Lutero no buscaba dividir la iglesia, sino ser fiel a la Escritura. ¿Qué pasa cuando la tradición humana intenta superar la voz de Dios?
El joven sacerdote católico, recién ordenado, estaba frente a la iglesia, listo para oficiar su primera misa. Se esperaba que estos sacerdotes tuvieran corazones limpios antes de oficiar: ningún pecado sin confesar. Ningún corazón de piedra sin arrepentimiento.
Pero cuando Martín Lutero comenzó a recitar la parte introductoria de la misa, con el pan y el vino sobre el altar frente a él, casi se desmaya. Más tarde relató: “Quedé completamente estupefacto y aterrorizado… ¿Quién soy yo para levantar mis ojos o elevar mis manos a la Majestad divina?”.
El 31 de octubre de 1517, una década después de su ordenación como sacerdote, Lutero clavó sus ahora famosas Noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia de Todos los Santos en Wittenberg, Alemania. De todas estas 95 afirmaciones y preocupaciones, el punto principal era sencillo: no puedes comprar la gracia de Dios y no puedes superar a la Biblia. La iglesia pasó esto por alto, y ese es un lugar peligroso para estar. Para Lutero, el acceso sin restricciones a la revelación de Dios y a Su gracia era de suma importancia.
Él estaba frustrado porque la iglesia no había sentido el mismo nivel de reverencia, de ¡terror!, al estar ante Dios. Había comenzado a vender indulgencias, que eran certificados de la iglesia que garantizaban reducir el castigo por los pecados. Tal como Lutero lo veía, el dinero también estaba corrompiendo a todos los que estaban en el poder. Además de eso, la iglesia enseñaba que el papa de Roma podía recibir revelación directa de Dios, que tenía el mismo poder y acceso a la voluntad de Dios que la Biblia. Estos problemas y otros llevaron a Lutero al límite. Como cualquier buen líder, tomó acción; como cualquier buen pastor, cuidó de su gente. Dio un paso al frente cuando, al parecer, nadie más lo haría.

¿Una reforma accidental?
Es importante entender que Lutero quería reformar a la iglesia, pero no quería provocar una reforma divisiva. No estaba tratando de comenzar una nueva denominación; solo intentaba ser fiel a la Palabra de Dios. Como dijo una vez: “Pido que los hombres no hagan referencia a mi nombre; que se llamen a sí mismos cristianos, no luteranos”. Pero sus convicciones eran fuertes y sus preocupaciones eran legítimas. El evangelio lo impulsó a ignorar los peligros asociados con dar un paso de fe, incluso cuando el camino no sería fácil. Proclamar la verdad significaba más para él que las críticas que recibiría por defenderla. Como dijo en una ocasión: “Lo que se afirma sin las Escrituras o sin una revelación probada puede tenerse como una opinión, pero no es necesario creerlo”.
La iglesia se había adentrado peligrosamente en el territorio de las opiniones y afirmaciones extrabíblicas. Lutero no podía soportarlo, porque leer la Biblia fue la chispa principal en su transformación de monje católico a revolucionario. Por eso, finalmente se presentó ante los líderes de la iglesia y proclamó: “Estoy atado por las Escrituras que he citado y mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, ya que no es seguro ni correcto ir en contra de la conciencia de la Palabra de Dios”.

Cuando Lutero comenzó a ver que la práctica de la iglesia no se alineaba con la Palabra de Dios, tuvo que tomar una decisión: ir en contra de su conciencia o escucharla. Como aspirante a sacerdote y predicador, sintió el peso de ser fiel a la Palabra de Dios. Una vez escribió: “Es una gloria que todo predicador puede reclamar, poder decir con plena confianza de corazón: ‘Esta confianza tengo hacia Dios en Cristo, que lo que enseño y predico es verdaderamente la Palabra de Dios’”.
Lutero no veía la autoridad de la Escritura como una pieza del rompecabezas cristiano, o como una doctrina importante pero no fundamental; era la losa de concreto sobre la cual se levantaba la casa cristiana. Para él, la tarea principal del predicador era predicar la Palabra de Dios correctamente debido a Su gran poder y verdad inmutable. Así que cuando el papa ejercía autoridad aparte de la Escritura o en contradicción con ella, Lutero no lo aceptaba. Escritura + cualquier otra cosa = verdad mezclada con error. Muy pronto, su reforma se convirtió en una revolución.

La Biblia de Lutero: una Biblia para todos
Lutero entendía el poder de la Biblia para cambiar vidas porque su propia vida había sido transformada por ella. Su lectura de Romanos 1:17 cambió el rumbo de su vida y nunca volvió a ser el mismo. No solo eso, sino que amaba tanto la Palabra que dedicó años de su vida a traducir el Nuevo Testamento al alemán, su lengua materna. Cuando se publicó en 1522, se sintió eufórico de que la gente “pudiera sujetar y probar la clara y pura Palabra de Dios misma y aferrarse a ella”. Lutero pensaba que la Biblia era más importante que cualquier libro que alguien pudiera disfrutar. La iglesia en ese momento no permitía un acceso masivo a la Biblia. La mayoría de la gente solo sabía lo que los sacerdotes les decían. Pero Lutero sabía que Dios se había encontrado con él en sus páginas, y anhelaba que otros tuvieran ese acceso.
Para Lutero, el papa era más un mal rey que un buen pastor. Él abusó de su poder y buscó controlar a la gente. La Palabra de Dios ya no controlaba a la iglesia; su líder lo hacía. Una iglesia con una Palabra minimizada no es una iglesia en absoluto; es un tren sin vías, un camino de montaña sinuoso sin barandillas. Con su traducción, la gente pudo ver las barandillas por sí misma.

Las convicciones de Lutero nos recuerdan que, si Dios es la autoridad suprema, entonces Sus palabras son buenas y verdaderas. Él es perfecto, por lo que Su Palabra es perfecta. Sus mandatos son rectos, y nuestra obediencia a ellos es correcta. Ningún papa, presidente o libro de autoayuda puede superar lo que Dios tiene que decirnos. Eso también significa que no importa lo que haga un líder, incluso el mismo papa, la Palabra de Dios tiene la última palabra.
Para Lutero, la veracidad de la Biblia no se trataba de someter sus afirmaciones a un análisis de laboratorio para ver si pasaban la prueba. No necesitaba a un papa, a un científico ni a nadie más para autenticar sus afirmaciones. Confiaba en la Escritura porque confiaba en Dios. Creer en la autoridad de la Palabra de Dios requiere acción. La Palabra de Dios está viva y es capaz de cambiar tu vida, si tan solo te sometes a Su autoridad de la misma manera que Lutero buscó hacerlo.
La Reforma causó una división masiva en la iglesia global. Nacieron los protestantes (literalmente, “los que protestan”). Y los protestantes son personas de la Biblia ante todo. Es en la Biblia donde encontramos quién es Dios y cómo se relaciona con Su pueblo. Siguiendo los pasos de Lutero, los protestantes creen que cuando la Escritura habla, Dios habla.

Si no creemos en nada más, deberíamos creer esto: la Palabra de Dios está viva. La Biblia no es un libro anticuado y polvoriento que encaja mejor en un estante que en nuestro regazo. No, se queda ahí retumbando como un terremoto, conteniendo las palabras que cambian la vida del Dios del universo. Es aplicable a tu vida ahora. Hoy. Y mañana también.
Si creemos que la Escritura es verdaderamente la Palabra de Dios, creeremos lo que dice. Como Lutero, creeremos que una doctrina es verdadera solo si se encuentra en la Biblia.
Este artículo se publicó originalmente en Credo Magazine.