Agosto 11
“Entonces Jonás oró al Señor su Dios desde el vientre del pez, y dijo: ‘En mi angustia clamé al Señor, y Él me respondió”. Jonás 2:1-2
He aquí una palabra para el creyente que lucha, para el creyente que se ha apartado, para los que nos encontramos en las profundidades a causa de nuestra desobediencia.
El énfasis del libro de Jonás no está en los apuros de Jonás, sino en la provisión de Dios. Dios utilizó medidas extraordinarias para salvar a Jonás de su pecado y desobediencia. El profeta reconoce que fue Dios quien lo echó “a lo profundo, en el corazón de los mares” (Jon 2:3). Sí, fueron los marineros los que arrojaron a Jonás por la borda, pero Jonás reconoció que lo ocurrido estaba bajo la mano soberana de Dios, y que los marineros actuaron como Sus instrumentos. Dios lo había perseguido y lo había arrojado a las aguas embravecidas para que llegara a un lugar en el que pudiera decir: “En mi angustia clamé al Señor, y Él me respondió”.
Además, en el vientre del gran pez, el profeta sintió el aguijón de estar separado de Dios, de ser “expulsado de delante de [Sus] ojos” (Jon 2:4). Para Jonás, el terror físico de estar a punto de ahogarse en el océano y ser tragado por un pez palidecía en comparación con estar alejado para siempre de su Padre celestial. Jonás conocía el amor de Dios; sabía lo que era estar en la presencia de Dios. Era capaz de entender lo que significaba estar separado de Dios, aunque —y esta es la perversidad del pecado— él mismo había decidido separarse de Dios.
¡Qué buena noticia para nosotros! Es Dios quien, cuando nos alejamos de Él, viene a nosotros en las tormentas y los valles, quien altera nuestras circunstancias para llamar nuestra atención, quien permite que nos sintamos aislados y separados, todo para que podamos decir: “Este no es mi lugar. Esto no es lo que Dios quiere para mí. No puedo salir de esta situación. Pero Él puede sacarme de ella”.
Quizás hoy estés lidiando con una profunda sensación de fracaso y arrepentimiento. Has estado huyendo. Has desobedecido la clara voz de Dios y has intentado esconderte. Pero tu historia no tiene por qué terminar ahí. En Su gracia y bondad, Dios está decidido a salvarte y a completar la obra que ha comenzado en tu vida (Fil 1:6). En la vida cristiana, siempre hay necesidad de arrepentirse, pero nunca hay razón para desesperarse.
Cuando Jonás terminó en tierra firme, no fue porque lo mereciera. Fue por la gracia de Dios. De la misma manera, es Dios el único que viene a nosotros en nuestro pecado y desobediencia para poder limpiar, salvar y restaurarnos para Sus propósitos. ¿Puedes ver la tierra seca hoy?
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
