, sino que hijos amados aceptados a Su familia, quienes ahora clamamos, “¡Abba, Padre!” (Ro 8:15). Ya somos hijos. El Espíritu sabe esto y nos testifica para que nosotros también con confianza abracemos esta verdad.

Por más escondido e inexplicable que parezca el Espíritu, Él no es una fuerza silenciosa; en cambio, es una Persona que se revela, que habla, que lidera. Él es “el espíritu… de revelación” (Ef 1:17), quien fortaleció a los profetas y apóstoles como portavoces divinos (2P 1:21; Ef 3:5) y también habla, indica, testifica por medio de la Palabra viviente de las Escrituras (1Ti 4:1; Heb 3:7; 9:8; 10:15; Hch 20:23; 1Jn 5:6). Él guía y anima a los Suyos (Ro 8:14; Ga 5:18).
Su perfil quizás parezca pasar desapercibido, pero de hecho no lo es. Si te consideras un hijo de Dios amado y elegido por Él, sabes que es el Espíritu quien despertó tu corazón para tal conocimiento y lo sostiene allí. Sin Él, los pecadores clamarían a una deidad desconocida y distante. Con Él, los santos clamamos para el cuidado de nuestro Padre y ese clamor es lo que lleva a la segunda gloria del Espíritu en Romanos 8.

Intercesión: Él ora por nosotros
Ser hijos amados (“Herederos de Dios y coherederos con Cristo” [Ro 8:17]) es demasiado bueno para ser verdad. Sin embargo, así es en Cristo. Pero esta sublime relación no significa que Romanos 8 sea irreal sobre nuestras vidas en este mundo afectado por el pecado y bajo maldición. Las profundidades de la gracia de Dios no ignoran las profundidades de nuestras vidas. Sufrimos, gemimos, nos reconocemos débiles.
Porque por causa del pecado humano, Dios sujetó la creación a la vanidad… y la creación entera gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo (Ro 8:22-23).

Sabemos que somos hijos por el testimonio del Espíritu, sin embargo, todavía esperamos la formalidad pública y la revelación de eso. Sí, somos herederos, pero nuestra herencia plena está por venir. Mientras tanto, gemimos. En esta vida, navegamos por temporadas y momentos de dolor. A veces, llegamos a bifurcaciones en el camino donde ni siquiera sabemos cómo orar: si para ser librados del dolor o para soportarlo fielmente, si para un respiro de nuestros gemidos o por una perseverancia piadosa en medio de ellos.
Aquí, asombrosamente, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad: “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro 8:26). En las agonías y complejidades de esta era, nos presentamos sin palabras ante Dios, incapaces incluso de articular el núcleo de nuestros suspiros y gemidos. “No sabemos orar como debiéramos” (Ro 8:26). Y ¡oh, qué consuelo en estos momentos tener a Dios mismo obrando en nosotros y orando a Dios por nosotros. Más allá de nuestra capacidad de pedir como conviene e incluso de articular nuestras oraciones, el Espíritu apela al Padre por nuestro bien eterno.

La intercesión de Cristo por nosotros (Ro 8:34) es externa a nosotros, en el cielo, donde está sentado a la diestra del Padre, habiendo cumplido Su obra expiatoria y resucitado para hacerla efectiva por medio de Su vida. La intercesión del Espíritu es en nosotros, impulsándonos a orar y fortaleciendo nuestras oraciones (Ef 6:18; Jud 20). El Espíritu no solo está en lo profundo de Dios (1Co 2:10), sino que también en lo profundo de nosotros (Ro 8:26-27), lo cual nos lleva a una tercera gloria del Espíritu en Romanos 8, quizás la más asombrosa de todas.
Morada de Dios: Él vive en nosotros
En Romanos 8, y en otros lugares del Nuevo Testamento, encontramos un conjunto de afirmaciones asombrosas sobre Dios mismo y Cristo morando en nosotros por el Espíritu Santo. Pablo lo recalca repetidamente en los versículos 9-11:
El Espíritu de Dios habita en ustedes… [Ustedes tienen] el Espíritu de Cristo… Cristo está en ustedes… El Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús habita en ustedes… Su Espíritu que habita mora en ustedes.

Por si se te pasó: si estás en Cristo, tienes al Espíritu. Lo tienes. Él mora en ti. Dios mismo ha establecido Su residencia, por así decirlo, en tu cuerpo y alma, en ti. De una manera que no era parte integral del primer pacto de Dios con Israel, el Cristo resucitado y glorificado ha dado Su Espíritu a los cristianos del nuevo pacto (Jn 7:38-39).
El hecho de que tengamos al Espíritu (Ro 8:9, 23) no significa que seamos sus dueños o que lo controlemos. Él también nos tiene a nosotros. Él está en nosotros, y nosotros estamos en Él (Ro 8:5, 9). Él es enviado a nuestros corazones (Ga 4:6), dado a nosotros (Ro 5:5), provisto para nosotros (Ga 3:5), y no solo una vez, sino continuamente (Ef 1:17; 1Ts 4:8). Y por medio de la fe, lo recibimos (Ro 8:15). Así, como Pablo repite en otros lugares, el Espíritu mora en nosotros (1Co 3:16; 2Ti 1:14). Esto es lo que significa tener a “Cristo en [nosotros]” (Ro 8:10; Col 1:27).

