Cristo es el centro de la Biblia

Aunque muchos conocen la Biblia, pocos comprenden cómo es que cada página, desde el principio hasta el fin, revela a una sola persona: Cristo.
Foto: Envato Elements

¿De qué trata la Biblia? Aunque esta pregunta es aparentemente sencilla, no todos los cristianos en el mundo conocen su respuesta. Algunos piensan en un manual de conducta moral; otros la ven como una colección de historias inspiradoras o una guía espiritual para tiempos difíciles. Pero si prestamos atención a la intención divina revelada en sus páginas, descubrimos algo más profundo: toda la Escritura gira en torno a una persona, Jesucristo. Él no es solo un personaje central, sino la clave para entender cada parte del relato bíblico.

Desde el principio hasta el fin, la Biblia presenta un mensaje unificado: Dios redime a Su pueblo por medio de Su Hijo. Ignorar esta perspectiva nos lleva a una lectura fragmentada, centrada en nosotros mismos, buscando fórmulas prácticas y promesas personales sin reconocer el hilo conductor que da sentido a todo. Reconocer a Cristo como el centro de la Biblia transforma nuestra manera de leer, orar, vivir y adorar. No se trata solo de una afirmación teológica, sino de una realidad que debe moldear nuestra vida entera.

La frase “Cristo es el centro de la Biblia”, aunque repetida con frecuencia en sermones, libros y conversaciones cristianas, muchas veces se menciona sin una comprensión clara. Quizás suena bien a modo de lema, pero es una expresión hueca si no la entendemos a cabalidad. Veamos brevemente 4 ideas que nos ayudan a entender esta gloriosa verdad de que la Escritura gira entorno a nuestro Salvador.

La Biblia no es principalmente sobre nosotros, sino sobre Cristo: el centro, el sentido y la razón de cada página. / Foto: Lightstock

1. Cristo es el centro de la Biblia porque Él mismo lo dice

En primer lugar, Jesús afirmó ser el centro de las Escrituras. En el camino a Emaús, se acercó a dos discípulos que hablaban de Su crucifixión con tristeza y confusión. Entonces les dijo: 

Entonces Jesús les dijo: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en Su gloria?”. Comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras… Después Jesús les dijo: “Esto es lo que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre Mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos” (Lc 24:25-27, 44).

En otra ocasión, al responder a los fariseos, Jesús dijo: “Ustedes examinan las Escrituras porque piensan tener en ellas la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio de Mí! Pero ustedes no quieren venir a Mí para que tengan esa vida” (Jn 5:39-40). 

Estas declaraciones nos muestran que, según el mismo Cristo, toda la Escritura testifica de Él. Si creemos que Él en efecto murió y resucitó, también debemos creer que toda la historia de redención encontró su pleno cumplimiento en Él. 

Jesús no solo está en la Biblia; es de quien toda la Biblia habla. Lightstock

2. Cristo es el centro del Antiguo Testamento

Aunque muchos piensan que el Antiguo Testamento es solo una recopilación de leyes, historias y profecías independientes, su verdadero corazón late con la esperanza del Mesías. Desde el principio, en Génesis 3:15, Dios promete una simiente que aplastará la cabeza de la serpiente. Esta simiente es Cristo, como lo afirma Pablo en Gálatas 3:16. Dios escogió a Abraham y le prometió una descendencia por la cual serían benditas todas las naciones (Gn 12:7). Esta promesa se reafirma en el pacto mosaico (Ex 24) y se extiende en el pacto con David, quien recibiría un trono eterno (2 S 7:16). Los profetas hablaron de Emanuel (Is 7:14), del Siervo Sufriente (Is 53) y del Rey justo que traería redención.

Estos anuncios no eran vagos deseos o simples sombras; eran apuntes directos a la persona y obra de Jesús. No solo es cierto que la Ley de Moisés nos ofreció sombras del pago por los pecados en el sacrificio de animales. Además, cada patriarca, sacerdote, rey y profeta que falló en su llamado, prefiguraba al Único que sería fiel: Jesucristo. En Él se cumplen todas las promesas y figuras del Antiguo Testamento.

El Antiguo Testamento no apunta a una idea, sino a una persona: Cristo, promesa cumplida y esperanza eterna. / Foto: Jhon Montaña

3. Cristo es el centro del Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento, la identidad de Jesús como el Mesías prometido se revela con claridad y plenitud. Mateo presenta Su nacimiento virginal como el cumplimiento directo de la profecía de Isaías: “Miren, la virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel”, que traducido significa: ‘Dios con nosotros’” (Mt 1:23; cf. Is 7:14). Desde el inicio de su Evangelio, Mateo muestra que Jesús no es un maestro más ni un profeta cualquiera, sino el cumplimiento vivo de todas las promesas mesiánicas. Jesús mismo afirmó que no vino a abolir la Ley ni los Profetas, sino a cumplirlos: “No se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley hasta que toda se cumpla” (Mt 5:18), mostrando así que Su venida no fue un giro inesperado, sino la meta a la que apuntaba toda la Escritura.

