La disciplina de la meditación bíblica en medio del afán

¿Sólo lees tu Biblia para obtener información acerca de Dios o dejas que penetre tu alma y transforme tu corazón? 
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Con frecuencia nos acercamos a las Escrituras con la misma actitud con la que revisamos los titulares de la prensa: de forma rápida, superficial y meramente informativa. Sin embargo, la Biblia no fue escrita para ser consumida como un boletín de noticias, un cúmulo de historias interesantes o un artículo de interés, sino para ser atesorada en lo profundo del alma y transformar el corazón. Bien lo dijo el salmista: “En mi corazón he atesorado Tu palabra, para no pecar contra Ti” (Sal 119:11).

El salmista nos presenta un estándar diferente cuando dice: “¡Cuán bienaventurado es el hombre… que en la ley del Señor está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche!” (Sal 1:1-2). Como cristianos, hemos recibido la instrucción de leer nuestras Biblias a diario, pero debemos preguntarnos si la Palabra de Dios está realmente permeando todo nuestro ser y no sólo nuestras mentes.

La era de la velocidad y la superficialidad

Vivimos en una cultura que rinde culto a la velocidad: todo debe ser eficiente, inmediato, veloz. Los anuncios publicitarios, las redes sociales, la estructura del supermercado, la comida a domicilio, los programas escolares, los medicamentos y casi todo en nuestro tiempo está diseñado para ahorrar tiempo, para la acción inmediata y el consumo rápido. En medio de estas circunstancias, la idea de la quietud y de lo que toma tiempo, de lo “lento”, nos resulta extraña, incluso incómoda o intolerable. Lo primero que hacemos al despertar (o lo último antes de dormir) es revisar las redes o las noticias, para no perder nada de vista, y como resultado de nuestra vida acelerada y sin pausa, terminamos agotados.

Debemos preguntarnos si la Palabra de Dios está realmente permeando todo nuestro ser. / Foto: Lightstock

Nuestra vida llena de afanes y distracciones nos impide asimilar la Palabra de Dios que hemos leído en nuestra devoción personal, oído en la predicación pública o escuchado de nuestros hermanos. Terminamos con una mente llena de lo que Charles Bridges llamaba “una muchedumbre de ideas” que no generan impacto; tenemos el intelecto iluminado y la memoria llena, pero un corazón desnutrido. La falta de reflexión en la verdad en medio de nuestras muchas ocupaciones nos empuja a la ansiedad, la amargura y la desesperación, llenos de preocupaciones terrenales, e incapacitados para pensar en las cosas eternas. Sin duda, la olvidada disciplina de la meditación nos es urgente ahora más que nunca.

La falta de reflexión en la verdad en medio de nuestras muchas ocupaciones nos empuja a la ansiedad. / Foto: Unsplash

La disciplina de la meditación bíblica

Para recuperar esta práctica olvidada, primero debemos entender qué es. En un mundo lleno de influencias espirituales diversas, es vital aclarar que la meditación bíblica no tiene nada que ver con actividades místicas para alcanzar una “iluminación especial”, ni con el yoga, la repetición de mantras o técnicas orientales que buscan vaciar la mente. Por el contrario, la meditación bíblica consiste en llenar la mente y el corazón de forma activa. Como bien la define el teólogo J. I. Packer, en su libro Conocer a Dios:

La meditación es la actividad que consiste en recordar, pensar y reflexionar sobre todo lo que uno sabe acerca de las obras, el proceder, los propósitos y las promesas de Dios. Es la actividad del pensar consagrado, que se realiza conscientemente en la presencia de Dios, a la vista de Dios, con la ayuda de Dios y como medio de comunión con Dios. 

La meditación bíblica consiste en llenar la mente y el corazón de forma activa. / Foto: Envato Elements

También Donald Whitney, en su libro Disciplinas espirituales, define la meditación como uno de los métodos de asimilación de la Palabra de Dios, y la describe como “experimentar la realidad que el texto enseña y convertirla en experiencia en nuestro corazón”. En términos sencillos, meditar es el arte de hablar con nosotros mismos acerca de Dios: de Su carácter, obras, promesas y bendiciones. En otras palabras, predicarnos a nosotros mismos las verdades de la Biblia en nuestro diario vivir. El propósito final, según Packer, es aclarar nuestra visión espiritual para permitir que la verdad de la Palabra impacte con todo su peso en nuestra mente y en nuestro corazón.

La meditación en la práctica

Dios no solo espera que leamos Su ley, sino que la hagamos parte de nuestro ser. Él instruyó a Josué: “Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito. Porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito” (Jos 1:8). ¿Cómo hacemos para que esta ley no se aparte de nuestra meditación? Por tres medios: la constancia, el enfoque y la memorización.

Dios no solo espera que leamos Su ley, sino que la hagamos parte de nuestro ser. / Foto: Lightstock

La meditación constante es lo que permite que el conocimiento se transforme en obediencia y sabiduría. Para poner esto en práctica, podemos seguir el ejemplo de los salmistas y otros hombres de Dios, que continuamente reflexionaban y meditaban en quién Dios es y Sus obras para con ellos (o sus antepasados). Un amigo mencionó una vez que “nuestros ídolos son aquellas cosas en las que pensamos antes de dormir”. Aunque es una afirmación fuerte, nos obliga a reflexionar sobre qué es lo que ocupa nuestra mente continuamente, como nos enseña el Salmo 143:5: “Me acuerdo de los días antiguos; en todas Tus obras medito, reflexiono en la obra de Tus manos”.

La meditación constante es lo que permite que el conocimiento se transforme en obediencia y sabiduría. / Foto: Unsplash

Además de ser constantes, necesitamos el enfoque correcto. Aparte de recordar la grandiosa obra de Dios en la creación, en la historia del pueblo de Israel o en nuestras propias vidas, nuestra meditación debe siempre apuntar a la obra de Jesucristo. Podemos hacernos preguntas como: ¿por qué un Dios Santo me proveería salvación eterna por medio de Su Hijo? ¿Por qué soy objeto de tan grande amor? Dejemos que nuestros pensamientos se conviertan en un diálogo con nuestro Creador, como diría el salmista: “Sean gratas las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante de Ti, oh Señor, roca mía y Redentor mío” (Sal 19:14).

Por último, memorizar las Escrituras es fundamental para poder meditar en ellas, ya que no podemos estar continuamente leyéndolas, y podremos recordar pasajes clave para momentos específicos. Podemos decir como el salmista: “Jamás me olvidaré de Tus preceptos, porque por ellos me has vivificado” (Sal 119:93). Traer porciones de las Escrituras a nuestra mente para cada situación que enfrentemos es hacer vivos los preceptos del Señor en nuestro corazón; la meditación es el puente entre el conocimiento intelectual y el deleite espiritual.

Memorizar las Escrituras es fundamental para poder meditar en ellas. / Foto: Unsplash

Si amamos la ley de Dios, ella se convertirá en nuestra meditación todo el día (Sal 119:97), transformando nuestro corazón para que sea una fuente de sabiduría y un manantial de entendimiento (Sal 49:3; 119:15). Que el Señor nos ayude con esta disciplina.

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Abraham Paniagua

Es originario de República Dominicana. Licenciado en teología, y con una maestría del Southeastern Baptist Theological Seminary (SEBTS) donde actualmente cursa sus estudios doctorales. Esposo de Lía.

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