Solo Dios sabe
Si eres cristiano, si confiesas a Jesús como Señor y te deleitas en Él, y Él te está transformando, considera qué serías sin el Espíritu, sin que Él abriera tus ojos y te diera un nuevo corazón y nuevos deseos. Sin Sus impulsos y guías constantes, silenciosos y diarios. Sin Su fortaleza continua a tu alma. Sin Su sello y el resguardo de tu corazón frente a tu pecado que aún mora en ti.
Judas 19 menciona a aquellos que “no tienen al Espíritu”. Tenemos algunos vislumbres de cómo se ven, al menos, algunas personas sin el Espíritu: burladores que hablan para menospreciar la verdad; aquellos que siguen sus propias pasiones impías y causan divisiones; en resumen, personas mundanas (Jud 18-19). Si ese no eres tú, si eres diferente, ¿qué te ha hecho diferente? ¿Podría ser el Espíritu Santo? Aunque te des cuenta por poco y te mantengas poco consciente de ello, tu vida, desde los detalles más pequeños hasta los más grandes, está impregnada por la realidad de tener al Espíritu, solo Dios sabe qué serías sin Él.

Las numerosas obras que Él hace
Por encima de todo, ¿confías y atesoras a Jesús y amas hablar de Él? Como dijo Fred Sanders: “Las personas más influenciadas por el Espíritu Santo suelen ser las que más tienen que decir sobre Jesucristo” (The Holy Spirit [El Espíritu Santo]). También cita a Thomas Goodwin, quien dice que el Espíritu “es aquella Persona que nos saca de nosotros mismos hacia la gracia de Dios el Padre, y hacia la paz y la satisfacción logradas por Jesucristo”. ¿Has sido sacado de ti mismo para apoyarte en la gracia de Dios? El Espíritu hace eso. ¿Has experimentado alguna vez la paz en Cristo? El Espíritu hizo eso. ¿Has disfrutado de satisfacción en Jesús? El Espíritu, el Espíritu, el Espíritu. Él lo ha hecho.
- En Él, recibimos el lavamiento de la regeneración (1Co 6:11; Tit 3:5), la justicia de la justificación (Ro 14:17; 1Co 6:11; 1Ti 3:16) y la santidad de la santificación (Ro 15:16; 1Co 6:11; 2Ts 2:13; 1P 1:2).
- Él nos enseña (1Co 2:13; 1Ts 4:9; Jn 6:45) y nos da vida y energía espiritual (1Co 12:11; Ef 3:16).
- Adoramos en el Espíritu (Fil 3:3).
- Él nos da amor por los demás (Col 1:9), gozo (Ro 14:17; 15:13; 1Ts 1:6), paz (Ro 14:17; 15:13); de hecho, todo “el fruto del Espíritu” (Ga 5:22-23).
- Nos llena de esperanza (Ro 15:13; Ga 5:5), despierta nuestra hambre de Dios y dirige nuestra atención a “las cosas del Espíritu” (1Co 2:14; Ro 8:5), en lugar de a las distracciones pecaminosas.
- Él nos sella (Ef 1:13; 4:30) y nos mantiene fieles para guardar el evangelio (2Ti 1:14).
- En Él, también disfrutamos de “la comunión del Espíritu Santo” (2Co 13:14; Ef 4:3-4; Fil 2:1; Heb 6:4) con otros que tienen el mismo Espíritu en ellos.

“Es característico de la doctrina de la obra del Espíritu”, dice Sanders, “que se exprese en listas, listas maravillosamente variadas de las numerosas obras que el Espíritu Santo hace” (162).
Apenas podemos rastrear las “numerosas obras” que Él hace en y por nosotros. Para los cristianos nacidos de nuevo, la obra del Espíritu en nuestras vidas, en nuestros pensamientos, en nuestros deseos y en nuestras voluntades es mucho más profunda y expansiva de lo que podemos percibir. Recibirlo, tenerlo, es caminar en una novedad de vida que lo toca y lo afecta todo, pero de tal manera que no mantiene el foco de atención siempre sobre sí mismo.
Es cierto que hablar del Espíritu es complejo. ¡Pero oh, cuán agradecidos debemos estar de tenerlo! Podemos vivir con la santa confianza de que el Ayudador sobrenatural mora en nosotros. Qué asombroso es tener al Espíritu Santo.
Publicado originalmente en Desiring God.