En la vida cristiana, la pasividad es un enemigo silencioso. No existen las posiciones estáticas; el creyente se encuentra en una dinámica constante donde, o se avanza hacia la madurez, o inevitablemente se retrocede. Como bien señala el apóstol Pablo, la lucha es binaria: o se anda en el Espíritu o se anda en la carne (Ga 5:16), sin dejar lugar a puntos medios.
Y aunque dependemos de la gracia de Dios que obra en nosotros el querer como el hacer (Fil 2.13), en este escenario, el dominio propio surge como un elemento determinante para el éxito espiritual. Esta virtud se define como el gobierno sobre uno mismo: el dominio de emociones, pensamientos y acciones bajo la dirección del Espíritu Santo. Es el llamado de Dios a tomar el timón de nuestra vida con el objetivo claro de llegar a ser como Jesucristo.
Aunque es más fácil definirlo que practicarlo, cultivar el dominio propio es indispensable por las siguientes cuatro razones.
1. Porque es un mandato de Dios
La razón más contundente para cultivar el dominio propio es que Dios lo demanda de nosotros de manera explícita. En 2 Pedro 1:16, la Escritura nos exhorta a que, con toda diligencia, añadamos esta virtud a nuestra fe. Cuando Dios ha hablado, el argumento humano termina y la acción debe comenzar, por lo que este simple argumento debería ser suficiente.
Sin embargo, podemos ver por la Escritura que este mandato no surge de la nada, sino que se fundamenta en nuestra identidad humana: fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y puestos como Sus representantes para gobernar la Creación (Gn 1:26-28). A diferencia de los animales, que actúan bajo el dominio de impulsos e instintos naturales, el ser humano recibió la capacidad de razonar y señorear sobre sus pasiones.

Aunque la caída nos hizo esclavos del pecado (Ro 6:17-19), en Cristo somos una nueva criatura (2Co 5:17), con la capacidad de luchar contra los deseos de la carne y dominarnos a nosotros mismos bajo la ley de Dios. Debo añadir que, adicional a esto, los mandatos de Dios relacionados con ejercer Su gobierno en la sociedad, la familia y la iglesia serían imposibles de cumplir sin el dominio propio (Is 3:12; Ef 5:23; 1Ti 2:12).
2. Porque es una capacidad dada por Dios a los creyentes
El nuevo nacimiento en Cristo es una obra de Dios (Jn 1:13); por tanto, el dominio propio que se desarrolla a partir de ahí no es un ejercicio de orgullo o autosuficiencia. Por el contrario, su verdadero significado reside en negarse a uno mismo y rendir el control al Creador (Mt 16:24). Esta virtud es un regalo divino y un fruto del Espíritu Santo, no un logro del esfuerzo humano natural, el cual carece de santidad (Ga 5:22-23; 2 Ti 1:7; Ef 2:1; 1Co 2:14).
El cristiano que ejercita el dominio propio puede verse como un barco que abre sus velas para dejarse impulsar por el viento del Espíritu. Dios ya ha entregado esta herramienta a Sus hijos; nuestra responsabilidad es ponerla en práctica por medio de la fe, girando el timón de cada área de nuestra existencia hacia Su voluntad. La santificación no es un proceso pasivo; requiere una vigilancia personal activa y el esfuerzo de quien sabe que ya ha recibido de Dios la capacidad para vencer.

3. Porque concierne a los sabios
El cultivo del dominio propio es también una cuestión de sabiduría. De manera inversa, la ausencia de esta virtud es la marca distintiva del necio. La Biblia define al necio no solo por su falta de inteligencia, sino por su oposición a la sabiduría divina. El hombre que no ejercita el dominio propio actúa como aquel que no cree en Dios (Sal 53:1), aborrece el conocimiento de su Creador (Jer 4:22) y repite sus errores de forma constante (Pro 20:11). El necio se caracteriza por hablar mentiras, burlarse de la rectitud y ceder fácilmente a la ira y los pleitos (Pro 10:18, 14:9, 18:6-7, 20:3, 29:11). Por tanto, buscar el dominio propio es el camino para alejarse de la necedad y abrazar la sabiduría prudente que agrada al Señor.
4. Porque es necesario para ser más como Jesús
Finalmente, cultivamos el dominio propio porque nuestra meta final es parecernos a Jesucristo. El anhelo del creyente es ser transformado y perfeccionado a Su imagen (1Co 15:52; 2 Co 3:18). El apóstol Pedro enseña que para avanzar en el conocimiento de Jesús e imitarle, debemos añadir a nuestra fe una serie de virtudes, entre las cuales el dominio propio es fundamental (2P 1:5-8). Una fe verdadera se manifiesta en un esfuerzo progresivo por parecerse más y más al Señor Jesús, nuestro Maestro, para lo cual es indispensable el ejercicio del dominio propio.

Conclusión: avanzando hacia la estatura de la plenitud de Cristo
En última instancia, el dominio propio es el medio por el cual el creyente asegura que su vida no sea un campo abierto y sin murallas ante los ataques del enemigo. Es la respuesta diligente de un corazón que ha comprendido que la libertad en Cristo no es una licencia para el libertinaje, sino la capacidad recuperada para obedecer a su Señor. Al cultivar esta virtud, no estamos simplemente intentando ser mejores personas bajo nuestros propios estándares, sino que estamos rindiendo nuestras facultades al gobierno soberano de Aquel que nos redimió. Por tanto, debemos mirar el timón de nuestro carácter con seriedad y fe, sabiendo que, en cada pensamiento refrenado, en cada emoción sometida y en cada acción dirigida por la Palabra, estamos reflejando la gloria de un Dios de orden y avanzando con paso firme hacia la estatura de la plenitud de Cristo.