Seis verdades que toda mujer debería saber antes de decir: “Sí, acepto”

Prepararse para el matrimonio es mucho más que organizar una celebración; es formar un corazón dispuesto a amar, servir y perseverar.
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Antes de que un soldado entre en una guerra, debe comprender el conflicto en el que está a punto de participar. Debe conocer a su enemigo, entender por qué lucha y prepararse para la batalla. Ningún soldado sensato entra al campo de guerra improvisando.

Hermanas, el matrimonio no es un terreno muy diferente.

Es una de las instituciones más atacadas por el enemigo y, sin embargo, muchas mujeres llegan al altar con meses de preparación para la boda, pero con muy poca preparación para el matrimonio. Invierten tiempo escogiendo vestidos y centros de mesa, pero pocas veces consideran que están a punto de entrar en una relación que requerirá perseverancia y dependencia constante de Dios.

Por eso considero tan importante prepararnos antes del «sí, acepto». Pensando en esto, reuní seis verdades que toda mujer debería conocer antes de caminar hacia el altar.

1. Todo matrimonio es la unión de dos pecadores

Las historias románticas suelen hacernos creer que encontraremos a la persona ideal que resolverá nuestras necesidades y completará todo lo que nos falta. Pero ningún ser humano fue diseñado para ocupar el lugar que únicamente Cristo puede llenar.

La realidad es que el hombre con el que te cases tendrá debilidades, luchas, pecados e inseguridades. Y tú también. Romanos 3:23 nos recuerda que todos hemos pecado y seguimos necesitando diariamente la gracia transformadora de Dios.

El matrimonio une a dos pecadores que necesitan cada día la gracia de Cristo. / Foto: Unsplash

Por eso, más que buscar a un hombre perfecto, busca a un hombre que ame profundamente al Señor, que se arrepienta cuando falle y que desee ser transformado por Su Palabra. El matrimonio no une a dos personas perfectas; une a dos personas que necesitan desesperadamente a Cristo.

Además, Dios usa el matrimonio como herramienta de santificación. Muchas veces expondrá nuestro orgullo, egoísmo, impaciencia y falta de perdón. Pero lejos de ser una mala noticia, esas fricciones forman parte de la obra que Dios usa para conformarnos a la imagen de Su Hijo.

El mejor matrimonio no es el que está compuesto por dos personas sin defectos, sino por dos pecadores que reconocen su necesidad de Cristo y se ayudan mutuamente a mirar hacia Él.

El mejor matrimonio no está formado por dos personas perfectas, sino por dos pecadores que aman a Cristo. / Foto: Unsplash

2. Has sido llamada a ser ayuda idónea

La expresión «ayuda idónea» ha sido malinterpretada muchas veces. Algunas la ven como algo inferior o secundario, pero Dios la presenta como una labor honorable y necesaria.

Cuando Dios creó a la mujer, la diseñó para caminar junto al hombre y colaborar con él en la misión que les daría (Gn 2:18). Si Dios te concede el matrimonio, tus palabras, actitudes, oraciones y decisiones tendrán un impacto real en el rumbo espiritual de tu hogar.

Por eso, desde ahora pregúntate: ¿estoy cultivando un corazón que edifica? ¿Estoy aprendiendo a servir, animar y fortalecer a otros? ¿Estoy creciendo en amor por Cristo?

Ser ayuda idónea es apoyar y edificar a tu esposo para la gloria de Dios. / Foto: Unsplash

Ser ayuda idónea no significa perder tu identidad, sino usar los dones que Dios te ha dado para contribuir al propósito que Él tiene para tu matrimonio. El verdadero éxito de una esposa no se mide por cuánto recibe, sino por cuánto refleja el amor sacrificial de Cristo.

3. La intimidad sexual es algo que se construye

Muchas mujeres llegan al matrimonio pensando que la intimidad sexual funcionará perfectamente desde el primer día. Pero la realidad es que la intimidad se parece más a la construcción de una casa que al encendido de un interruptor.

La noche de bodas no es el edificio terminado; es apenas la colocación de la primera piedra.

La intimidad sexual no se enciende de un momento a otro; se construye con el tiempo. / Foto: Unsplash

La intimidad bíblica es mucho más profunda que una experiencia física. Involucra confianza, vulnerabilidad, comunicación, servicio y un conocimiento mutuo que se desarrolla y profundiza con el tiempo.

Por eso, llega al matrimonio con expectativas realistas. La sexualidad fue diseñada por Dios como un regalo para disfrutarse dentro del pacto matrimonial, y florece cuando un esposo y una esposa aprenden a conocerse y amarse cada vez más profundamente.

No pongas tu esperanza en una sola noche ni permitas que la cultura defina tu visión de la intimidad. Ponla en el Dios que diseñó la sexualidad y que desarrolla este regalo progresivamente a lo largo de toda una vida.

