El trabajo cotidiano como servicio a Dios

Para aquellos que secretamente albergan sospechas sobre si pueden servir verdaderamente a Dios en sus tareas cotidianas y mundanas, Lutero ofrece un útil correctivo.
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¿Sientes que las tareas rutinarias y sencillas no poseen valor eterno? La doctrina reformada de la vocación ofrece un bálsamo. 

Entre los muchos temas en los que esperaba absorberme como pastor, no anticipé que gran parte de mi enseñanza y consejería se dedicaría a la doctrina de la vocación. Aclarar las grandes preguntas teológicas, ayudar a los santos atribulados a encontrar la certidumbre de la salvación, resolver problemas relacionales, predicar el evangelio, defender la fe y pastorear a las ovejas de Cristo a través del sufrimiento personal serían los asuntos primordiales del ministerio.

Sin embargo, a medida que conocía mejor a los miembros de nuestra iglesia y a los asistentes regulares, observé que varias de estas personas, muchas de ellas cristianos teológicamente bien fundamentados, tenían una perspectiva errónea de su trabajo diario. El problema no era que estos creyentes cedieran con demasiada facilidad a la tentación de idolatrar su trabajo y ubicar toda su identidad en lo que hacían para ganarse la vida, aunque eso era un problema para algunos. Para quienes buscaban activamente caminar en fidelidad a Jesús, el peligro de adorar el trabajo era un riesgo que con frecuencia se discernía con facilidad y se superaba con éxito.

El trabajo cotidiano también tiene valor eterno delante de Dios. / Foto: Pexels

Más bien, mi preocupación era que varias de las personas con las que interactuaba veían el trabajo principalmente como una carga, un simple medio para un fin mayor (es decir: más espiritual), que debían soportar en su camino al cielo. Por tanto, creían que lo que hacían durante el día para obtener ingresos o administrar el hogar no era ni de cerca tan importante como lo que hacían en el salón de la escuela dominical o en el viaje misionero. Me quedó claro que mis esfuerzos en el discipulado implicarían reorientar a estos creyentes hacia una visión más robusta del trabajo y la vocación.

Estoy agradecido de que, para varios de estos cristianos, el redescubrimiento de la doctrina bíblica del trabajo ha transformado no solo la manera en que abordan sus empleos, sino también la forma en que entienden su servicio a Dios. En este proceso, Dios ha usado a Martín Lutero para darme un mejor fundamento bíblico sobre este tema importante y su relación con el discipulado.

Redescubrir la doctrina bíblica del trabajo transforma la manera de servir a Dios. / Foto: Lightstock

Justificación por la fe y la doctrina de la vocación

Los grandes redescubrimientos de la Reforma se expresan en lo que se ha llegado a conocer como las cinco solas. El hombre es justificado solo por la fe (sola fide), solo en Cristo (solus Christus), solo por la gracia de Dios (sola gratia), solo para la gloria de Dios (soli Deo gloria). Encontramos estas verdades y todo lo demás necesario para la vida y la piedad solo en la Escritura (sola Scriptura). Para Lutero, el descubrimiento de la justificación por la fe alivió su cargada conciencia de los dolores de la culpa y le dio entrada a un “paraíso” de paz con Dios. Pero estas verdades también transformaron la comprensión que Lutero tenía del ministerio, el trabajo y la familia.

Debido a su doctrina del hombre y su visión sinérgica de la salvación y los sacramentos, la iglesia medieval había desarrollado, y en la época de la Reforma aún mantenía, una marcada distinción entre lo “sagrado” y lo “secular”. Debido a la teología de la gracia infundida de la iglesia medieval, los hombres y las mujeres veían a la iglesia y al monasterio como el lugar donde ocurría el verdadero trabajo espiritual. Por implicación, la iglesia enseñaba que ciertos llamados en la vida eran inherentemente más santos que otros. El sacerdote, por ejemplo, estaba en una mejor posición para asegurar su lugar en el cielo que el zapatero, porque el primero servía a Dios mientras que el segundo solo se servía a sí mismo. El monje habitaba más cerca de Dios que el agricultor, porque la unión con Cristo se lograba por medio de la meditación y oración solitarias, no por el humilde trabajo de labrar y cuidar la tierra.

