Hace unos meses, mi iglesia instaló un nuevo sistema de seguridad. Un día, poco después, entré en el edificio sin saber que el sistema estaba activo. Para mi sorpresa y consternación, un panel junto a la puerta comenzó a hacer una cuenta atrás. Si no introducía mi código personal, sonaría una alarma. Sudando la gota gorda, intenté desesperadamente recordar el código. No pude. El tiempo se agotó. La alarma comenzó a sonar, lo que me dificultó aún más pensar. Podía imaginar el titular: “Pastor arrestado al entrar en su propia iglesia”.
Gratamente, no se produjo ninguna crisis. Mientras la alarma seguía sonando, de repente me vino a la mente el código. Lo introduje. No vino la policía. La alarma dejó de sonar. Bendito silencio.
¿Sabía el código durante esos primeros momentos de pánico absoluto? Sí y no. Lo sabía y no lo sabía al mismo tiempo. Debía de estar en algún lugar de mi mente (de lo contrario, no habría podido recordarlo más tarde). Pero al principio era inaccesible y, por tanto, inútil. Una cosa es tener un dato enterrado en la cabeza y otra muy distinta es tenerlo al alcance de la mano.
Lo mismo ocurre en la vida cristiana. Quizás tengamos los datos básicos de la historia del evangelio presentes en nuestra materia gris, pero ¿es accesible y tiene impacto la verdad del evangelio? ¿Está al alcance de nuestra mano cuando recibimos críticas desagradables, cuando un amigo nos traiciona, cuando los resultados de un examen médico nos preocupan? En esos momentos, ¿conocemos realmente el evangelio?

“Les hago saber”
En 1 Corintios 15:1-4, el apóstol Pablo dice que escribe para recordar a sus lectores lo que ya saben:
Ahora les hago saber, hermanos, el evangelio que les prediqué, el cual también ustedes recibieron, en el cual también están firmes, por el cual también son salvos, si retienen la palabra que les prediqué, a no ser que hayan creído en vano. Porque yo les entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.
Pablo había predicado el evangelio durante su estancia en Corinto. Algunos de sus oyentes habían “recibido” esa buena noticia. Y se quedó grabada; Pablo dice que ahora se mantienen firmes en ella y son salvos por ella. Entonces, ¿por qué les recuerda ahora lo que ya saben? Porque quiere que el evangelio sea accesible e impactante. Quiere que lo sepan.

Nuestros cerebros están llenos de miles de pensamientos diarios: “Tengo que comprar un litro de leche, llevar a los niños al entrenamiento de fútbol y programar una cita con el dentista”. Están repletos de miles de historias profundas: “Estoy dañado, soy incapaz de ser amado, soy inadecuado”; «quiero que mis padres se sientan orgullosos de mí”; “soy una buena persona, mejor que la mayoría”. ¿Es la verdad del evangelio prominente y productiva en esta pila de pensamientos e historias? ¿Está marcando una diferencia? O, como mi código de alarma (que sabía pero no conocía), ¿está enterrado en nuestro cerebro, inaccesible e inútil?
Imagina que tienes una colección de siete mil centavos. Alguien arroja otro centavo al montón. Ahora eres dueño de ese centavo, ¡pero nunca lo encontrarás! Del mismo modo, ¿qué tan accesible e influyente es el evangelio entre nuestros miles de pensamientos?

El evangelio para el “ahora”
En 1 Corintios 15:1-4, Pablo destaca tres verdades sobre el evangelio. El recordatorio no las introduce en nuestra mente por primera vez. (Si somos cristianos, ya están ahí). En cambio, nos ayuda a sacarlas a relucir cuando las necesitamos. Pone la verdad del evangelio al alcance de nuestra mano.
1. La muerte de Jesús es sumamente importante
Pablo dice: “Yo les entregué en primer lugar…”, y luego destaca la muerte y resurrección de Jesús. La muerte de Jesús no es solo una cosa entre otras. Es la cosa. Por eso Pablo dice anteriormente en su carta: “Nada me propuse saber entre ustedes, excepto a Jesucristo, y Este crucificado” (1Co 2:2).
La muerte de Jesús no es una moneda cualquiera que se echa al montón con otras siete mil. Es la moneda especial que se enmarca en la pared y se mira todos los días. La muerte de Jesús no es solo un dato más entre todos los demás que hay en la mente (una hora tiene sesenta minutos; Washington D. C. es la capital de Estados Unidos; la luna está a 384,000 kilómetros de la Tierra). No. La muerte de Jesús es de máxima importancia.

2. La muerte de Jesús realmente ocurrió
Pablo dice que entregó “lo mismo que recibí”. Eso significa que no se lo inventó. Más bien, él mismo se enteró de la muerte de Jesús antes de transmitirlo a otros. Fue alumno antes de ser maestro. 1 Corintios 15:1-4 probablemente conserva las palabras de un credo cristiano y, de ser así, debe de haber sido uno muy antiguo, tal vez de la década en que vivió Jesús, porque Pablo lo aprendió antes de su labor misionera en Corinto en el año 49 d. C. Esto es una prueba de que la muerte de Jesús realmente ocurrió.
Además, Pablo dice: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras… fue sepultado”. Aquí hay dos pruebas más de la muerte de Jesús: (1) mucho antes de que ocurriera, las Escrituras hebreas decían que sucedería, y (2) el cuerpo muerto de Jesús fue sepultado. José de Arimatea lo bajó de la cruz y lo colocó en una tumba, y los testigos observaron dónde fue depositado. Jesús realmente murió.

3. La muerte de Jesús salva
El evangelio de Pablo incluye el anuncio de que “Cristo murió por nuestros pecados”. Cristo significa Mesías, el Salvador y Rey tan esperado, y ese Salvador murió “por nuestros pecados”.
Su muerte fue sustitutiva y expiatoria. Él soportó el castigo divino que merecían los pecadores. ¿Podría un sufrimiento físico severo o una experiencia cercana a la muerte haber logrado ese resultado? No por los pecados que Pablo ya había mencionado en su carta (1Co 6:9-10), y no por los pecados que tú y yo hemos cometido. Jesús tenía que morir. Estábamos separados de Dios por el peso de nuestros pecados, pero “fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo” (Ro 5:10). La muerte de Jesús salva.
Preparados con el evangelio
La muerte de Jesús es sumamente importante. La muerte de Jesús realmente ocurrió. La muerte de Jesús salva. Por supuesto, si somos cristianos, ya sabemos estas cosas. Pero ¿las sabemos? ¿Son accesibles e importantes? ¿Influyen en nuestras luchas diarias, nuestras inseguridades persistentes, nuestras aspiraciones más preciadas?
Si quisieras llevar un control de esa moneda nueva que se cayó entre otras siete mil, encontrarías la manera de mantenerla separada y accesible. Tal vez la pintarías de color amarillo brillante, o tal vez la mantendrías en la parte superior de la pila. Del mismo modo, podemos pintar la verdad del evangelio y mantenerla en primer lugar. Lo hacemos recordándonoslo regularmente: cantándolo con otros que lo atesoran como nosotros, leyéndolo con frecuencia en la Biblia y deteniéndonos lo suficiente para encender nuestros corazones, orándolo en todos los rincones y recovecos de nuestras vidas.

Engrasamos y limpiamos fielmente la espada del Espíritu para que esté lista para la batalla en cualquier momento. Murmuramos diariamente el código de alarma para no quedarnos en blanco cuando comience la cuenta atrás. “Ahora les hago saber, hermanos, el evangelio que les prediqué” (1Co 15:1). Recordamos lo que sabemos.
Publicado originalmente en Desiring God.