Este es uno de mis recuerdos más claros de cuando estaba en grado doce (aparte del que menciono al final de este artículo). Era mi último año de secundaria, pero mi primer año en la Escuela Secundaria Pública de Ancaster. Estaba en la clase de sociología cuando el profesor preguntó: “¿Cuántas personas aquí cenan en familia al menos dos veces por semana?”. Solo dos levantamos la mano: yo y el único otro cristiano en la clase. Todos los demás contaron cómo sus familias se dispersaban por toda la casa, agrupándose alrededor de los distintos televisores. Me sorprendió, ya que yo solo conocía las cenas familiares. No se me había ocurrido que pudiera haber otra manera.
Cenar juntos fue una tradición que Aileen y yo adoptamos y, con solo raras excepciones, es una que mantenemos hoy en día. Aquí hay algunas razones por las que priorizamos comer juntos.
Nos mantiene saludables
Comer en familia está asociado a la salud física, y nosotros comemos juntos como un medio para mantener sana a la familia. Un estudio reciente encontró que los niños que no comen con sus padres al menos dos veces por semana tienen un cuarenta por ciento más de probabilidades de ser obesos. Esto puede deberse a que la familia come comida de restaurante en lugar de comida casera; la semana pasada escuché que la comida de restaurante tiende a tener un 60 por ciento más de calorías que una comida casera. O tal vez sea porque se deja que los niños preparen sus propias comidas y se inclinen por lo que es más práctico, casi siempre comida preparada baja en nutrientes y alta en calorías. Cuando comemos juntos, comemos lo mismo, y Aileen se cuida de preparar comidas que sean tanto nutritivas como deliciosas (aunque, para ser justos, los niños no siempre están tan convencidos como nosotros de lo deliciosas que son las comidas).

Nos mantiene saludables a nivel relacional
Debido a nuestros horarios ocupados, por lo general solo podemos garantizar una comida todos juntos al día. Cuando comemos, tratamos de asegurarnos de que tenga un valor relacional, no solo nutricional. Es aquí donde podemos bajar el ritmo y simplemente hablar como familia. Es aquí donde hablamos de lo que vivimos ese día y de los planes que tenemos para el día siguiente. Nos sentamos y hablamos de cualquier cosa que nos interese o nos parezca importante: las niñas escuchan la experiencia de su hermano mientras transita por la escuela secundaria, mientras que él escucha sobre mi día de trabajo, y Aileen nos cuenta lo que hizo ese día. Nos mantiene en contacto unos con otros y contribuye a nuestra salud relacional. Aunque todos preferiríamos tomar un plato e irnos, tiene mucho valor incomodarnos por el bien de los demás.

Nos mantiene espiritualmente saludables
Comer juntos también es una parte importante de la salud espiritual de nuestra familia. A través de los años, nos hemos dado cuenta de que es casi imposible tener devocionales familiares a menos que comamos juntos, simplemente no tenemos la oportunidad ni la disciplina para crearla. Y por eso asociamos estrechamente el comer juntos con los devocionales familiares. Comenzamos nuestras comidas orando para agradecer a Dios por Su provisión. Terminamos nuestras comidas leyendo juntos un pasaje corto de la Biblia, hablando sobre él y orando una vez más para pedir la bendición de Dios sobre nosotros. Esta es una parte fundamental de la salud y la formación espiritual de nuestra familia. Lentamente, día tras día y año tras año, los niños son expuestos a Dios y a Su Palabra a través de estos cortos tiempos de adoración.

Nos mantiene financieramente saludables
Comer fuera es costoso, y tal vez más aquí en Canadá que en otros lugares. Comer alimentos preparados también es costoso, en especial cuando se tienen en cuenta los muchos y variados gustos. Por mucho, la solución más saludable a nivel financiero es preparar nuestra propia comida, comer lo mismo y comerlo juntos. Aileen planea bien, compra con cuidado, usa lo que compra y nos cocina comidas que son tanto deliciosas como económicas.
Nos mantiene saludables en nuestro comportamiento
Está bien, puede que esté insistiendo demasiado en el tema de lo “saludable”, pero déjame explicar a qué me refiero. Un estudio tras otro muestra una correlación entre comer solo y la rebelión, de modo que los adolescentes que no comen con sus familias tienen muchas más probabilidades de involucrarse en el consumo de alcohol, drogas y otros comportamientos destructivos.

Si bien las comidas en familia no son una garantía contra la rebelión, sí proporcionan un medio para prevenirla, detectarla y responder ante ella. El autor de un estudio escribe: “Si bien el abuso de sustancias puede afectar a cualquier familia, sin importar la etnia, la riqueza, la edad o el género, la participación de los padres que se fomenta en la mesa puede ser una herramienta sencilla y eficaz para ayudar a prevenirlo”.
Así que comemos juntos tan a menudo como sea posible y tratamos de aprovecharlo al máximo. Ahora, seamos claros y realistas: somos un grupo de pecadores, al igual que cualquier otra familia, y estamos muy ocupados, al igual que cualquier otra familia. A veces no podemos comer juntos; a veces estamos apurados y no tenemos tiempo de leer la Biblia juntos. A veces apenas podemos soportar mirarnos, la conversación camina de puntillas por el borde de la cortesía, y los niños parecen querer arrancarse la cabeza los unos a los otros. Pero tenemos una visión a largo plazo, no a corto plazo, y seguimos comiendo juntos noche tras noche. Seguimos considerándolo una gran bendición.
Este artículo se publicó originalmente en Challies.