Pablo declara que “Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree” (Ro 10:4), es decir, el propósito y cumplimiento de todo lo que la Ley señalaba. Juan lo presenta como el Cordero de Dios, el verdadero sacrificio sustitutivo que quita el pecado del mundo (Jn 1:29), en cumplimiento de todo el sistema sacrificial del Antiguo Pacto. El autor de Hebreos refuerza esta idea al declarar que Cristo es el mediador de un nuevo pacto, sellado con Su propia sangre, por medio del cual los redimidos reciben la promesa de la herencia eterna (Heb 9:15). Él es tanto el Sumo Sacerdote perfecto como el sacrificio final que nunca necesita repetirse (Heb 10:10-14).

Cada Evangelio narra distintos aspectos de Su vida, muerte y resurrección, pero todos convergen en una misma verdad: Jesús es el cumplimiento pleno de la promesa de salvación. Las cartas apostólicas interpretan Su obra y enseñan sus implicaciones para la vida de la iglesia. Al final, el Apocalipsis lo presenta como el Cordero glorificado que reina sobre todas las cosas. 

Jesús no interrumpe la historia bíblica, la cumple. Toda Escritura encuentra en Él su propósito y plenitud. / Foto: Lightstock

4. Cristo es el centro porque demostró ser Dios mismo

Jesús mismo afirmó Su preexistencia divina al declarar: “Antes que Abraham naciera, Yo soy” (Jn 8:58), identificándose con el nombre divino revelado a Moisés. Juan proclama que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1:14), y Pablo resume el corazón del evangelio diciendo que Cristo, prometido por Dios en las Escrituras, fue declarado Hijo de Dios con poder por Su resurrección de entre los muertos (Ro 1:2-4).

Entonces, Cristo no fue simplemente un gran maestro o un modelo moral; Él es Dios encarnado. Colosenses 1:15-17 lo presenta como “la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación”, y afirma que “todo ha sido creado por medio de Él y para Él”. Esta afirmación se refuerza en Colosenses 2:9, donde se declara que “toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en Él”. Esta verdad transforma nuestra esperanza: no está basada en una figura simbólica ni en una doctrina abstracta, sino en una Persona viva, gloriosa y eterna. Por eso Pablo afirma que “Cristo en ustedes, la esperanza de gloria” (Col 1:27), y nos recuerda que, así como Dios resucitó a Cristo, también nos resucitará a nosotros por medio de Su poder (1 Co 6:14).

La divinidad de Cristo asegura que Su obra es perfecta, suficiente y eterna. Él es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Ti 2:5), la simiente incorruptible que da vida a través del nuevo nacimiento (1 Pe 1:23), y el escogido desde antes de la fundación del mundo para traer salvación a los Suyos (Ef 1:4-6).

Nuestra esperanza no descansa en una idea, sino en Cristo: Dios hecho carne, vivo y eterno. / Foto: Unsplash

Conclusión: Cristo es, entonces, el centro de nuestras vidas

Si Cristo es el centro de la Biblia, también debe ser el centro de nuestras vidas. El apóstol Pedro nos llama a seguir Sus pisadas (1 Pe 2:21), y Juan nos exhorta a andar como Él anduvo (1 Jn 2:6). Pablo dice que somos transformados de gloria en gloria en Su imagen (2 Co 3:18), y Jesús mismo nos invita a aprender de Él (Mt 11:29).

Ver a Cristo en el centro nos libera. Ya no debemos cargar con la culpa de nuestros pecados ni con la presión de salvarnos por nuestras propias obras. La justicia de Cristo es nuestra justicia. Su perfección es nuestro refugio. Su cruz es nuestra reconciliación. Por eso, cuando enfrentamos la tentación, el dolor, la enfermedad o la alegría, podemos verlos a la luz de Cristo. Nuestra historia no termina en la prueba ni en el éxito temporal. Nuestra historia está escondida con Cristo en Dios (Col 3:3-4).

Susana De Cano

Susana de Cano, está casada con Sergio y tienen tres hermosos hijos. Es diaconisa de Iglesia Reforma en Guatemala, donde sirve en discipulado y consejería. Estudia una Licenciatura en Teología en Semper Reformanda y Consejería Bíblica en CCEF. Puedes leer lo que escribe de Su Salvador Jesucristo en Instagram @ella_habla_verdad, y en su blog https://medium.com/hablemos-verdad

Artículos por categoría

Artículos relacionados

Artículos por autor

Artículos del mismo autor

Artículos recientes

Te recomendamos estos artículos

Siempre en contacto

Recursos en tu correo electrónico

¿Quieres recibir todo el contenido de Volvamos al evangelio en tu correo electrónico y enterarte de los proyectos en los que estamos trabajando?

.