A veces, todo lo relacionado con el pueblo de Israel, el Antiguo Testamento y las antiguas profecías nos parece un universo lejano, desconectado de nuestra realidad inmediata. Especialmente en estas fechas de Navidad, escuchamos repetidamente que el nacimiento de Cristo “cumplió las Escrituras”, y aunque esto nos despierta cierta curiosidad teológica, surge una pregunta inevitable: ¿acaso esas profecías tienen algo que ver con mi vida cotidiana, con mis luchas y mis anhelos?
La respuesta es un rotundo sí. Existe una profecía en particular que, aunque a primera vista parece un mero dato histórico o geográfico, en realidad le habla a lo más íntimo de nuestra esencia. El evangelista Mateo nos dice que Jesús cumplió la palabra dicha por el profeta: “De Egipto llamé a mi hijo”. Al hacer esto, Jesús demostró ser el verdadero Israel.
Quizás al leer esto pienses: “Es un dato interesante, pero yo no soy judío; eso es historia antigua”. Sin embargo, permíteme mostrarte que esta profecía no solo es historia; es el fundamento que determina profundamente la forma en la que nos vemos a nosotros mismos hoy.

Dos hijos contrastados: Israel y Jesús
Para entender la magnitud de esto, debemos ir al Evangelio de Mateo. En el capítulo 2, versículos 13-15, vemos a José y María huyendo con el niño Jesús hacia Egipto para escapar de la furia asesina de Herodes. Mateo, bajo la inspiración del Espíritu, observa este evento y dice que esto sucedió “para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta, diciendo: ‘De Egipto llamé a Mi Hijo’”. Aquí, Mateo está citando Oseas 11:1. ¿Por qué hace esta conexión? Para entenderlo, debemos mirar el contraste entre dos “hijos”.
En el pasaje original de Oseas, el profeta está exponiendo la dolorosa historia del pueblo de Israel. Dios, en Su misericordia, había rescatado a Israel de la esclavitud de Egipto con mano poderosa. Dios los llamó Su “hijo primogénito” (Ex 4:22). Este pueblo tenía un propósito glorioso: ser el canal a través del cual la bendición y la salvación de Dios se extenderían a todas las naciones. Estaban llamados a ser:
- Bendición a las naciones (Gn 12:2-3).
- Un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex 19:5-6).
- Luz de las naciones (Is 42:6).

Sin embargo, como relata tristemente el resto del capítulo 11 de Oseas, Israel falló. Aprovecharon su libertad para alejarse del Señor, adorando a los baales y sacrificando a los ídolos. El hijo fue rebelde; el hijo falló en su misión.
Aquí es donde la figura de Jesús resplandece. Cristo revive la historia de Israel, pero donde Israel falló, Jesús triunfó. Al igual que la nación antigua, Jesús baja a Egipto y es sacado de allí por la guía soberana del Padre. Pero a diferencia de los israelitas, Cristo salió de Egipto para hacer la perfecta voluntad de Dios. Mateo nos presenta a Jesús completando la misión que Israel dejó inconclusa:
- Él es Emanuel (Mt 1:23), Dios con nosotros, trayendo para todas las naciones la presencia divina que Israel había perdido.
- Él cruza las aguas (Mt 3:16-17) al pasar por el bautismo, al igual que Israel cruzó el mar Rojo, pero Él lo hace para “cumplir toda justicia”.
- Él vence en el desierto (Mt 4). Israel vagó 40 años en el desierto murmurando y pecando. En cambio, Jesús ayunó 40 días en el desierto y fue tentado por el diablo, pero no sucumbió. Se mantuvo fiel, citando la misma Palabra que Israel debió haber obedecido.

