Marzo 4
“¿No deberías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?”. Mateo 18:33
Una persona perdonada debe ser también perdonadora y, ya que el perdón no es algo natural para nosotros, necesitamos oír esto una y otra vez.
En otras palabras, perdonamos porque Dios, por medio de Jesús, nos perdona. La Biblia deja perfectamente claro que el perdón no surge de ningún mérito humano ni es el resultado de nuestros propios esfuerzos por ser misericordiosos y perdonadores hacia los demás; en cambio, proviene de la gracia de Dios.
Por lo tanto, una de las mayores evidencias de que alguien se ha arrepentido de verdad de sus pecados es un espíritu perdonador. Por el contrario, si continuamos guardando enemistades, contiendas y amargura en nuestro corazón, no solo estamos lastimando nuestra vida y poniendo en peligro nuestras relaciones, sino que, francamente, también estamos poniendo en duda si hemos en verdad descubierto la naturaleza del perdón de Dios.
Es imposible extender un perdón genuino a menos que lo hayamos experimentado por nosotros mismos, y es imposible no hacerlo si lo hemos experimentado. Solo fluirá de nuestro corazón una vez que hayamos sido transformados por la gracia de Dios y considerado la magnitud de nuestra ofensa contra Él. Cuando sucede esta transformación, el pecado de otros contra nosotros tendrá menos peso a medida que Dios nos capacita para perdonar tal como hemos sido perdonados.
Este es el principio detrás de la parábola de Jesús del siervo en Mateo 18 que, aunque fue perdonado de una deuda que en el primer siglo habría sido el equivalente de ocho mil millones de dólares, luego se rehusó a perdonar una de veinte mil dólares. Jesús quiere que veamos la irracionalidad de que el siervo que había recibido el perdón de una deuda inmensa se negara a perdonar la deuda que se le debía a él. Vista de manera aislada, la deuda era sustancial; vista en comparación con la deuda que le había sido perdonada, era minúscula. De la misma manera, es inconcebible que nosotros, a quienes nos ha sido perdonada tan exorbitante deuda de ofensas contra Dios, nos neguemos a perdonar a otros.
Si hemos experimentado la misericordia de Dios, entonces ciertamente no podemos ignorar el ejercicio del perdón. Al perdonar a otros, disfrutamos la plenitud del perdón de Dios. Entrega los registros de pecados contra ti que te sientes tentado a guardar en tu corazón. Cuando esto sea difícil porque el mal que has sido llamado a perdonar es serio, voltea a ver la deuda que Dios te ha perdonado, y luego mira lo que Él abandonó para hacerlo… eso te dará la fuerza para extender ahora tú esa misma misericordia. Puedes confiar en que, si Dios te ha perdonado, Él derramará Su gracia y misericordia para ayudarte a andar en armonía con otros.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
