¿Alguna vez has reflexionado sobre la popular frase: “¡Ten fe y todo saldrá bien!”? Con frecuencia, esta expresión puede dar una impresión incorrecta de lo que realmente significa creer desde una perspectiva bíblica.
La realidad es que todos los seres humanos depositan su fe en algo, ya sea un amuleto, una imagen, la ciencia, ellos mismos, o incluso un movimiento político y social. Vivimos inmersos en una filosofía superficial del mundo que teje un concepto muy erróneo de la fe verdadera, y tristemente, algunos que se consideran cristianos también caen en esta trampa.
Todo esto nos lleva a hacernos preguntas. ¿Cómo puede el creyente saber que verdaderamente está viviendo por fe, y qué prueba podemos hacernos para confirmarlo? Si tengo fe, ¿verdaderamente todo tiene que salir bien? Lo primero que debemos entender es que la fe genuina debe cumplir obligatoriamente con los criterios establecidos por Dios; no es simplemente lo que viene a nuestra mente, ni lo que se nos ocurre declarar o reclamar.
La fe verdadera es para la gloria de Dios
Para comprender si entendemos la fe como Dios la entiende, examinemos de cerca el gran ejemplo bíblico de la fe: Abraham. Tanto él como Sara habían pasado la edad de tener hijos, pero Dios les hizo la promesa de darles uno. Creer que lo imposible ocurriría en ese momento de sus vidas no parecía ser una opción lógica, pero Dios cumplió Su promesa.

Esto nos demuestra que nada es imposible para Dios, tal como leemos en Lucas 1:37, y que lo que puede ser imposible para el hombre, definitivamente no lo es para el Señor, como nos recuerda Mateo 19:26. Es fundamental entender que el milagro no se logró porque Abraham tuviera fe en su propia fe, sino porque depositó su fe en Dios con la perspectiva correcta de darle la gloria a Él. El apóstol Pablo nos explica esto en Romanos 4:20-22:
…respecto a la promesa de Dios, Abraham no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo. Por lo cual también su fe le fue contada por justicia.

La frase clave aquí es “dando gloria a Dios”, ya que esa es exactamente la manera correcta en que tenemos que ver y vivir nuestra convicción: fundamentada en una promesa divina y diseñada siempre para Su gloria.
La fe verdadera es paciente
Además de buscar la gloria de Dios, caminar verdaderamente por fe requiere de paciencia. Por lo general, nuestra naturaleza nos empuja a querer tener una respuesta lo más rápido posible, pero seguir a Dios demanda saber esperar.
Imagínate el desastre que se causaría en nuestra vida si Dios nos diera cualquier cosa que pidamos de forma inmediata, sin antes probar nuestra fe. El cristiano que decide esperar pacientemente en la dirección de Dios y en Su obrar jamás quedará decepcionado, sencillamente porque el tiempo del Señor es el mejor. Una fe genuina no se apresura, sino que aguarda con tranquilidad hasta que el Señor abra el camino.

Si en algún momento sientes la presión de apresurarte, debes tener mucho cuidado de no adelantarte al Señor, porque corres el gran riesgo de actuar en la carne. Moisés nos brinda un ejemplo extraordinario de cómo responder a quienes nos presionan por una solución rápida; en Números 9:8, ante la presión de la gente, él declaró: “Esperen, y oiré lo que el Señor ordene acerca de ustedes”.
La fe verdadera está fundamentada en la Palabra de Dios
La fe verdadera siempre debe estar fundamentada en la Palabra de Dios; ese tiene que ser el filtro absoluto de nuestras convicciones. En Romanos 10:17 la Escritura es clara al declarar que “la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo”. Por tanto, no importa cuán razonable o lógica pueda parecer nuestra fe humana; si esta contradice la Palabra de Dios, no estamos actuando verdaderamente en fe, sino en incredulidad. La Biblia nos entrega preceptos para obedecer, promesas para reclamar y principios para seguir. Si violamos alguno de estos principios bíblicos ¿cómo podría Dios bendecir nuestras acciones, o cómo podría bendecir algo que no trae gloria a Su nombre?

En ocasiones, cometemos el grave error de fundamentar nuestra fe en nuestras propias preferencias, eligiendo lo que nos conviene por sobre lo que Dios dice. Santiago nos advierte sobre este peligro en Santiago 2:1, animándonos a no tener nuestra fe en nuestro glorioso Jesucristo con una actitud de favoritismo. Con frecuencia cometemos este pecado de favoritismo con nosotros mismos, prefiriendo vivir la fe en nuestros propios términos.
Para no desviarnos, debemos anclar nuestras acciones y la certeza de ser guiados por el Señor en pasajes como el Salmo 37:3-6. Allí, el salmista aconseja al creyente a confiar en el Señor, hacer el bien, cultivar la fidelidad y poner su delicia en Él, con la promesa de que Dios le dará las peticiones de su corazón y hará resplandecer Su justicia. Es muy fácil distraernos de este simple trabajo de confiar al mirar la aparente prosperidad de los malvados, pero como bien señaló Charles Spurgeon, la fe cura esa inquietud porque nos da una óptica más clara para ver las cosas como realmente son y encontrar la paz.
Cuando nos deleitamos genuinamente en el Señor, dejamos de lado la envidia y la preocupación, y confiamos en que, aunque nuestros deseos puedan estar nublados, hay una raíz piadosa en el creyente que concuerda con la voluntad de Dios. Esta confianza nos recuerda lo que se decía de Martín Lutero: que podía tener de Dios cualquier cosa que quisiera porque, simplemente, se deleitaba en Él.
Y el mayor de todos los ejemplos lo encontramos en Cristo. Hebreos 12:1-2 nos anima a despojarnos de todo peso y correr nuestra carrera con paciencia, “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”, quien soportó la cruz por el gozo puesto delante de Él y ahora reina a la diestra de Dios.

¿Ten fe y todo saldrá bien?
Caminar verdaderamente por fe requiere que abandonemos los conceptos erróneos de la filosofía del mundo y nos sometamos estrictamente a los criterios de Dios. Significa enfocar nuestras vidas en darle siempre la gloria a Él, tal como lo hizo Abraham, cultivando la paciencia para esperar Su voluntad sin apresurarnos a actuar en la carne. También, exige que cada una de nuestras convicciones no provenga de un favoritismo personal, sino que estén sólidamente cimentadas en la Palabra de Dios.
Así, la fe del tipo “todo saldrá bien” no se corresponde con la enseñanza bíblica. Solo al deleitarnos en el Señor y poner siempre nuestros ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, podremos experimentar la paz y la certeza de que estamos viviendo de una manera que agrada y glorifica a Dios.