¿Estás quieto alguna vez? Reaprendiendo un hábito perdido y santo

Se nos invita a detenernos para contemplar a Dios y Su creación, algo que necesitamos tanto en nuestras vidas actuales, tan ocupadas.
Foto: Moise Ma

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Hace más de trescientos años, Blaise Pascal dijo: “Toda la infelicidad del hombre surge a raíz de un solo hecho; no pueden quedarse callados tranquilamente en sus propios aposentos” (Pensées, p. 39). Pascal atribuye esta inhabilidad a nuestro amor por el entretenimiento constante y sin fin, el cual nos distrae de nuestras dudas, preocupaciones y descontento. Así que, para la mayoría de personas, “el placer de la soledad es una cosa incomprensible” (p. 40). Ahora bien; incluso si Pascal hubiera elaborado exageradamente, el punto que expone hace resonar el valor que las Escrituras depositan sobre el silencio.

Isaías relata una de las invitaciones de Dios como silenciosa: “Porque así ha dicho el Señor Dios, el Santo de Israel: ‘En arrepentimiento y en reposo serán salvos; en quietud y confianza está su poder’” (Is 30:15). Dios invita a Su pueblo a ser callado, y conecta aquella quietud con fuerza, descanso y encontrar nuestro hogar en Él. Por otro lado, Isaías advierte: “Pero los impíos son como el mar agitado, que no puede estar quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo” (Is 57:20). La ira perversa es como el océano en tormenta, incapaz de quedarse quieta.

Por tanto, aquellos que quieran evitar la infelicidad que describe Pascal, y buscar la estable satisfacción que Dios promete, aprenden a practicar el hábito de la quietud.

Alma quieta, labios quietos

¿Qué es la quietud, según Dios? Primero que todo, la quietud bíblica no es simplemente la ausencia de sonido. El silencio externo suele ser parte del hábito de la quietud, pero la quietud verdadera va más profundo. La quietud bíblica se refiere primeramente a un comportamiento quieto (tranquilo) o un corazón quieto ―un silencio reparador del alma― porque usualmente una boca ruidosa es el resultado evidente de un corazón ruidoso.

Por esto, Proverbios dice que el hombre sabio contiene sus palabras y aquieta su alma (Pro 17:27; 29:11). Su silencio externo coincidiendo con su paz interior. Pero el insensato es ruidoso e impulsivo, amante del ruido (Pro 7:11; 9:13). Además, debido al hecho de que somos criaturas compuestas de cuerpo y alma, lo que hacemos externamente nos afecta internamente y viceversa. Así que, el hábito de la quietud involucra cultivar quietud interna creando patrones de quietud externa.

Segundo; la quietud bíblica no niega la necesidad de hablar. Las Escrituras tienen en alta estima las palabras en momentos correctos (Pro 25:11). Hay tiempo para ser entusiasta. Hay tiempo para hablar con unción y convicción. Hay tiempo para proclamar desde las montañas. Hay tiempo para declarar, y como dice El Señor en Eclesiastés, también hay un “tiempo de callar” (Ec 3:7).

La quietud bíblica se refiere primeramente a un comportamiento tranquilo o un corazón quieto ―un silencio reparador del alma― porque usualmente una boca ruidosa es el resultado evidente de un corazón ruidoso. / Foto: Giulia Bertelli

Nuestro volumen por defecto es ruidoso

La necesidad de quietud no es novedad de la edad moderna. El volumen por defecto del hombre siempre ha sido ruidoso. Cuatrocientos años antes de Cristo, Platón lamentaba que la mayoría de personas viven “una existencia distraída”, dirigida en círculos por los coros y los sonidos de la sociedad (La republica, p. 164). Y antes de eso, David expresó la necesidad del silencio al decir: “Sino que he calmado y acallado mi alma; como un niño destetado en el regazo de su madre, como un niño destetado está mi alma dentro de mí” (Sal 131:2).

Las distracciones, desde dentro y desde afuera no son novedosas, pero la modernidad ha aumentado el volumen. Vivimos en una sociedad que suele odiar la quietud; una en la cual los corazones más ruidosos son recompensados con las más grandes plataformas. Somos asediados por las noticias más recientes, acosados por las ocupaciones, ahogándonos en el ruido; interminablemente acompañados por aparatos de distracción sin fin. E incluso si mucho del contenido que consumimos es bueno, siempre está encendido. Con frecuencia, no conocemos ni la quietud interna ni la externa.

No obstante, los hombres sabios siempre han celebrado el silencio. Hace ciento cincuenta años, Charles Spurgeon dijo: “La quietud, la cual algunos hombres no pueden cumplir porque revela su pobreza interior, es un palacio de cedro para el sabio, por el cual sus cortes santificadas al Rey en su belleza le placen caminar” (Lecturas a mis estudiantes, p. 64). En efecto, el Rey santificó aquellos salones. El Rey Jesús creó ritmos de quietud durante Su tiempo en la Tierra. Era Su costumbre crear espacios para estar a solas con Su Padre (Lc 22:39).

¿Cómo oiremos el canto de las aves ―esa bella sinfonía del cuidado del Padre para con Su creación― si nunca estamos quietos? ¿Cómo podremos oír la voz de Dios ―quieta y suave, susurrando sabiduría en Sus palabras― si nuestros corazones nunca dejan de murmurar? Tenemos gran necesidad de silencio.