La intimidad sexual crece a medida que un esposo y una esposa aprenden a conocerse y amarse. / Foto: Unsplash

4. Dios tiene planes específicos para tu matrimonio

Todas llegamos al matrimonio con sueños y expectativas. Imaginamos cómo será nuestra familia, dónde viviremos y cómo lucirá nuestro futuro. Y aunque no hay nada malo en planear, debemos recordar que Dios no nos promete la historia que imaginamos; nos promete algo mejor: su presencia en medio de la historia que Él escriba.

Por eso, la mejor manera de llegar al matrimonio es con las manos abiertas.

No sabemos si enfrentaremos abundancia o escasez, salud o enfermedad, hijos o infertilidad. No conocemos los detalles de nuestra historia, pero sí conocemos al Autor de ella. Y eso lo cambia todo.

Dios tiene un propósito para tu matrimonio, aunque sea diferente al que tú imaginaste. / Foto: Unsplash

Proverbios 16:9 nos recuerda que podemos hacer planes, pero es Dios quien dirige nuestros pasos. Por eso podemos caminar hacia el matrimonio con confianza: no porque sepamos lo que ocurrirá, sino porque sabemos quién gobierna sobre lo que ocurrirá.

La paz no se encuentra en que Dios cumpla nuestros planes, sino en saber que Sus planes son mejores que los nuestros.

5. La meta del matrimonio es reflejar otro matrimonio

Esta es probablemente una de las verdades más importantes que debes comprender.

La meta principal del matrimonio no es tu felicidad, ni cumplir tus sueños personales. El propósito último del matrimonio es reflejar una realidad mucho más grande que nosotros mismos: la relación entre Cristo y Su iglesia.

La meta del matrimonio no es nuestra felicidad, sino reflejar el amor de Cristo por Su iglesia. / Foto: Unsplash

Efesios 5:31-32 nos enseña que el matrimonio apunta hacia una historia mayor. Cada acto de servicio, sacrificio, reconciliación y fidelidad dice algo acerca del evangelio. Dios diseñó el matrimonio para mostrar al mundo cómo Cristo ama a Su pueblo.

Cuando entendemos esto, dejamos de preguntarnos constantemente qué podemos obtener del matrimonio y comenzamos a preguntarnos cómo podemos glorificar a Cristo dentro de él.

Antes de anhelar un matrimonio que te haga feliz, anhela un matrimonio que haga visible la belleza del evangelio. Porque al final, la meta del matrimonio no es que dos personas sean el centro de la historia; la meta es que Cristo lo sea. Y cuando Él es la meta, somos más plenas y más felices.

Un matrimonio que glorifica a Cristo hace visible la belleza del evangelio. / Foto: Unsplash

6. El matrimonio se aprende en el contexto de la iglesia local

Dios nunca diseñó el matrimonio para vivirse en aislamiento. Tito 2 nos enseña que las mujeres mayores deben enseñar a las más jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos. Esto significa que el amor matrimonial no surge automáticamente; se aprende.

Necesitamos matrimonios maduros que nos discipulen y hermanas piadosas que nos enseñen. Aprendemos a amar observando a otros creyentes amar. Aprendemos a servir observando a otros servir. Aprendemos a perseverar viendo a otros perseverar. Dios no nos llamó a construir nuestros hogares solos.

Por eso, si deseas prepararte para el matrimonio, no esperes hasta el día de tu boda. Involúcrate en una iglesia local desde ahora. Busca mujeres piadosas de quienes puedas aprender. Observa matrimonios fieles. Haz preguntas, recibe consejo y permite que otros creyentes participen en tu formación.

La iglesia es uno de los principales medios que Dios usa para prepararnos para el matrimonio y sostenernos una vez que llegamos a él. Por medio de la predicación de la Palabra, el discipulado y la comunión, somos constantemente recordadas del evangelio y de cómo este transforma cada aspecto de nuestra vida, incluyendo nuestros matrimonios.

Además, cuando lleguen las dificultades, y llegarán, la iglesia nos ayudará a recordar verdades que fácilmente olvidamos: que el matrimonio no se sostiene por sentimientos, sino por un pacto delante de Dios; que el amor verdadero implica sacrificio, perdón y perseverancia. Pero, sobre todo, nos recordará una y otra vez a Cristo, el Esposo fiel que jamás abandona a su pueblo.

No veas la iglesia local como algo separado de tu futuro matrimonio. Dios la diseñó para ayudarte a prepararte para él, crecer dentro de él y perseverar hasta el final. El matrimonio florece mejor cuando crece rodeado por la familia de Dios.

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Karen Garza

Karen Garza está casada con el pastor David González, juntos sirven en Iglesia Pasión en Monterrey, Nuevo León. Su amor por Cristo y su evangelio permea su vida, enseñanzas y canciones. Puedes encontrar más recursos en su página Genuino Mujeres. instagram: @genuino.mujeres www.genuinomujeres.com

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