Julio 28
Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día. Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas (2 Corintios 4:16-18).
Pablo ya no podía ver como antes (y los anteojos no existían). No podía escuchar como antes (y los audífonos no existían). Ya no se recuperaba de los azotes como solía hacerlo (y no había antibióticos). Su fuerza para caminar de ciudad en ciudad ya no era la misma. Veía las arrugas en su cara y cuello. Su memoria ya no era tan buena. Y admitió que todo eso era una amenaza a su fe, gozo y valentía.
Pero no se desanimó. ¿Por qué?
No se desanimó porque su hombre interior se iba renovando. ¿Cómo?
La renovación de su corazón venía de algo muy extraño: de mirar hacia algo que no podía ver.
…al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas (2 Corintios 4:18).
Esa es la manera en que Pablo no se desanimaba: mirando lo que no se puede ver. ¿Qué es lo que veía?
Algunos versículos después, en 2 Corintios 5:7, dijo: “Porque por fe andamos, no por vista”. Esto no significa que él saltó a la oscuridad sin tener ninguna evidencia de lo que habría allí. Significa que por ahora la realidad más hermosa e importante del mundo está fuera del alcance de nuestros sentidos físicos.
“Miramos” estas cosas invisibles por medio del evangelio. Fortalecemos nuestro corazón, renovamos nuestra valentía, al fijar nuestra mirada en la verdad invisible y objetiva que hallamos en el testimonio de aquellos que vieron a Cristo cara a cara.
“Pues Dios, que dijo: ‘De las tinieblas resplandecerá la luz’, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo” (2 Corintios 4:6). La “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo”. Vemos esto brillar en nuestro corazón por medio del evangelio.
Nos convertimos en cristianos cuando esto sucedió, lo entendiéramos o no. Y, como Pablo, debemos seguir viendo con los ojos del corazón para no desanimarnos.
