El inicio de un nuevo año siempre trae consigo una atmósfera de expectativa. Recientemente, la encuesta de predicciones globales de Ipsos reveló un dato fascinante: aunque muchos consideran que el 2025 fue un año difícil, una gran mayoría se muestra notablemente optimista respecto al 2026, creyendo que será un mejor año en diversos sentidos. Me llamó la atención observar que mi país, Colombia, se sitúa como uno de los países más optimistas en las estadísticas globales. Como sociedad, parece que tenemos una capacidad inagotable para esperar que el giro del calendario traiga consigo el bienestar que el presente nos niega.
No hay nada intrínsecamente malo con el optimismo. De hecho, la esperanza de que las cosas saldrán bien es un motor poderoso para el trabajo y la perseverancia. Muchos manuales de psicología y libros de autoayuda coinciden en que una actitud optimista es fundamental para la salud mental y el éxito personal. Sin embargo, como creyentes, debemos hacernos una pregunta más profunda: ¿qué es exactamente lo que llena nuestras mentes y anhelos para el año que comienza? ¿En qué hemos puesto nuestra esperanza de que las cosas “mejoren”?
La mencionada encuesta revela que las personas esperan mejoras en la economía, en la estabilidad política y en el orden social. Son anhelos comprensibles en un mundo lleno de incertidumbre. Pero ¿es ese nuestro más grande anhelo? Lamentablemente, la cultura tiene tal poder sobre nosotros que terminamos deseando exactamente lo mismo que quienes no conocen a Dios. No está mal desear una economía más próspera o estabilidad laboral, pero el peligro radica en que, al dejarnos influenciar por el espíritu de este mundo, dejemos de lado los deseos bíblicos. Cuando acudimos a la Escritura, descubrimos que nuestro anhelo para el 2026 debería estar anclado en una realidad totalmente distinta.

Lo que influencia nuestros deseos
En los tiempos del Nuevo Testamento, los cristianos también se encontraban bajo el bombardeo constante de diversas influencias que buscaban moldear sus mentes. Por un lado, las iglesias en ciudades gentiles eran empujadas hacia las prácticas paganas e inmorales de la cultura griega. Por otro lado, los judaizantes, quienes estaban presentes en gran parte del mundo conocido, invitaban a los creyentes a abandonar la suficiencia de Cristo para confiar en el cumplimiento de la ley como medio de salvación. Ambas corrientes, la libertina y la legalista, eran profundamente peligrosas porque alejaban al corazón de la cruz.
En su epístola a los filipenses, particularmente en el capítulo 3, el apóstol Pablo manifiesta una preocupación punzante por estas influencias. Tan nociva considera la enseñanza de los judaizantes que utiliza palabras fuertes: “Cuídense de esos perros, cuídense de los malos obreros, cuídense de la falsa circuncisión” (v 2). En la dirección opuesta, para protegerlos de la mundanalidad, los exhorta a mirar a quienes caminan en fidelidad: “Hermanos, sean imitadores míos, y observen a los que andan según el ejemplo que tienen en nosotros” (v 17).

La razón de esta urgencia es que aquello que llena nuestra mente tiene consecuencias eternas. Pablo escribe con un corazón quebrantado: “Porque muchos andan como les he dicho muchas veces, y ahora se lo digo aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo” (v 18). Al enfrentar el nuevo año, con todas sus expectativas y sueños, corremos el riesgo de alejarnos de la cruz de manera sutil. Quizás el peligro no sea un ateísmo intelectual, sino un ataque silencioso al corazón, que nos lleva a desear de tal manera lo terrenal que lo eterno deja de interesarnos. El temor de Pablo era que la mente de los filipenses dejara de pensar en lo celestial para enfocarse únicamente en lo temporal.
Analicemos brevemente cómo Pablo describe una mente llena de lo terrenal y una mente llena de lo eterno.

