He llorado más auténticamente por mi pecado cuando me ha besado la luz del sol de la bondad de Dios que cuando me han amenazado con Su ira. Una vez, después de haberle hablado con dureza a mi esposa, salí de la cocina y decidí llevar la basura a la calle para que la recogieran. Al salir del garaje, la belleza de ese día de primavera me abrumó. Cielo azul. Brisa fresca. El sol calentándome la piel. Fue como si Dios se hubiera inclinado y me hubiera besado. El resultado fue un profundo remordimiento por cómo había tratado a Noël.
Creo que la amenaza de la ira de Dios es esencial para que esa experiencia sea real y significativa. El beso de la cálida luz del sol fue abrumador, precisamente porque existe eso de que te caiga un rayo, y eso es exactamente lo que me merecía. Sin la realidad de la justicia y la ira, ese beso habría sido trivial. Pero, de hecho, fue desgarrador.
Conmovidos por la bondad
¿No es eso lo que le pasó a Pedro en Lucas 5? Habían pescado toda la noche y no habían atrapado nada. Pero Jesús les dijo que se adentraran en lo profundo y echaran las redes. Pedro protestó: “Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada”. Pero cedió y obedeció (Lc 5:5). Cuando ambas barcas se llenaron de peces, es decir, cuando Cristo había besado a Pedro con bondad, a pesar de sus dudas, Pedro se postró a los pies de Jesús, diciendo: “¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!” (Lc 5:8). Una auténtica contrición abrumó a Pedro ante la presencia de la bondad todopoderosa.

David Brainerd, al predicar a los nativos americanos, vio lo mismo. Dijo: “Era sorprendente ver cómo sus corazones parecían ser traspasados por las tiernas y conmovedoras invitaciones del evangelio, cuando no se les había dicho ni una sola palabra de terror” (The Life of David Brainerd [La vida de David Brainerd], 307).
¿Qué podemos aprender de estas tres experiencias? Tres lecciones.
1. La verdadera contrición nace del amor
Las lágrimas auténticas de verdadera contrición por el pecado brotan de amar la santidad, no de temer las consecuencias de no tenerla.
Dicho de otra manera, si tus lágrimas por no tener algo van a honrar lo que no tienes, entonces debes desearlo y amarlo de verdad, y no solo querer escapar de las consecuencias de no tenerlo. Tienes que amar lo que te falta, si es que las lágrimas por carecer de ello van a mostrar su valor.

Esto significa que la verdadera contrición, la que honra a Dios, debe ser precedida por enamorarte de Dios. Llorar de una manera que honre la santidad de Dios debe ser precedido por enamorarte de Su santidad. De lo contrario, tus lágrimas no se deberían a que careces de lo que amas, sino solo al miedo a la ira de Dios.
Fíjate en lo extraño que parece esto al principio: Dios y Su camino de santidad deben convertirse en tu tesoro, tu gozo, antes de que puedas llorar por no tener esa santidad. Para decirlo de la manera más paradójica, debes conocer a Dios y Su santidad como tu gozo antes de que su ausencia pueda ser tu dolor. El gozo en Dios es la base del dolor piadoso por el pecado. Tienes que enamorarte de Dios antes de que el alejamiento de Él te duela de verdad.

2. No todo dolor honra a Dios
Es posible llorar por no tener santidad, no porque ames la santidad, sino porque temes las consecuencias de no tenerla.
Muchos criminales lloran cuando les leen la sentencia, no porque hayan llegado a amar la justicia, sino porque les quitan la libertad de seguir cometiendo injusticias y porque les espera el dolor. Llorar por el castigo que estás a punto de recibir por tus malas acciones no es señal de que odies el mal, sino solo de que odias el dolor. Ese tipo de llanto no es verdadera contrición ni arrepentimiento según el evangelio. Y no lleva a la obediencia cristiana.
Saber esto es clave en toda consejería y predicación. Con frecuencia abundan las lágrimas donde no hay contrición. El consejero debe tener discernimiento. La compasión por las lágrimas que no distingue la falta de amor por la santidad y la sumisión a Cristo llevará a un mal consejo, a un consuelo prematuro y a una sanación superficial.
3. Atrae a la gente con la belleza de Dios
La predicación y la consejería que buscan generar una verdadera contrición basada en el evangelio deben esforzarse por hacer que Dios y Su santidad se vean tan atractivos que, con el poder del Espíritu Santo, la gente llegue a amar tanto la santidad de Dios que sienta remordimiento por no alcanzarla.

El tipo de predicación y consejería que genera un corazón contrito por el pecado, sin duda, pintará claramente el telón de fondo de la justicia y la ira de Dios. Pero te darás cuenta de que las lágrimas de contrición por no tener santidad surgen del despertar del gozo en el Dios de la santidad. Por eso, el objetivo principal de nuestra predicación y consejería será el esfuerzo, impregnado de oración, por presentar a Dios en Cristo como totalmente glorioso y plenamente satisfactorio. Porque todo dolor que honra a Dios tiene su raíz en el gozo que honra a Dios.
Publicado originalmente en Desiring God.