Los hombres sabios siempre han celebrado el silencio. / Foto: Aaron Andrew Ang

Llamada a las profundidades

Imagina la vida como un océano. Olas constantemente remueven la superficie de aquel mar, y asaltan la costa con olas de sonido, olas de preocupación, olas de trabajo y entretenimiento, olas de fechas límite y eventos, olas de hijos testarudos y padres pecadores. Olas, olas y olas. Y, aun así, la paz nunca se encuentra muy lejos. Incluso las olas más poderosas que se mueven a lo largo del océano no pueden causar disturbio alguno al agua que se encuentra ciento cincuenta pies debajo de la superficie. La paz siempre reina en las profundidades. Y es a esas profundidades a las que Dios nos llama a través del hábito de la quietud.

Spurgeon disfrutaba aquellas profundidades. Él sabía por experiencias recurrentes aquel “placer de la soledad” del que Pascal hablaba. En una de sus charlas a aspirantes a pastores, Spurgeon expone este mensaje:

Estoy persuadido de que… la mayoría de nosotros pensamos demasiado en hablar (y actuar), que, después de todo, es nada más que el cascarón del pensamiento. Contemplación quieta, adoración tranquila, éxtasis inexpresado; todas estas son mías cuando mis mejores joyas están frente a mí. Hermanos, no le prives a tu corazón el gozo de las profundidades del mar; no te pierdas la vida lejana; existiendo para siempre entre las conchas rotas y las olas espumosas de la orilla. (Lecturas a mis estudiantes, p. 64).

Comúnmente somos soplados y arrojados por las olas; golpeados y amoratados por las contundentes interrupciones de la vida; porque fallamos a la hora de sumergirnos debajo de la superficie con Dios. Le privamos a nuestro corazón de aquel profundo deleite porque nunca paramos de balbucear.

Sin embargo, para Spurgeon, el discurso y la acción en la que pasamos tanto tiempo pensando surge del molde en un corazón quieto. Y las recompensas de aquella quietud son incomparables, en el sentido más pleno de esa palabra, son un éxtasis inexplicable, una adoración impresionante, es sin duda, un tesoro al contemplar la vida lejana. ¡Oh, y el gozo de las profundidades del mar! Seguramente esto es suficiente para motivar a cualquier cristiano hedonista, es decir, el que encuentra su máximo placer propio en Dios mismo, a estar quieto delante del Señor. En efecto, Dios es magnificado cuando estamos silenciosamente satisfechos en Él.

Dios es magnificado cuando estamos silenciosamente satisfechos en Él. / Foto:

Un puñado de quietud

Examinando como son las situaciones de alto riesgo; hay una pregunta que surge naturalmente; “¿Cómo practico la disciplina del silencio?”. ¿Cómo alcanzamos aquello a lo que Eclesiastés llama “una mano llena de descanso” (Ec 4:6)? Grandes tradiciones cristianas se han dedicado a nutrir una vida de calma contemplativa. Pero simplemente ofreceré dos sugerencias.

Primero, en algún momento de esta semana, aparta quince minutos para crear quietud externa, y de esta manera, cultivar quietud interna. El consejo de Pascal de mantenernos quietos en nuestras propias recámaras es un buen lugar para comenzar, pero los aposentos del interior no contienen un monopolio del silencio. Recomiendo ir a dar una caminata por el bosque. Pocos lugares resuenan más con la presencia de Dios y canciones de alabanza quieta y callada. O, levántate lo suficientemente temprano para ver el amanecer. La quietud abunda cuando la mayoría de personas duermen. Pero si todo aquello falla, utiliza algunos audífonos a prueba de ruido. Cualquier cosa que hagas, crea espacios y ritmos de quietud.

Segundo, practica la disciplina del silencio los domingos por la mañana. Esto podría sonar paradójico, pero recuerda que el principal objetivo es un corazón quieto, no la ausencia de sonido. ¿Qué tan seguido te sientas en un servicio de adoración con tu corazón más cercano a la “distraída existencia” de la que habla Platón, que a la quieta y destetada alma de David (Sal 131:2)? No extrañes la vida lejana que los cristianos disfrutamos en comunidad al albergar un corazón balbuceante. En vez, deja que tu adoración te llene de un silencio satisfecho con Dios (Is 14:7). Canta fuertemente desde un corazón quieto. Mientras tu pastor proclama la Palabra de Dios, aquieta tu alma y guarda tu teléfono. No te distraigas por planes de almuerzo, o el trabajo de mañana, o eternas olas de preocupación. Sé quieto para disfrutar de las profundidades.

Quizás Pascal no elaboró de manera exagerada. Nosotros renunciamos a mucha felicidad cuando nos negamos a practicar el hábito de la quietud. Después de todo, nuestro Señor nos manda a “[estar] quietos y [saber] que Yo soy Dios” (Sal 46:10). Y cuando lo hagamos, Él nos hará estar en calma y quietud con Su amor incomparable (Sof 3:17).


Este artículo se publicó originalmente en Desiring God.

Clinton Manley

Clinton Manley es editor contratado de Desiring God y estudiante en el Bethlehem Seminary. Él y su esposa, Mackensie, tienen un hijo y viven en Minneapolis, donde son miembros de Cities Church.

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