No comprendí plenamente la importancia de la influencia parental hasta que me mudé a la región de Northwoods, en Wisconsin, y comencé a trabajar en Victory Academy for Boys.
Mientras estuve allí, ministré a adolescentes en crisis, y cada familia que enviaba a su hijo a nuestra escuela tenía un elemento vital en común: papá y mamá habían perdido algo sin lo cual es imposible ejercer la paternidad. Habían perdido su influencia.
La capacidad de influir en nuestros hijos rara vez se valora hasta que se pierde, y cuando se pierde, es muy difícil de recuperar. Bondadosamente, la Palabra de Dios nos enseña qué es la influencia y cómo mantener este invaluable recurso en la crianza.

1. ¿Qué es la influencia?
Merriam-Webster define la influencia como “el poder de producir cambios sin forzarlos directamente”.
Influimos en atributos internos como la personalidad de nuestros hijos; influimos en atributos externos como la manera en que se visten; pero todo cambio duradero proviene únicamente del poder de Dios y de Su Palabra.
De todas las palabras bíblicas que describen la influencia que debemos tener sobre nuestros hijos, una de las más dinámicas es la palabra griega noutheteo.

Jay Adams gustaba tanto de esta palabra que acuñó el término “Consejería Noutética” y fundó NANC (National Association of Nouthetic Counselors), que ahora es ACBC (Association of Certified Biblical Counselors). Considero que es la palabra más dinámica del Nuevo Testamento para describir la influencia, ya que constituye un aspecto vital de una vida familiar intencional que honra a Cristo. Las definiciones comúnmente aceptadas de noutheteo incluyen “poner en la mente”, “advertir”, “amonestar” (la traducción más común) y “usado para instrucción y advertencia”.
Algunos de nosotros somos muy buenos influyendo mediante la edificación y el ánimo, lo cual puede hacerse a una distancia cómoda. Pero los mandatos de reprender, corregir y amonestar suelen incomodar nuestro espacio personal. Nuestros hijos pueden apreciar nuestra enseñanza cuando “impartimos verdad”; sin embargo, la amonestación hiere su orgullo, porque la verdad de Dios les muestra que están equivocados, les advierte y exige un cambio. No obstante, noutheteo es la forma de influencia más fácil de perder. La amonestación es eternamente necesaria en nuestras familias, pero no la practicamos porque no nos gusta hacerlo, o no la hacemos de la manera correcta.

2. Los requisitos previos de la amonestación
“No lo tengan por enemigo, sino amonéstenlo como a un hermano” (2Ts 3:15).
No se puede amonestar a un incrédulo. No se puede influir en el no salvo de una manera que realmente importe. “Ahora bien, hermanos, les mandamos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la doctrina que ustedes recibieron de nosotros” (2Ts 3:6). Existe un número desgarrador de padres que asumen que sus hijos son salvos, pero han estado intentando amonestar a una persona espiritualmente muerta. Ese tipo de crianza es desesperanzador.
Por supuesto, cría a tus hijos en la disciplina y amonestación del Señor; pero si rechazan esa formación e ignoran repetidamente la amonestación que honra a Cristo, debes reenfocar tus esfuerzos hacia la evangelización. A veces perdemos nuestra capacidad de influir porque estamos intentando hacer caminar a un cuerpo muerto.
En situaciones como esta, debemos influir con el evangelio.

3. El fundamento de la amonestación
“No les escribo esto para avergonzarlos, sino para amonestarlos como a hijos míos amados” (1Co 4:14).
No se puede amonestar a alguien a quien no se ama. Si estoy enojado o irritado, lo que digo probablemente no sea amonestación. Es imposible amonestar bíblicamente cuando mi objetivo es que dejes de hacer algo para mi propio beneficio. Piénsalo: el hijo peca porque adorarse a sí mismo le parece mucho más atractivo. Si no está interesado en adorar a Dios, ¿qué te hace pensar que querrá adorarte a ti?
“¡No puedo creer que hayas dicho eso delante del pastor! Seguro piensa que no sé criar”.
“De verdad necesitas llegar a casa rápido después de la escuela, porque tengo que compensar lo que falta cuando no estás”.
A veces perdemos nuestra capacidad de influir debido a nuestra propia idolatría egoísta.

4. La meta de la amonestación
La meta no es amenazar. “Les exhortamos, hermanos, a que amonesten a los indisciplinados, animen a los desalentados, sostengan a los débiles y sean pacientes con todos” (1Ts 5:14).
La meta tampoco es fastidiar. En 1 Samuel 2:24, Elí reprende a sus hijos, y algunos podrían pensar que su discurso suena adecuado. Pero ¿cuál es el contenido? No es más que quejas y reproches. La “recriminación” es el acto de disentir, discutir o quejarse de algo. La recriminación repetida se convierte en fastidio. El fastidio no está verdaderamente centrado en Dios y carece de aplicación práctica.

¿Cómo dejar de fastidiar? Usa la Palabra de Dios para instruir al oyente a hacer lo correcto, de la manera correcta y por la razón correcta, y establece responsabilidad y consecuencias cuando la instrucción no se obedezca. En el caso de Elí, esto habría implicado mostrar a sus hijos que debían apartarse de su pecado contra un Dios todopoderoso y obedecer Su Palabra. También habría implicado advertirles sobre las consecuencias que Dios traería por su pecado, enseñarles cómo ejercer correctamente como sacerdotes y enseñarles a obedecer por la gloria de Dios, no solo para evitar el castigo.
La meta de la amonestación es ayudar en la santificación de los creyentes, enseñando sabiamente con la Palabra de Dios y por el poder del Espíritu.

Enseñando sabiamente…
“A Él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo” (Col 1:28).
La sabiduría es la aplicación correcta de la verdad a la vida. No es solo conocimiento; es la capacidad de usar la verdad como Dios la usaría. Necesitamos identificar la verdad que nuestros hijos necesitan escuchar y ayudarles a entender cómo esa verdad debe transformar su vida de manera práctica.
…con la Palabra de Dios…
“Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones” (Col 3:16).

En Efesios 5 aprendemos que Jesús está santificando a Su iglesia mediante el lavamiento del agua por la Palabra, para presentarla sin mancha. Por supuesto, no podemos producir personalmente la justificación ni la santificación en la vida de nuestros hijos, pero sí podemos proporcionar el “agua” de la Palabra que Dios usa para limpiarlos.
Ninguna herramienta en la crianza es más poderosa que la Biblia cuando se usa con sabiduría.
…y por el poder del Espíritu Santo
“Con este fin también trabajo, esforzándome según Su poder que obra poderosamente en mí” (Col 1:29). Dios nos capacita para hacer Su voluntad.
Tus hijos pueden ignorar tu amonestación porque rechazan la verdad de Dios. Si ese es el caso, necesitan ser evangelizados. Pero si un creyente genuino rechaza nuestra amonestación parental, probablemente se deba a que estamos actuando sin amor y/o de manera antibíblica y, por tanto, no somos instrumentos útiles en manos de Dios para influir correctamente.
Si has reconocido que has perdido la capacidad de ministrar la verdad al corazón de los creyentes en tu vida, te animo a hablar con uno de tus pastores. Amenazar, avergonzar y fastidiar es muy fácil, pero todo ello termina destruyendo la relación con tus hijos.
Recuperar la capacidad de influir implica lo que hemos mencionado, pero también requiere otros pasos importantes dentro del proceso. Busca ayuda bíblica antes de perder tu influencia, y procura ayuda si ya la has perdido.
