Abril 21
«En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado». Efesios 1:4-6
En El mercader de Venecia, de William Shakespeare, el personaje Porcia pronuncia un monólogo que ilustra el respeto del dramaturgo por los principios de la misericordia y el perdón:
Ya que pides no más que justicia, piensa que
Si solo justicia hubiera, no se salvaría ninguno de nosotros.
Todos los días, en oración, pedimos misericordia.¹
Al considerar la doctrina de la elección —que Dios «nos predestinó para adopción»— no debemos preguntar: «¿Por qué Dios no elige a todos?», sino: «¿Por qué Dios elige tener misericordia de alguien?». La verdad es que, si solo se hiciera justicia, todos nos enfrentaríamos a la condenación, pues eso es lo que merece nuestro pecado. Sin embargo, en Su amor por nosotros, Dios eligió que no nos perdamos, sino que tengamos vida eterna (Jn 3:16). No nos eligió por algo en nosotros (lo que sería motivo de orgullo), sino simplemente por el amor que hay en Él (lo que debería hacernos alabarle y adorarle).
Uno de los efectos que la comprensión de nuestra elección tiene en nosotros como cristianos es que nos obliga a tomar nuestro pecado cada vez más en serio, ya que el propósito de que Él nos eligiera es que «fuéramos santos y sin mancha delante de Él» (Ef. 1:4). En otras palabras, aunque Él no nos eligió porque somos santos, hemos sido elegidos para que seamos santos. Hay algo terriblemente erróneo cuando la creencia en el amor electivo de Dios hace que nos declaremos con derecho a vivir de la manera que queramos. De hecho, los individuos que consistente y continuamente viven en pecado, y aun así afirman ser salvos, muestran que no han entendido en absoluto a Dios o Su evangelio.
Por el contrario, la evidencia de que hemos sido elegidos por Dios, apartados para Él, y ministrados por Él a través del Espíritu Santo, se ve en última instancia, a medida que nos conformamos cada vez más a la imagen de Su Hijo. El crecimiento en pureza moral es la indicación suprema de una profunda devoción a Jesucristo. Un genuino interés y asombro por el amor electivo de Dios produce en nosotros conformidad con la misma belleza de Jesús.
¿Qué podemos esperar ver en la vida de las personas que realmente entienden esto? Seguramente, no una bravuconada, ni una charla egocéntrica, ni defensas vacías de la fe cristiana. No, veremos humildad coexistiendo con seguridad, su conversación llena de Cristo en lugar de ellos mismos, y vidas de gozo y sacrificio. Eso puede ser, y debe ser, lo que veas en ti mismo, de forma imperfecta pero creciente. Y eso es lo que crecerá en ti hasta el punto en que te digas a ti mismo con una sonrisa y un sentimiento de asombro: «No es que yo le haya elegido a Él; Él me ha elegido a mí«.
¹ William Shakespeare, The Merchant of Venice [El mercader de Venecia], Acto 4, Escena 1.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
