La fe según la Biblia: lo que sí es y lo que no

¿Qué clase de fe describe realmente la Biblia? Entre milagros, prosperidad, emoción religiosa y confianza genuina, las Escrituras muestran que no toda “fe” nace de un corazón rendido a Cristo.
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Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb 11:6). Siendo la fe algo tan importante, ¿cómo puede ser tan malentendida? Por lo general, aun en círculos cristianos se sigue el esquema secular expresado por el filósofo francés Voltaire que dijo: “La fe consiste en creer cuando se está más allá del poder de la razón”. De esta forma se ha determinado que la razón abarca todo lo que se puede conocer, y la fe solo sirve para definir todo aquello que va más allá de lo conocible, incluyendo a veces, hasta lo absurdo. Siempre se habla de la fe en un contexto de incertidumbre y como un conjunto de proposiciones que tienen la probabilidad de ser ciertas. Pero el concepto bíblico de la fe no es así.

Si hemos de definir la fe bíblica en solo una palabra, esa sería “confiar”. Para confiar se necesita revelación, porque para creer primero se necesita conocer. En ese sentido, la fe siempre es una respuesta o reacción espiritual apropiada a la revelación de Dios. No es confianza en algo que está más allá del conocimiento humano, sino que es convicción en lo que Dios ha revelado de Sí mismo en Su creación, en la conciencia, en Su palabra y, sobre todo, en Jesucristo (Heb 1:1-2).

Para confiar se necesita revelación, porque para creer primero se necesita conocer. / Foto: Unsplash

Lo que no es fe

La confusión e ignorancia en cuanto a la fe bíblica no es algo nuevo a nuestros tiempos. En la Palabra encontramos varios casos que ilustran lo que aparentemente podría ser llamado “fe”, pero que realmente lo que evidencian es una fe falsa. Algunos de estos casos son:

La fe histórica

Santiago escribió de aquel que “cree que Dios es uno”, pero de igual forma “también los demonios creen” (Stg 2:19). Esto es que cree que Dios existe y que ha intervenido en la historia, pero que sus obras demuestran que no se ha rendido al señorío de Dios (Stg 2:20-26).

La Palabra también presenta casos que, aunque parecen evidenciar fe, en realidad revelan una fe falsa. / Foto: Lightstock

La fe milagrosa

“Muchos creyeron en Su nombre, viendo las señales que hacía, pero Jesús mismo no se fiaba de ellos” (Jn 2:23-25; 3:2). Estos creyeron en lo sobrenatural y anhelaban ver más milagros. ¿Por qué Jesús no se fiaba de ellos? El texto dice: “Porque conocía a todos”. En otras palabras, debido a que Jesús conocía los corazones, sabía que ellos no eran de confiar porque su anhelo no era Jesús, sino los milagros.

La fe de la prosperidad

Después de que Jesús milagrosamente multiplicara los panes y los peces y alimentara a miles, muchos le seguían, pero Jesús reveló sus verdaderas intenciones: ellos lo buscaban “porque habían comido del pan y se saciaron” (Jn 6:26). Estos estaban dispuestos a seguir a Jesús, no porque era el pan de vida (Jn 6:27), sino porque vieron en Él una fuente de prosperidad material (Jn 6:35-36, 66).

La Biblia también muestra una “fe” que busca los milagros y la prosperidad, pero no a Cristo mismo. / Foto: Pexels

La fe temporal

Esta sucede en aquel que “oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (Mt 13:20-21). En cierto sentido, toda fe falsa es temporal, pero esta tiene la peculiaridad de que por un tiempo convence a todos de que es verdadera, y su falsedad no es perceptible hasta que no vengan tiempos difíciles.

La fe religiosa o de justicia propia

Esta acompaña a aquellos que tienen un profundo celo religioso o ético así como el de los judíos de quienes habló Pablo en Romanos 9 y 10. Su celo “no era conforme a un pleno conocimiento” porque se dedicaron a ir tras la salvación “no por fe, sino como por obras [de la ley]” (Ro 9:32). Un ejemplo práctico es aquel que fue al templo a orar: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres”. Él creía en su propio esfuerzo para cumplir el código moral, pero no confiaba en Cristo para su justificación (Lc 18:9-14).

