Últimamente, he tenido el privilegio de estudiar la carta a los Efesios junto a las mujeres de mi iglesia local. Por medio de este estudio hemos contemplado la profundidad del evangelio de Jesucristo, nuestra identidad en Él y diversos elementos cruciales para nuestra vida cristiana. Pero en este artículo me gustaría compartir un aspecto particular que estudiamos en nuestro último encuentro: la importancia de la iglesia local. Al ascender a los cielos, Dios el Padre dio a Cristo autoridad sobre todo y lo hizo cabeza de la iglesia, la cual es Su cuerpo y Su plenitud (Ef 1:22-23). Esto nos muestra que la iglesia tiene un nivel glorioso de importancia para Dios y nuestras vidas.
Pero, a pesar de la relevancia que la Biblia le da a la iglesia, observo con preocupación que, aunque hoy abundan recursos sólidos en redes sociales sobre cómo ser una mujer cristiana fiel, el tema de la iglesia de Cristo no se enseña con la frecuencia y urgencia necesarias. Consideremos brevemente la relación entre la feminidad bíblica y la iglesia local.
Mujer fiel, mujer de iglesia local
Nuestra identidad y posición no son el resultado del esfuerzo propio, sino de la gracia de un Salvador bueno y justo que nos redimió e integró a Su cuerpo (Ef 1:4-6). Por tanto, la unión con la iglesia local no nace de una preferencia personal, sino de nuestra propia esencia: fuimos salvados para formar parte de un cuerpo y en esa unidad debemos caminar. No existe una vida cristiana saludable ni madura al margen de la comunidad local. Esto es así porque la iglesia es el eco de las verdades de Dios ante el mundo y el instrumento que Él utiliza para moldearnos a la imagen de Cristo.

Luego de estudiar Efesios, estoy convencida de que debemos urgentemente no solo asistir, sino pertenecer a una iglesia local donde participamos en el avance del reino de Dios en la tierra. Debemos orar fervientemente para que Dios nos haga mujeres fieles en nuestras iglesias; mujeres que son pastoreadas, que son discipuladas y que discipulan, y que participan de la unidad del pueblo de Dios. En otras palabras, mujeres que viven el evangelio en la unidad del Espíritu (Ef 4:1-6).
Ahora, pertenecer a la iglesia no es como ser un espectador en una grada, sino como ser un jugador en el campo: nuestra salud espiritual no depende de cuánto vayamos al edificio en donde se reúne la iglesia a observar lo que allí sucede, sino de cuánto nos involucremos en el cuerpo al que ya pertenecemos. Así, quiero compartirte tres aspectos en los que podemos crecer para ser fieles miembros de nuestra iglesia local.

1. Esfuérzate en ser una mujer de oración
Qué descanso es saber que, por el evangelio de Cristo, no estamos llamadas a esforzarnos en nuestra propia voluntad, dependiendo de si tenemos deseos o fuerzas. Cristo ya pagó por nuestra inhabilidad y por nuestro deseo rebelde de vivir para la carne. Al morir en la cruz, Él venció nuestra autosuficiencia. Ahora, podemos obedecer y ser mujeres que oran sin cesar, no por obligación, sino en dependencia de Sus fuerzas.
Cuando oramos por nuestra iglesia, por nuestros pastores y hermanos, le estamos diciendo al Señor: “Yo confío que Tú eres quien cuida, sostiene y prospera Tu iglesia”. La oración es nuestra defensa contra la tentación de poner la mirada en nuestras preferencias o en el deseo de ser vistas. Debemos pelear contra la mentira sutil de que la iglesia se trata de nosotras. Ante cualquier queja o juicio, nuestro corazón debe ser rápido en venir al trono de la gracia y decir: “Señor, trabaja en mí primero; ayúdame a promover la unidad de Tu cuerpo”. Seamos mujeres que, como exhortaba Pablo, perseveran en la oración (Col 4:2), confiando en que Aquel que prometió presentar a Su iglesia en gloria, es fiel para santificarla (Ef 5:27).

2. Valora la bendición de ser pastoreada y discipulada
Solo el poder de Cristo nos permite ir en contra de la corriente orgullosa de nuestro corazón que dice: “No necesitas el consejo de nadie”. En Su buen diseño, Dios ha formado la iglesia local con pastores llamados a velar por las ovejas. El pastor, siendo él mismo una oveja de Cristo, tiene el mandato de pastorearte con gozo (Heb 13:17). Aunque ellos lo harán de forma imperfecta, tu disponibilidad para escuchar y valorar su consejo muestra una humildad que descansa en el Buen Pastor, Jesús.
Es necesario reconocer que muchas han sufrido abuso de autoridad, algo que Dios aborrece profundamente; sin embargo, no podemos permitir que la oscuridad eclipse la belleza del diseño de Dios. Si has pasado por esto, pide al Señor sanidad para no quedarte en la autovictimización y para que te ayude a tomar la responsabilidad de ser, antes que una discipuladora de otros, una mujer que se deja discipular y pastorear con humildad en su propia casa espiritual.

3. Sirve, discipula y haz vida en comunidad
Debemos resistir constantemente el individualismo cristiano, que es profundamente antibíblico. Tu “comunidad” en redes sociales no es una comunidad real. Dios te ha provisto de una familia de carne y hueso donde hay interacción, exhortación y rendición de cuentas. Es cierto: la iglesia local es el lugar que Dios usará para santificar tu vida, y eso duele. Duele porque mata el “yo” y la comodidad.
No fuimos llamadas al aislamiento, sino a ser enseñadas por personas con trasfondos y personalidades diferentes a las nuestras (Heb 10:25). Ese “roce” cotidiano es el que nos enseña a llevar las cargas unos de otros (Col 3:12-14). En lugar de caer en la crítica o el chisme, detente a conocer a las personas de tu congregación; pregunta y aprende antes de juzgar. No ignores este aspecto vital de tu relación con Dios: tu servicio y amor hacia los hermanos con quienes adorarás al Señor por la eternidad. Pidamos al Señor que nos dé una carga real por usar nuestros dones para edificar Su obra (Ef 4:11-13).