Para Lutero, el descubrimiento de la justificación por la fe alivió su cargada conciencia de los dolores de la culpa. / Imagen: Lucas Cranach el Viejo

Incluso la palabra “vocación”, antes de la Reforma, se refería específicamente a los llamados relacionados con la iglesia, como servir de sacerdote, monje o monja. Lutero recuperó esta palabra y la usó en su lugar para referirse a cada llamado que un cristiano pudiera cumplir legítimamente: zapatero, agricultor, panadero, herrero, esposa, madre, servidor público, etc. Pero su énfasis aquí no fue la decisión arbitraria de un exmonje descontento para socavar la enseñanza de la iglesia. Para Lutero, el trabajo del zapatero era tan valioso como el del sacerdote precisamente porque la justificación se recibía solo por la fe. Un pecador no entraba en unión con Cristo ni ganaba su posición justa delante de Dios a base de la contemplación mística o la actividad religiosa. La justicia salvadora se recibía de inmediato, no como un proceso, por la fe.

La doctrina de la justificación por la fe, entonces, eliminó la distinción entre los llamados empleos sagrados y seculares porque enseñaba que el trabajo de uno, ya fuera relacionado con la iglesia o de otro tipo, nunca determinaba la salvación propia. Las Escrituras tampoco exigían que los hombres y las mujeres descuidaran sus llamados diarios o a su prójimo necesitado a fin de realizar las buenas obras necesarias para alcanzar la salvación. Si la justificación era una declaración legal de una vez por todas basada únicamente en la justicia de Cristo recibida por la fe, entonces no había necesidad de buscar la gracia infundida participando sin cesar en rituales sacramentales en la iglesia o retirándose del mundo hacia el monasterio.

Para Lutero, el trabajo del zapatero tenía el mismo valor que el del sacerdote. / Foto: Grok

Redefinición de las buenas obras

Una implicación clara de la doctrina de la justificación era que no existían esferas exclusivas de actividad religiosa que proporcionaran un acceso único al tipo de obras que agradaban a Dios. Más bien, cuando un pecador es declarado justo independientemente de las obras, queda libre para realizar buenas obras en cada área de su vida: en el hogar, en el horno, en la granja o en la plaza pública. Liberado de la necesidad de asegurar su salvación mediante una atención rigurosa a los sacramentos, el creyente ahora es verdaderamente libre para servir a su prójimo. Lutero comenta:

El hombre, sin embargo, no necesita ninguna de estas cosas [buenas obras] para su justicia y salvación. Por tanto, debe guiarse en todas sus obras por este pensamiento y contemplar solo esta cosa: que puede servir y beneficiar a los demás en todo lo que hace, sin considerar nada excepto la necesidad y la ventaja de su prójimo.

Cuando un pecador es declarado justo independientemente de las obras, queda libre para realizar buenas obras en cada área de su vida. / Foto: Unsplash

La redefinición de las buenas obras de Lutero le permitió al creyente ver que cualquier trabajo realizado en fe era una oportunidad para reflejar a su Creador y amar a su prójimo. Una madre proporciona comida, ropa y un hogar bien cuidado para sus prójimos más cercanos: sus hijos y su esposo. El zapatero proporciona calzado de calidad a sus clientes y un sustento razonable a cualquiera que pueda emplear. El agricultor suministra alimentos para la comunidad en general. El herrero forja herramientas que le permitirán a su prójimo trabajar de manera eficiente y eficaz. El pastor proporciona sustento espiritual a los hombres y mujeres de su congregación. 

En cada caso, el cristiano está ejerciendo dominio en su llamado específico y sirviendo a su prójimo. Tal trabajo, cuando se realiza “en fe, con alegría de corazón, en obediencia y gratitud a Dios”, es agradable al Señor. Como bromeó célebremente Gustov Wingren en un resumen de la enseñanza de Lutero en este punto: “Dios no necesita nuestras obras, pero nuestro prójimo sí”. 