En cierto sentido, toda fe falsa es temporal, pero esta tiene la peculiaridad de que por un tiempo convence a todos de que es verdadera. / Foto: Lightstock

Lo que sí es fe

Desde el principio la fe ha sido esencial para tener comunión con Dios porque “por ella recibieron aprobación los antiguos” (Heb 11:2). Y si alguien es un ejemplo de fe para todos, ese fue Abraham, el padre de la fe (Heb 11:8-20). Todo el que tiene esta fe confía en su corazón con base en la evidencia espiritual provista, porque a pesar de que sus ojos no lo puedan ver (Heb 11:1), la evidencia provista es la revelación divina iluminada por Dios.

La fe es una entrega total a Dios a causa de haber gustado Su bondad, que fue revelada por el Espíritu, que está fundamentada en las promesas del Espíritu en Cristo y que da buenos frutos. La entrega total es comparada a aquel que, cuando coma del pan de vida (Cristo), quedará satisfecho y vivirá para siempre (Jn 6:50-51). Cuando beba del agua de vida, no tendrá sed jamás (Jn 4:13-14). Cuando vea en Jesús el Salvador del mundo, caerá de rodillas en busca de perdón (Lc 5:8). Y cuando entienda que al que cree todo le es posible, clamará al Señor: “Creo; ayúdame en mi incredulidad” (Mr 9:23-25).

La fe es una entrega total a Dios a causa de haber gustado Su bondad. / Foto: Lightstock

La reflexión constante del creyente es el carácter de Dios y Sus promesas en Cristo. Él confía y se acerca a Dios creyendo “que Él existe, y que recompensa a los que lo buscan” (Heb 11:6), sabiendo que la mayor expresión de esa recompensa es eterna y ya está asegurada, pero todavía no lista para disfrutarla totalmente (Heb 11:6, 13). Él sabe lo pasajero de los placeres temporales del pecado, y considera como mayores riquezas el oprobio de Cristo, teniendo la mirada puesta en la recompensa; se mantiene firme como viendo al Invisible (Heb 11:24-29). Él está seguro en su corazón, porque gracias a la cruz que compró el perdón de sus pecados y lo declaró justo ante Dios, nada lo puede apartar del amor de Dios (Ro 8:31-36); que por medio de todas las cosas en su vida, por más difíciles que sean, Dios siempre le hace el bien (Ro 8:28; Gn 50:20).

La gente cambia su manera de actuar cuando deposita su confianza en algo o alguien, porque la fe sin obras está muerta (Stg 2:20). No es posible que exista una sin la otra, pero siempre en el mismo orden: las obras no engendran la fe, sino que las obras son el fruto imperativo de la fe. Las obras como fruto espiritual justifican la fe porque demuestran que la fe es verdadera. El ejemplo icónico es Abraham. ¿Por medio de qué le fue contada la justicia de Dios? Fue por medio de la fe. ¿Cómo y cuándo se justificó (o demostró) que su fe era real? Muchos años después, por medio de las obras: “Abraham nuestro padre cuando ofreció a Isaac su hijo sobre el altar” (Gn 22:9-18; Stg 2:21-24). Por eso Jesús dijo acerca de los falsos: “Por sus frutos los conocerán” (Mt 7:20,17:23), porque la fe actúa juntamente con las obras (Stg 2:22).


Este artículo fue adaptado de una porción del libro Dios salva pecadores publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

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Oskar Arocha

Oskar Arocha tiene una Maestría en Divinidades del Reformed Baptist Seminary y está en proceso de completar su Maestría en Consejería Bíblica del Faith Bible Seminary. Es uno de los ancianos de la Iglesia Bautista Internacional (IBI) y profesor de Soteriología.

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