Abril 18
Saúl también se fue a su casa en Guibeá, y con él fueron los valientes cuyos corazones Dios había tocado (1 Samuel 10:26).
Solo piensa en lo que dice este versículo. Dios los tocó. No una esposa. No un hijo. No un padre. No un consejero. Sino Dios. Dios los tocó.
El Único en el universo con poder infinito. El Único con autoridad infinita, sabiduría infinita, amor infinito, bondad infinita, pureza infinita y justicia infinita. Ese Único Dios fue el que tocó los corazones.
¿Cómo es que la circunferencia de Júpiter puede tocar el borde de una molécula? Ni hablemos de cómo haría para penetrar su núcleo.
El toque de Dios es maravilloso no solo porque es Dios quien toca, sino también porque es un toque. Es una conexión real. Que involucre el corazón es asombroso. Que involucre a Dios es asombroso. Y que involucre un toque real es asombroso.
A estos hombres valientes no solamente se les habló. Ellos no solamente fueron movidos por influencia divina. Ellos no solamente fueron vistos y conocidos. Dios, con infinita condescendencia, tocó sus corazones. Se acercó a ellos hasta ese punto. Y no fueron consumidos.
Amo ese toque. Lo anhelo más y más, para mí mismo y para ti. Oro para que Dios me toque nuevamente con Su gloria y para Su gloria. Oro para que nos toque a todos.
¡Oh el toque de Dios! Si viene con fuego, que así sea. Si viene con agua que así sea. Si trae consigo viento, déjalo venir, oh Dios. Si viene con truenos y relámpagos, postrémonos ante él.
¡Oh Señor, ven! Acércate. Quema, empapa, sopla e impacta. O como susurro apacible, ven. Ven directo hacia nosotros, toca nuestros corazones.
