Enero 2
Súbete a un alto monte, Oh Sión, portadora de buenas nuevas. Levanta con fuerza tu voz, Oh Jerusalén, portadora de buenas nuevas; Levántala, no temas. Dile a las ciudades de Judá: ‘Aquí está su Dios’. (Isaías 40:9)
Durante la vida del profeta Isaías, el pueblo de Dios había sido llevado cautivo a un país extranjero. Estaban abatidos, incapaces incluso de cantar himnos de alabanza al Señor (ver Sal 137:1-4). Sin embargo, mientras estaban en este estado de destierro, Dios vino a Su pueblo con palabras de consuelo (Is 40:1), un consuelo que solo se encuentra en el cumplimiento de Su promesa: que la gloria del Señor sería revelada, no solo a Israel, sino a toda la humanidad.
Estas buenas nuevas no debían ser calladas. El objetivo era que el pueblo de Dios clamara en triunfo y se cautivaran unos a otros con la gloria de su esperanza. Aunque una vez fueron descritos como “el pueblo que andaba en tinieblas”, ahora habían “visto gran luz” (Is 9:2). La distinción entre la oscuridad de este mundo caído y la luz del cielo es una ilustración sorprendente que aparece por todo el libro de Isaías y, de hecho, por toda la Biblia. La oscuridad es el resultado de un desinterés en Dios, de estar en rebelión contra Él y de no estar dispuesto a hacer lo que dice. Este es solo uno de los mensajes que alumbra en medio de tal oscuridad y que refresca el corazón y la mente: “Aquí está su Dios”.
Este mensaje es tan relevante para el pueblo de Dios hoy como lo fue en el tiempo de Isaías. La oscuridad a menudo nos parece demasiado pesada y la luz demasiado tenue. Sin embargo, el mensaje de esperanza también alumbra durante tiempos de incertidumbre. Dios prometió: “Será revelada la gloria del Señor, y toda carne a una la verá, pues la boca del Señor ha hablado” (Is 40:5). En última instancia, Dios cumplió esta promesa cuando se hizo carne y estableció Su presencia entre nosotros.
Cuando Juan escribió su Evangelio, recordó aquella misma escena que Isaías había predicho y dijo: “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1:14). Aquí estaba (Él era) la Luz del mundo, y “esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla” (v. 5, NVI ). Isaías describió a Uno que vendría, pero nosotros, como Juan, somos capaces de reflexionar en Su obra terminada: la gloria prometida que ahora ha sido revelada.
Dios ha venido a nosotros, abriéndose paso en nuestra oscuridad y trayendo salvación. Puedes contemplar a tu Dios en un pesebre, en una cruz, saliendo de una tumba y ahora reinando en lo alto. Es fácil ver la oscuridad, pero, no obstante, debemos mirar hacia la luz, porque allí encontramos la esperanza que echa fuera el temor y las buenas nuevas que son dignas de proclamar. Hoy, mira, ¡aquí está tu Dios!
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
