Cantando al Hijo Resucitado: Una historia de los himnos cristianos

La historia de los himnos es la historia de la espiritualidad cristiana escrita en forma resumida. Los himnos de la iglesia son un epítome—una afirmación corta y suprema—de los ideales espirituales de cada generación de cristianos.
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Al inicio del segundo siglo, el gobernador romano Plinio el Joven, describió a un grupo de cristianos cantando «un himno a Cristo como a un dios». Este impulso de cantar a Cristo como Dios se multiplicó en los siglos subsiguientes. Muy pronto, los cristianos cantaban himnos para marcar momentos del día, para combatir la herejía, para sintetizar la esencia de la doctrina cristiana y para guardar de modo profundo las Escrituras en el corazón (siempre de acuerdo con las necesidades espirituales del momento). De hecho, los ideales espirituales de cada generación en la historia de la Iglesia pueden ser encontrados en sus himnos. La historia de los himnos es la historia de la espiritualidad cristiana en miniatura. La resurrección de Cristo y el don pentecostal del Espíritu impulsó a los cristianos a cantar. Hubo una explosión de tremenda creatividad para la iglesia naciente, a medida que tomaba fuerzas y avanzaba más allá de la tradición de los salmos. Desde sus primeros días, la adoración cristiana incluyó cantar himnos a Cristo.

Un himno a Cristo como a un Dios

Algunas de las primeras evidencias de cristianos cantando a Cristo fuera del Nuevo Testamento, vienen de un gobernador pagano de Ponto y Bitinia, Plinio el Joven. A inicios del segundo siglo, escribió una carta al emperador romano Trajano luego de tener contacto con algunos cristianos y de preguntarse qué hacer con ellos. Él escribe: «Están acostumbrados a reunirse un día fijo antes del amanecer y cantan un himno a Cristo como a un dios» [1]. De forma similar, Eusebio, el historiador del siglo cuarto, discutió cómo la iglesia respondió a la herejía de que Cristo era un mero humano. Ofreció el testimonio de la canción de la iglesia: «Pues quién no sabe… todos los salmos e himnos escritos desde el inicio por hermanos fieles, los cuales cantan de Cristo como el Verbo de Dios y se dirigen a Él como Dios» [2]. Uno de los primeros himnos cristianos registrados es el Phos Hilaron. Era un himno vespertino (o de «encendido de las lámparas») y aún es parte del oficio vespertino de la iglesia oriental. En la tierna traducción de John Keble, cantamos de la luz misma como un símbolo de la gloria divina de Jesucristo: ¡Oh, Luz más radiante que el sol! La gloria del Santo y Bendito; Imagen del Dios celestial, del Padre inmortal, Jesucristo. A medida que la luz se desvanece y las estrellas aparecen, uno piensa en la Santa Trinidad y alaba al Dios Altísimo: Llegando a la puesta del sol y viendo la luz del ocaso, cantamos con himnos a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Digno eres en toda ocasión de elogios, Dador de la vida; por tanto, a Ti ¡oh, Hijo de Dios! la creación te glorifica. [3] Como Plinio observó, en este himno, cristianos cantan a Cristo como a un dios. Otro himno trinitario del inicio de la historia de la iglesia, con anotaciones musicales, ha sido hallado en un papiro en el desierto en Oxirrinco en Egipto. Invita a toda la naturaleza a proclamar: «mientras cantamos al Padre al Hijo y al Espíritu Santo» [4].

