¿Vemos la discapacidad como Dios la ve? Una mirada desde el evangelio

El evangelio transforma nuestra manera de ver la discapacidad, recordándonos que el sufrimiento no escapa a la soberanía de Dios y que toda vida refleja Su imagen.
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En un mundo definido por la competitividad extrema y un perfeccionismo asfixiante, donde la capacidad técnica, la estética subjetiva y la eficiencia dictan el valor de lo humano, proponer una visión que desafíe este molde no es solo un acto de resistencia cultural. Implica, fundamentalmente, la disposición de enfrentar el escarnio de una cosmovisión centrada exclusivamente en los resultados y la imagen. Nadar contra esta corriente tiene un costo elevado: el de situarse voluntariamente fuera de los estándares a los que la sociedad contemporánea se ha malacostumbrado.

Una historia de rechazo y sombras

Esta tensión no es un fenómeno reciente. A lo largo de los siglos, el ser humano ha intentado rebelarse contra todo aquello que fracture su ideal de bienestar, especialmente en lo que respecta a la integridad y capacidades del cuerpo. Desde civilizaciones milenarias, la lucha contra la enfermedad, el envejecimiento y la “inadecuación” ha sido constante; el deterioro corporal se percibía como una carga que consumía recursos y generaba improductividad.

La respuesta histórica desde hace muchos siglos atrás ante la discapacidad fue la crueldad manifiesta: el sacrificio de miles de infantes que no encajaban en la estructura social. Con el avance de la civilización, los métodos se volvieron menos visibles pero igualmente dolorosos. Se transitó del sacrificio al ocultamiento, relegando a quienes nacían con alguna limitación a la penumbra de una sociedad que, aunque algo más “civilizada”, seguía siendo incapaz de abrazar la discapacidad.

Durante siglos, la discapacidad fue respondida con el sacrificio y, más tarde, con el ocultamiento de quienes la padecían. / Imagen: Dominio público

Hoy, en pleno siglo veintiuno, aunque el exterminio o el aislamiento forzado parecen superados, nos enfrentamos al muro de la indiferencia. El pecado ha distorsionado de manera terrible nuestra percepción, llevándonos a ignorar que cada persona con una discapacidad es, de manera plena y absoluta, portadora de la Imago Dei (imagen de Dios). Basta observar las miradas de lástima en los espacios públicos para comprender cuán lejos estamos de reconocer la dignidad inherente que el Creador ha depositado en ellos.

La radiografía de una espera

Es imperativo admitir que, como creyentes, con frecuencia sucumbimos a los estándares del mundo. Al esperar un hijo, soñamos con la perfección física y la salud inquebrantable; cualquier panorama distinto nos sumerge en una angustia profunda. Esa fue, precisamente, la radiografía inicial de nuestra propia experiencia con el embarazo de nuestro hijo.

La llegada de un bebé suele estar precedida por la emoción, la incertidumbre y fervientes jornadas de oración. En nuestro caso, la expectativa representaba la realización de un anhelo, la respuesta a muchas oraciones. Sin embargo, las preguntas nos asaltaban: ¿seríamos capaces de instruirlo en los caminos del Señor? ¿Estábamos preparados para tal responsabilidad?. En medio de los preparativos, las ecografías y los controles médicos, la Palabra de Dios nos recordó una verdad que el ruido del mundo suele opacar: Salomón, en el Salmo 127, define a los hijos no como una carga, sino como una recompensa y un don de Dios.

La llegada de un hijo confronta nuestras expectativas y nos llama a recibirlo como el don que Dios concede. / Foto: Envato Elements

Un camino inesperado y la gracia suficiente

Tras un embarazo muy difícil, marcado entre otras tantas dificultades por amenazas de aborto y varias complicaciones más donde nuestro ánimo decaía y nuestra confianza fue probada, nació Gabriel: un pequeño lleno de vida que representaba una muestra palpable del amor de Dios y Su gracia con nosotros como sus padres. No obstante, lo que comenzó como un tiempo de esperanza pronto se transformó poco a poco en un sendero de confusión e incertidumbre. A los seis meses vivimos uno de los episodios más complicados y traumáticos de todo el proceso… Gabriel convulsionaba, la angustia era indescriptible. El diagnóstico fue devastador: microcefalia, epilepsia y retraso en el desarrollo. Fue un golpe que nos dejó profundamente vulnerables, iniciando un proceso de dolor y transformación que solo la gracia del evangelio podría sostener.

El vocabulario técnico de la neurología y las terapias, antes ajeno para nosotros, se volvió nuestra realidad cotidiana.

Observar el desarrollo típico de otros niños mientras luchábamos por la estabilidad de nuestro hijo generaba interrogantes para las cuales el mundo no tenía respuestas.

