Marzo 5
“Que nadie diga cuando es tentado: ‘Soy tentado por Dios’. Porque Dios no puede ser tentado por el mal y Él mismo no tienta a nadie”. Santiago 1:13
Cuando llegamos a la fe en Jesucristo y las cadenas del pecado son rotas, varias cosas se vuelven verdad de inmediato sobre nosotros. Somos transferidos de la muerte a la vida y el Espíritu de Dios viene a morar en nosotros. Somos colocados en Su familia. Somos redimidos, transformados y vueltos a nacer. El pecado ya no reina en nuestra vida. Sin embargo, sí permanece en nosotros.
Al confiar en Cristo, no estamos viviendo una vida de comodidad en la que somos exentos de los ataques del maligno ni de las sutiles tendencias de nuestro propio corazón. En cambio, desde el momento de la conversión hasta el momento de ver a Cristo y ser hecho como Él, el cristiano participa en una “guerra continua e irreconciliable”¹ contra la tentación.
La Escritura está llena de advertencias sobre la tentación: esa atracción hacia pecar y hacia el mal que todos experimentamos. La tentación no es simplemente la seducción de locuras o de actos impensables, sino el impulso de tomar las cosas buenas que Dios nos ha dado y usarlas (o malversarlas) de maneras pecaminosas contra Dios. En Cartas del diablo a su sobrino, C. S. Lewis alude a esta sutileza del pecado cuando Escrutopo exhorta a su aprendiz a “incitar a los humanos a gozar los placeres que nuestro Enemigo [es decir, Dios] ha inventado, en momentos, o en formas, o en grados que Él ha prohibido”.²
La Escritura es clara en que Dios nunca es y no puede ser la fuente de la tentación. Cuando Santiago dice que “Dios… no tienta a nadie”, fundamenta su afirmación en el carácter de Dios. Él no puede tentar a otros al mal porque Él mismo es invulnerable a él. Tentar a otros al mal requeriría un deleite en el mal que Dios no posee.
La palabra traducida como “tentar” también puede ser traducida “probar”. Por lo tanto, cuando nuestra naturaleza caída convierte una tentación en pecado, también se trata de una prueba que puede fortalecer nuestra fe. Cuando enfrentamos un tiempo de pruebas que Dios permite, debemos recordar que Su propósito no es nuestro fracaso, sino nuestro beneficio. El diablo anhela que fallemos, pero Dios anhela que salgamos victoriosos. Él está a favor nuestro y mueve todas las cosas, incluso las pruebas y las tentaciones, para nuestro bien.
Así que ¿contra qué tentaciones luchas (o te rindes) de manera regular? Aprende a verlas como tentaciones, pero también como oportunidades; como momentos para escoger la obediencia, para agradar a tu Padre, para crecer en semejanza a Cristo, para ganar una victoria en tu guerra continua. “Resistan… al diablo y huirá de ustedes” (Stg 4:7).
1 Confesión de fe de Westminster 8.2.
2 C. S. Lewis, trad. Miguel Marías, Cartas del diablo a su sobrino (1942; Editorial Andrés Bello, 1993), 60.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