Coro contra coro

En la iglesia de Constantino del siglo cuarto, tuvo lugar una fuerte controversia acerca de si el Hijo era verdaderamente Dios. Lex orandi, lex credendi es una frase latina que a veces se usa para comunicar la estrecha conexión entre la devoción y la creencia: «mientras oramos, también estamos creyendo». Así, la iglesia naciente se dio cuenta de que su teología de Cristo debía ser igual a su devoción a Cristo en la adoración. Los himnos de ese período muestran que la extensión del debate teológico no era mera formalidad académica. La controversia doctrinal se trataba de la devoción a Cristo, y los himnos fueron un medio poderoso para promover o refutar la herejía. Por ejemplo, Efrén de Siria fue «coro contra coro» e «himnario contra himnario» con la herejía bardesana (la cual negaba la resurrección corporal). Estos himnos formaban todo el cuerpo de adoración en las iglesias de idioma siríaco a través de su historia. Ya que los heréticos arrianos (quienes negaban la deidad de Cristo) cantaban himnos en las calles de Constantinopla bajo el Emperador Teodosio I, los líderes de la iglesia ortodoxa organizaron cantatas de himnos para contrarrestar esto. Arrio había escrito una canción pegajosa: «Lo adoramos como sin inicio, por Él quien tiene un inicio. Lo adoramos como eterno, por Aquel que en el tiempo vendría». Juan Crisóstomo y Atanasio respondieron con varias versiones de la doxología trinitaria. Ambrosio de Milán hizo lo mismo en Occidente: Todo loor a Dios el Padre sea; Toda alabanza, eterno Hijo, a Ti; Toda la gloria, tanta como se puede reunir, A Dios el Santo Paracleto. En sus Confesiones, Agustín oró y habló a Dios acerca de estos himnos de Ambrosio: «¡Cuánto lloré con tus himnos y tus cánticos, fuertemente conmovido con las voces de tu Iglesia, que dulcemente cantaba! Penetraban aquellas voces mis oídos y tu verdad se derretía en mi corazón, con lo cual se encendía el afecto de mi piedad y corrían mis lágrimas, y me iba bien con ellas». Agustín también proveyó el contexto. Hubo un alejamiento entre Ambrosio y Justina, la esposa arria del emperador y había grandes tensiones en la capital. «Entonces fue» dijo «cuando se instituyó que se cantasen himnos y salmos, a la usanza oriental, para que el pueblo no se dejase abatir por la tristeza o el aburrimiento» [5]. Agustín creía que estos himnos eran una fuerza real que debía ser considerada. El mismo Ambrosio reconoció que las personas se estaban dejando llevar por la música: «Afirman que las personas se están dejando cautivar por la tensión de mis himnos. Tampoco lo niego. Es una noble tensión y nada es más poderosa que ella». Explicó el fenómeno diciendo: «¿Qué puede ser más poderoso que la confesión de la Trinidad, la cual es celebrada diariamente en boca de todas las personas?… Ellos saben cómo confesar en verso al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Todos se han vuelto maestros quienes apenas son capaces de ser discípulos» [6].