El diagnóstico de una discapacidad puede convertir la alegría en un tiempo de profunda incertidumbre. / Foto: Envato Elements

La soberanía de Dios en la debilidad

En la Palabra de Dios encontramos la respuesta: Dios está en control de todo y es supremo sobre todo. A este atributo se le conoce como la soberanía de Dios. No hay nada fuera de su control, ni los desastres, ni los infortunios, absolutamente nada. 

Afirmar la soberanía de Dios de forma abstracta en un aula de teología o en una prédica dominical es, comparativamente, sencillo. Sin embargo, cuando esa soberanía se manifiesta por medio del sufrimiento de un hijo, el corazón se enfrenta a su prueba de fuego. En este proceso, la figura de Job se convirtió en nuestro espejo: aprendimos que, incluso en el quebranto, Dios sigue siendo digno de gloria. El Señor, mediante Su Palabra, nos reveló que el evangelio no es una teoría lejana, sino la única esperanza real en medio del dolor.

Las numerosas hospitalizaciones y las crisis convulsivas se convirtieron en espacios donde, con lágrimas, nuestro refugio fue la cruz. Las Escrituras nos enseñaron que nuestras limitaciones no son accidentes, sino medios por los cuales Dios nos entrena en la dependencia. En la fragilidad, cada pequeño logro de Gabriel se transformó en una victoria digna de gratitud y en un recordatorio de que, cuando somos quebrantados, estamos más cerca del sacrificio de Cristo.

En medio del dolor, la soberanía de Dios sostiene a quienes aprenden a depender de Él. / Foto: Envato Elements

Un llamado a la iglesia: de la indiferencia al servicio

Este cambio de paradigma nos anima a mirar la discapacidad con nuevos ojos. La indiferencia y el juicio del mundo deben contrastar con la compasión de Cristo, quien siempre se acercó a los débiles y marginados. La iglesia debe imitar este modelo, convirtiéndose en un espacio de empatía, alegría, esperanza y servicio, y no de extrañeza.

Una comprensión bíblica de la discapacidad nos lleva a reconocer que esta también forma parte del plan soberano de Aquel que forma cada entraña en el vientre materno, como expresa el Salmo 139. Por tanto, la comunidad de fe debe ser un refugio de amor y servicio genuino, promoviendo acciones concretas:

  • Grupos de apoyo y oración constante para las familias.

  • Discipulado enfocado en la teología del sufrimiento y la discapacidad.

  • Una pedagogía inclusiva que enseñe a niños y adultos el valor de cada vida.
La discapacidad debe encontrar en la iglesia compasión, cuidado y servicio, no indiferencia. / Foto: Envato Elements

Conclusión: el evangelio como “buenas noticias”

Por medio de Gabriel, Dios nos ha enseñado que el sufrimiento, bajo Su luz, puede ser una bendición. La sonrisa y fragilidad de mi hijo son testimonios constantes de la fidelidad divina. El evangelio, del griego euangelion (“buenas noticias”), es lo que nos permite no esconder ni ignorar la discapacidad, sino abrazarla y servir por medio de ella.

Ver la discapacidad desde la lente del evangelio lo cambia todo: deja de ser un límite humano para convertirse en un medio de gracia divina. Nuestra dignidad no radica en nuestras capacidades, sino en Aquel que nos hizo a Su imagen y semejanza. Al rendir nuestros paradigmas ante la Palabra de Dios, encontramos finalmente la esperanza que no defrauda.

Esta misma esperanza no está limitada a las personas por sus capacidades físicas o mentales. La salvación no es un regalo para personas que cumplen con ciertos factores biológicos o psicológicos. En la época de Jesús los marginados sociales no eran bienvenidos en la sinagoga, no eran bienvenidos en la sociedad. Jesús cambió eso, Él no solo se acercó a aquellos que nadie se acercaría, también los sanó, restauró a la sociedad y les ofreció el perdón de pecados y la vida eterna.

El evangelio nos llama a abrazar a las personas con discapacidad con la misma compasión con la que Cristo se acercó a los marginados. / Foto: Unsplash

Que nuestro testimonio cristiano no sea el de las élites religiosas de la época de Jesús, que aceptaban a aquellos que encajaban en la sociedad y tenían apariencia de justicia. Sino el de aquellos que siguiendo el ejemplo de Jesús andan con los paralíticos, mudos, sordos (reconocido hoy como discapacidad física y auditiva) y todo tipo de personas con limitaciones físicas o mentales, pero que necesitan el evangelio como todos nosotros.

“Así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20:28).


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Andrés Bello

Andrés Bello

Andrés es candidato al ministerio pastoral en la Iglesia Bíblica Bautista Familia Fiel en Cajica donde sirve también como maestro. Graduado del Seminario Reformado Latinoamericano de la maestría en artes en estudios teológicos así como también es egresado del programa de residencia pastoral de Endos Network y el Southwestern Baptist Theological Seminary. Está casado con Daisy y es padre de Gabriel y Juan David.

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