La profecía “de Egipto llamé a mi hijo” nos anuncia que, finalmente, hay un Hijo fiel. La simiente de Abraham es bendición para las naciones, no gracias a la obediencia de Israel, sino gracias a la obediencia perfecta de Cristo. Su obra en la cruz y Su vida perfecta permitieron que nosotros, las naciones, fuéramos reconciliados con Dios.
Una nueva identidad para nosotros
¿Qué implicación tiene todo esto para el cristiano del siglo veintiuno? No es solo un dato teológico; nos provee una nueva identidad.
El llamado más grande que puede recibir un ser humano es el de ser “hijo de Dios”. Eso era lo que hacía especial a Israel; no eran un imperio gigante, pero eran importantes porque tenían una relación filial con el Creador. Al fallar ellos, Cristo asume ese lugar, pues Él es el Hijo desde antes de la eternidad. Como dice Miqueas 5:2, Aquel que nace en Belén tiene orígenes “desde los días de la eternidad”. Él es el Hijo por naturaleza.
Lo asombroso, lo que debería conmover nuestro corazón esta Navidad, es que Él decide compartir ese título con nosotros. Juan 1:12 nos dice: “Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre”. La palabra “derecho” implica autoridad, potestad y privilegio. ¿En qué consiste este privilegio de ser hijos en el Hijo verdadero? Lo podemos resumir en dos palabras vitales: responsabilidad y capacidad.

Una gloriosa responsabilidad
Vivimos en un mundo donde la gente deriva su identidad de su carrera profesional. Cuanta más responsabilidad tienes en una empresa, más “importante” te sientes. Es triste ver cómo muchos cristianos basan su valor en su empleo, olvidando que se nos ha dado la máxima responsabilidad del universo.
Como estamos unidos a Cristo (el verdadero Israel), heredamos la misión de Israel. En un sentido mucho más amplio que el antiguo pueblo, nosotros somos hoy el canal de bendición para el mundo. Israel era linaje escogido y nación santa; ahora la iglesia lo es (1P 2:9). Israel debía ser luz; ahora Jesús nos dice: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5:14).
Más importante que cualquier ascenso laboral o éxito académico, nuestra identidad radica en que somos los portadores de las buenas noticias. Tenemos la responsabilidad de anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable. Esa labor nos da una dignidad superior a la de cualquier persona con autoridad en esta tierra.

Una capacidad sobrenatural
Sin embargo, tener una gran responsabilidad sin la capacidad para cumplirla es una receta para la frustración. Representar al Dios Santo en un mundo caído no es fácil. ¿De qué sirve tener la misión más grande si, al igual que el antiguo Israel, somos débiles y propensos a fallar? Aquí entra la segunda palabra: capacidad. La gran diferencia es que no estamos solos intentando obedecer. Nuestro Salvador, Jesucristo, ya cumplió perfectamente el llamado. Él no pecó, y Su victoria está asegurada.
Es por eso que Jesús puede decir en Juan 14:12 que “el que cree en Mí, las obras que Yo hago, él las hará también; y aun mayores que estas hará”. ¿Cómo es posible que nosotros hagamos cosas mayores que nuestro Señor? Jesús nos da la clave unos versículos después: “Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Consolador para que esté con ustedes para siempre; es decir, el Espíritu de verdad” (Jn 14:16-17).
Jesús no solo nos representa ante el Padre como el Hijo perfecto; Él nos ha dado Su Espíritu. El mismo Espíritu que sostuvo a Jesús en el desierto vive ahora en nosotros. No dependemos de nuestra fuerza de voluntad fluctuante, sino de la capacidad que Dios nos otorga para mostrar Su verdad al mundo.

Identidad para la Navidad
En esta época navideña, hay muchas voces intentando robar y redefinir nuestra identidad. El mercado y la cultura nos venden la idea de que somos lo que aparenta nuestro cuerpo (y por eso nos obsesionamos con la imagen), que somos lo que poseemos (y por eso gastamos lo que no tenemos), o que somos el entretenimiento que consumimos.
Pero tú, creyente, tienes una identidad más elevada, forjada en la eternidad y sellada en la historia. Eres un hijo de Dios. Tienes la responsabilidad de hablar la verdad al mundo y la capacidad del Espíritu Santo para hacerlo. Y todo esto es posible gracias a que Jesús es el verdadero Israel, el Hijo que salió de Egipto, venció en el desierto y cumplió el llamado de Dios para salvarnos. Esa es tu verdadera identidad. ¡Vívela con gozo!