En Ti Jesús, dulce es pensar

A partir de estos inicios se desarrolló una tradición de himnos eclesiásticos que en Occidente se enfocó en el servicio de comunión y la adoración diaria en los monasterios. A final del siglo cuarto, un aristócrata español llamado Aurelio Clemente Prudencio se retiró de la vida pública, donó su riqueza y se consagró a la escritura de poesía al servicio de la iglesia. Muchas de sus obras se encontrarían en libros medievales. Su himno «Del amor engendrado del Padre» es un fragmento de un poema más extenso, adaptado para la adoración. Es un ejemplo espléndido de cristología patrística expresada en forma devocional, y resume la forma en que la primera iglesia cantó himnos a Cristo como Dios. La tradición musical medieval era canto llano (canto gregoriano) y la música con la cual este himno es cantado al día de hoy es una adaptación de ello. Nos conecta con cristianos de tiempo atrás. En la traducción de John Manson Neale, cantamos de aquel a quien los credos describen como «engendrado, no hecho». Del amor del Padre engendrado, Antes de que los mundos comenzaran a ser, Él es Alfa y Omega, Él la fuente, el final, Él; De las cosas que son, que han sido, Y que los años venideros verán, ¡Para siempre y por siempre! Las palabras de traductores del siglo XIX nos han dado acceso a muchos de estos himnos de inicios de la Iglesia. No obstante, para comienzos de la Edad Media, el canto de los himnos se había perdido en la congregación y se había convertido principalmente en propiedad del coro de los monjes. Aun así, los cristianos continuaron cantando a Cristo como Dios de diversas formas. Tenemos un poema de Teodulfo de Orléans, que se corresponde con el majestuoso Salmo del Domingo de Ramos, «Toda gloria, loor y honor; a Ti Redentor, Rey, a quien los labios de los niños hacen que suenen las dulces hosannas. Tú eres el Rey de Israel, Tú eres el hijo del rey David,» y así continúa a lo largo de sus impactantes estrofas. Como corresponde al período carolingio, el himno es real —casi feudal— en su alabanza a Cristo como Rey. Aparte de la iglesia, los laicos disfrutaron de baladas y danzas religiosas. Esta es sin duda el origen del villancico (una canción con narrativa, simpática y en el lenguaje común, como lo es «The holly and the ivy» [El acebo y la hiedra]): El acebo tiene una baya Roja como cualquier sangre, Y María dio a luz a Jesucristo, Para hacerle bien a pobres pecadores. El acebo tiene una espina, Tan puntiaguda como cualquier espina, Y María dio a luz a Jesucristo, En la mañana del día de Navidad. Aquí también, entonces, afuera de las paredes del claustro, el instinto era cantar un himno de alabanza a Cristo como Dios. Más allá del Occidente Latino, podemos delinear este mismo instinto. La Lorica de San Patricio es un himno céltico: «Me ato a mí mismo hoy, al fuerte nombre de la Trinidad» inicia. Continúa dando poderosa expresión a la noción del apóstol Pablo de que debemos «ponernos» a Cristo, para ser vestidos por Él (Rom. 13:14; Gál. 3:27). Mientras tanto, en el mundo bizantino del este, encontramos a Juan Damasceno escribiendo un himno, «El día de la resurrección», el cual es un ícono de la resurrección. En él, Juan ora que, con corazones puros, veamos «al Señor en rayos eternales, de luz de la resurrección». Uno puede imaginarse al sol elevándose primero en Siria al sonido de este himno y luego, unas cuantas horas después, elevándose de nuevo en Irlanda al sonido del de Patricio. Una nueva expresión de los sentimientos y una respuesta más personal a Cristo emerge en el siglo XII. Por ejemplo, tenemos el himno cisterciense Jesu, dulcis memoria: En Ti, Jesús, dulce es pensar; A mi alma trae solaz. En Ti cuán dulce es descansar, Y contemplar tu faz. En particular, la figura del Cristo sufriente se convierte en un nuevo enfoque en el arte y en la canción. La imagen familiar de Jesús en la cruz aparece con frecuencia como objeto de devoción. El sentido de identificación con el sufrimiento de Cristo se expresa con profundo sentimiento en  Salve caput cruentatum, la parte siete de una obra atribuida a Bernardo de Clairvaux. Hoy lo conocemos como el himno «Cabeza ensangrentada». En una edición de las obras de Bernardo, el título del poema es: «Una oración rítmica para cualquiera de los miembros de Cristo sufriendo y colgando de la Cruz» (a los pies, las rodillas, las manos, el costado, el pecho, el corazón, la cabeza, uno por uno). Este himno tiene el tipo de intensidad de contemplación amorosa que tan poderosamente resurgiría más tarde en Ignacio de Loyola. El famoso libro de Jaroslav Pelikan, Jesus Through the Centuries [Jesús a través de los siglos], muestra los distintos aspectos de Jesús que han sido enfatizados en diferentes momentos de la historia de la iglesia. Hay una procesión de imágenes similar en la devoción cantada de la iglesia: desde Cristo el tierno Pastor en Clemente de Alejandría a Cristo el Rey triunfante en Teodulfo de Orleans; desde la Lorica de San Patricio hasta Cristo como un ícono en Juan Damasceno; desde Cristo el eterno Dios en Prudencio, hasta Cristo el sufriente en forma humana en Bernardo. La historia de los himnos es la historia de la espiritualidad cristiana escrita en forma resumida. Los himnos de la iglesia son un epítome—una afirmación corta y suprema—de los ideales espirituales de cada generación de cristianos.


[1] Plinio, Cartas, 10.96. [2] Eusebio, Historia de la Iglesia, 5.28.5. [3] Traducción de Protestante Digital. https://protestantedigital.com/salmos-himnos-y-canticos-espirituales/42135/phos-hilaron-luz-alegre Para este y otros himnos en inglés, puede acceder a la extensa biblioteca de https://hymnary.org [4] P.Oxy. XV 1786. [5] Agustín, Confesiones. Capítulo VI.14 y 15. [6] Ambrosio, Sermón contra Sermon Against Auxencio, 34.

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