Una mente terrenal
Al describir a estos “enemigos de la cruz”, Pablo no se enfoca solo en su maldad externa, sino en el objeto de sus pensamientos: “…cuyo fin es perdición, cuyo dios es su apetito y cuya gloria está en su vergüenza, los cuales piensan solo en las cosas terrenales” (v 19). Sí, estas personas se enorgullecían de cosas vergonzosas, pero esa no es toda la historia; también habían convertido sus apetitos , es decir, sus deseos y necesidades temporales, en un “dios”. Su problema no era simplemente el amor por lo inmoral, sino la deificación de lo físico y lo inmediato.
Es importante aclarar que no está mal tener necesidades o disfrutar de los regalos de Dios. Fue Él quien puso en nosotros el deseo de comer y quien provee los alimentos para saciarnos. El problema surge cuando cualquier regalo temporal se convierte en el centro absoluto de nuestra mente. Pablo resume esta condición como aquellos que “piensan solo en las cosas terrenales”. En el contexto de un nuevo año, este es el estado de quien vive consumido por la preocupación exclusiva del dinero, el clima, la familia, el trabajo o la salud. Aunque estas cosas son importantes, se vuelven mortales para el alma cuando ocupan el lugar que le corresponde a Dios.

Si nuestra mente para el nuevo año está llena únicamente de proyecciones financieras o metas de bienestar físico, estamos operando bajo una mentalidad terrenal que ignora el sacrificio de Cristo. El diablo no nos aleja de la cruz solo por medio de una exposición del ateísmo, sino que nos seduce para que nos preocupemos desmedidamente por lo temporal. Una mente saturada de lo terrenal es una mente que, aunque se confiese cristiana, vive como si este mundo fuera su hogar definitivo.
Pero entonces, ¿cómo se ve una mente llena de lo eterno?
Una mente celestial
Como alternativa a esta mentalidad, Pablo nos presenta la perspectiva eterna en los versículos finales del capítulo. Aquellos que son un ejemplo para la iglesia tienen su mente puesta en una realidad superior:
Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de Su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a Él mismo (vv 20-21).

La mente del cristiano no debe estar llena de las promesas de los candidatos políticos para el 2026, ni de las proyecciones económicas del país. Nuestra mente debe estar llena de la esperanza de nuestra ciudadanía celestial. Cristo, nuestro verdadero Rey, es quien satisfará todos nuestros anhelos más profundos. Mientras el mundo busca la perfección en el gimnasio o en la medicina, nosotros sabemos que solo Cristo transformará nuestra vida afectada por el pecado en una comunión perfecta con Dios.
Me llama profundamente la atención la palabra “ansiosamente”. Para la iglesia primitiva, la venida de Cristo era una realidad inminente que podía ocurrir en cualquier instante. Sus vidas no estaban definidas por planes a diez años, sino por vivir santamente en el presente, esperando la aparición de su Señor. Esto no significa que planear para el 2026 sea incorrecto; preparar el futuro es un acto de sabiduría. Sin embargo, no debemos planear como el mundo, depositando nuestra esperanza suprema en lo que el calendario nos traerá. Nuestra esperanza no está en la política o la economía, sino en que el Señor puede llegar en el año que comienza.
Optimismo cristiano
Entonces, ¿en qué consiste el verdadero optimismo cristiano para el año nuevo? No se trata de una fe ciega en que tendremos más dinero o mejor salud, sino en la certeza de que el Señor Jesús puede volver en cualquier momento. El optimismo del creyente radica en saber que quizás el día en que veamos Su rostro cara a cara será uno de los días de este año que inicia.

Al enfrentar este nuevo ciclo, debemos hacernos la misma pregunta que el apóstol planteó implícitamente a los filipenses. ¿Es la venida de Cristo y nuestra ciudadanía celestial lo que llena mi mente para el año nuevo? Si nuestras expectativas para el 2026 están puestas únicamente en lo terrenal, terminaremos el año con la misma insatisfacción de siempre. Pero si nuestra mente está llena de la esperanza de Su gloria, viviremos con un gozo que ninguna circunstancia económica o política podrá arrebatarnos.
Que el Señor nos permita ser optimistas, no por lo que el mundo promete, sino por Aquel que viene a transformar todas las cosas. Que nuestro clamor sea: “El Espíritu y la esposa dicen: ‘Ven’” (Ap 22:17). En este 2026, ven, Señor Jesús.