Julio 14
“Naamán, capitán del ejército del rey de Aram, era un gran hombre delante de su señor y tenido en alta estima, porque por medio de él el Señor había dado la victoria a Aram. También el hombre era un guerrero valiente, pero leproso”. 2 Reyes 5:1
Desde cualquier perspectiva, Naamán parecía ser un hombre exitoso.
Naamán era un gran hombre de la ciudad siria (o aramea) de Damasco. Dos ríos que nacían en las montañas del Líbano fluían con belleza inmaculada hasta el fértil oasis donde había sido edificada la ciudad. Era un lugar de riqueza y de esparcimiento y ofrecía las atracciones culturales del arte, de la música y de la recreación. Como el comandante victorioso del ejército sirio, Naamán tenía una posición envidiable de poder y de prestigio, y era tenido en alta estima, incluso por su rey. Y, sin dudas, con este poder y prestigio venían grandes posesiones.
En otras palabras, era un hombre que tenía todo a su favor. Excepto por una cosa.
Había una dimensión de la existencia de Naamán que proyectaba largas sombras sobre todo lo demás que disfrutaba. Sus muchos logros que lo llenaban de orgullo eran apagados y dominados por esta cláusula: “pero leproso”. Todo lo que tenía (sus muchas oportunidades y sus posesiones) ni siquiera se acercaban a solucionar este problema. No había nada que él pudiera hacer al respecto y la lepra estaba destruyendo su vida.
La enfermedad física que aquejaba a Naamán es una ilustración de la enfermedad espiritual que cada uno de nosotros sufre. Su lepra era contagiosa, espantosa y dejaba marcas de por vida. Es una metáfora bíblica clásica de la naturaleza humana, que está manchada por el pecado.
Cuando nos describimos a nosotros mismos y nuestro contexto a otros, podemos mencionar lo que sabemos, los lugares que hemos visitado y todas las cosas que hemos logrado. Sin embargo, al final de todo esto, sin Cristo, inevitablemente terminamos, igual que Naamán, en esa misma palabrita: pero…
La lepra no respetaba el estatus de Naamán, tal como el pecado no respeta el nuestro. “Todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios” (Ro 3:23), y la palabra “todos” de verdad significa “todos”. No existe un hombre ni una mujer que pueda librarse del alcance de esa afirmación abarcadora. No hay riqueza que pueda rescatarnos del pecado ni bondad que pueda cubrirlo.
Todos sufrimos lepra en nuestra alma para la que no existe cura, salvo por Cristo. Solo cuando admitimos que nuestro estatus y nuestras posesiones no pueden tratar nuestro asunto más grave, podemos volver a Jesús, nuestro Gran Médico, quien tomó sobre Sí nuestra enfermedad para que pudiéramos ser sanados. Así como Él estuvo dispuesto a extender Su mano y tocar a un leproso, haciéndose a Sí mismo impuro, pero sanando al hombre por completo, así también en la cruz Él se hizo pecado para que nosotros pudiéramos ser justos a los ojos de Dios (2Co 5:21).
Hoy, estás rodeado de Naamánes: personas que disfrutan de prestigio, poder y posesiones, personas que han tenido éxito, pero que, aun así, están corrompidas por el pecado y enfrentan el juicio. Aquí está una verdad que socava nuestra envidia hacia los demás y que la transforma en compasión. Tal como Naamán requería una cura para su lepra, todo hombre y mujer necesita una solución para su pecado… y tú la conoces.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
