Queridas madres ¡no se desanimen!

Queridas madres en la fe, sé que con frecuencia es fácil desanimarse. Entiendo que hay momentos en los que te preguntas “¿El trabajo que estoy haciendo tiene algún impacto?”. En esos momentos sueñas con otra vida, una que, de hecho, te permita soñar ¡porque puedes dormir una noche completa! Dios te ve y escucha tus oraciones. Cuando Pablo le escribió a su pupilo Timoteo, le dijo: «Porque tengo presente la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también.» (2 Tim 1:5). Muchos miraban a Timoteo y veían a un pastor joven y talentoso. Sin lugar a duda, Pablo lo alaba a lo largo de sus cartas. Sin embargo, detrás de este misionero pastor que amaba a la iglesia, estaban unas madres que lo amaron y le enseñaron las Escrituras. Pablo le recuerda esto a Timoteo: «Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús.» (2 Timoteo 3:14-15). No pasemos por alto lo que Pablo afirma aquí. Las madres hacen discípulos, los cuales ayudan a traspasar la fe a la próxima generación. ¿Hay algo más necesario que eso al día de hoy? Puede que parezca mucha presión, pero aquí hay otro estímulo: las madres no son responsables de crear la fe en sus hijos (eso es suficiente para aplastar a cualquiera); simplemente están llamadas a ser fieles en familiarizar a sus hijos con los escritos sagrados. Las Escrituras crean la fe y dan sabiduría (Romanos 10:17). Así lo dijo Pablo en otro lugar: ¿Qué es, pues, Apolos? Y ¿qué es Pablo? Servidores mediante los cuales vosotros habéis creído, según el Señor dio oportunidad a cada uno. Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento. Ahora bien, el que planta y el que riega son una misma cosa, pero cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propia labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. (1 Cor 3:5-9). Las madres plantan la semilla y la riegan, pero Dios es el que da el crecimiento. No podemos transformar a nuestros hijos, pero miramos con fe a Aquel que sí puede hacerlo. Nadie sabía esto mejor que Mónica. Si no estás familiarizado con su historia, ella fue la madre de quien probablemente es el más grande teólogo de Occidente, San Agustín. Los escritos de Agustín continúan impactando a la iglesia actual; sin embargo, durante gran parte de su vida, este gigante teólogo rechazó a Dios. En su autobiografía, Confesiones, Agustín cuenta acerca de las oraciones fieles de su madre (aun cuando parecía no haber esperanza): Porque todavía hubieron de seguirse casi nueve años, durante los cuales continué revolcándome en aquel abismo de barro y tinieblas de error, hundiéndome tanto más cuanto más esfuerzo hacía por salir de él. Entre tanto, aquella piadosa viuda, casta y sobria como la que tú amas, ya un poco más alegre con la esperanza que tenía, pero no menos solícita en sus lágrimas y gemidos, no cesaba de llorar por mí, en tu presencia, en todas las horas de sus oraciones, las cuales no obstante ser aceptadas por ti, me dejabas, sin embargo, que me revolcara y fuera envuelto por aquella oscuridad. (Libro III, XI). Quizás el momento más glorioso en las Confesiones es cuando Mónica se entera de la conversión de Agustín: Le contamos el modo cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba victoria, por lo cual te bendecía a Ti, que eres poderoso para darnos más de lo que pedimos o entendemos, porque veía que le habías concedido, respecto de mí, mucho más de lo que constantemente te pedía con gemidos lastimeros y llorosos (Libro VIII, XII). Luego de años de intensa labor en el campo de la oración, ella vio el fruto que solamente Dios podía traer. Tal vez no veas el fruto de tus labores hoy, pero cobra ánimo, Dios te ve y te escucha. Cosecharás lo que sembraste. Su trabajo, queridas madres, es sin duda muy difícil y a menudo, no es alabado. Hace poco caí en cuenta de eso, mientras caminaba con mis cuatro hijos. Casi todas las personas con quienes nos encontramos comentaban lo impresionadas que estaban: “¡Eres un gran padre!” y “¡Mírate!”. Tristemente, con frecuencia las madres no reciben ese tipo de reconocimiento ¿Dónde estaría la iglesia o el mundo sin Loida, Eunice y Mónica? Sin madres piadosas, la sociedad en verdad se derrumbaría, porque es a través de las madres que Dios trae salvación al mundo. En ningún otro lugar se ve esto con mayor claridad que en lo que a menudo se conoce como el protoevangelio (de protos que significa primero y euangelion que significa buenas nuevas). Es la promesa del evangelio, allá al inicio en Génesis 3:15, donde Dios le dijo a la serpiente: «Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar». Fue a través de la virgen María que Dios el Hijo se encarnó y nació para nosotros y para nuestra salvación. Dios usó a una madre para traer a quien sería la redención de la humanidad, Jesús. Al día de hoy, Dios todavía usa madres para llevar el evangelio hasta los confines de la tierra.

Adriel Sanchez

Adriel Sánchez es pastor de North Park Presbyterian Church, una congregación de la Iglesia Presbiteriana de América. Además de sus responsabilidades pastorales, también sirve como un anfitrión del programa de radio Core Christianity. Él y su esposa Ysabel viven en San Diego, California con sus tres hijos.

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