Toda vocación es una oportunidad para amar al prójimo y glorificar a Dios. / Foto: Pexels

La tarea del discipulado y la doctrina de la vocación

Las ideas de Lutero aquí tienen una aplicación inmediata a la tarea del discipulado. Ya sea el hermano celoso que ve el ministerio pastoral como el llamado más alto del hombre y desprecia cualquier tipo de empleo “secular”, la madre de cuatro hijos que se pregunta qué tiene que ver cambiar pañales y limpiar narices con servir a Dios, o el joven que justifica su mala ética de trabajo porque “el evangelismo es lo que realmente importa”, la recuperación de una doctrina de la vocación integral hará mucho para brindar equilibrio bíblico, alegría y propósito a la vida diaria de nuestra gente.

Sin embargo, la recuperación de la doctrina de la vocación por parte de Lutero no se centró solo en la forma en que el creyente abordaba su llamado, cualquiera que este fuera. Sí, un cristiano debe realizar su trabajo diario con excelencia, pero para comprender la plenitud de la doctrina de la vocación, una persona tenía que ver la obra de Dios en la forma en que Él había orquestado providencialmente la interdependencia mutua de la humanidad. Esto es a lo que Lutero se refería cuando llamaba a nuestras vocaciones “las máscaras de Dios”. Nos encontramos con el panadero que prepara y suministra nuestro pan, pero detrás de este panadero hay un Creador bondadoso que provee fielmente para Sus criaturas. Lejos de servir como un simple medio para un fin más espiritual, nuestro trabajo tiene una dignidad y un valor inherentes porque es el medio elegido por Dios para proveer para Sus criaturas.

Dios usa nuestra vocación para servir a otros y proveer para Su creación. / Foto: Unsplash

Sin embargo, en nuestra tarea de discipulado no podemos pasar por alto la conexión teológica que Lutero hizo entre la vocación y la justificación por la fe. Corregir el pensamiento de nuestra gente en el área de la vocación no se logrará simplemente defendiendo la bondad inherente del trabajo. Cuando descubrimos que nuestra gente ve sus trabajos o sus tareas diarias de crianza como actividades de segundo nivel que, en términos de trascendencia eterna, palidecen en comparación con enseñar una clase bíblica o trabajar en la guardería el domingo, es posible que hayan asimilado una perspectiva que está más alineada con la teología medieval que con la doctrina bíblica. En otras palabras, una visión desalentadora del trabajo puede indicar que tu gente necesita una mejor comprensión de la justificación por la fe y sus implicaciones sobre cómo definir las buenas obras, a pesar de que acabas de completar un estudio de tres años en libro de Romanos.

Conclusión

El redescubrimiento de la vocación de Lutero sirve a la iglesia al darnos lo que Gene Edward Veith llama “una teología para la vida ordinaria”. Aunque son esfuerzos completamente válidos y que valen la pena, un cristiano no necesita mudarse al campo misionero, dedicarse al ministerio pastoral o comprometerse con el evangelismo a tiempo completo para servir a Dios. Tampoco necesitamos retirarnos a enclaves espirituales para experimentar a Dios por medio de la contemplación mística solitaria. Más bien, como continúa Veith:

La vida cristiana debe vivirse en la vocación, en los caminos aparentemente ordinarios de la vida que ocupan casi todas las horas de nuestro día. La vida cristiana debe vivirse en nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra comunidad y en nuestra iglesia. Tales cosas parecen mundanas, pero esto se debe a nuestra ceguera. En realidad, Dios está presente en ellas, y en nosotros, de una manera poderosa, aunque oculta.

Dios está presente en la vida ordinaria y nos llama a servirle desde allí. / Foto: Unsplash

Para quienes albergan secretamente sospechas sobre si verdaderamente pueden servir a Dios en sus tareas diarias y mundanas, Lutero ofrece un correctivo útil. Para los pastores, debido a que la doctrina de la vocación, por definición, abarca la totalidad de la vida, debe convertirse en una pieza central de nuestro trabajo de discipulado. Así que, ya que siempre nos estamos reformando en nuestras labores pastorales, asegurémonos de prestar atención a la instrucción de Lutero y nunca dejemos de enseñar a nuestra gente el valor de sus llamados ordinarios.


Este artículo se publicó originalmente en Credo Magazine.

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