Marzo 2
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros, porque escrito está: ‘Maldito todo el que cuelga de un madero’, a fin de que en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles, para que recibiéramos la promesa del Espíritu mediante la fe”. Gálatas 3:13-14
Como creyentes en Jesús, hemos sido liberados de la gran maldición del pecado. El asombro de esta liberación nos atrapa en el momento en que entendemos que esta maldición, por la que somos culpables ante Dios y merecemos morir, ha sido retirada de nosotros por Cristo.
Sin embargo, una vez salvos, es fácil que el asombro se desvanezca y que la fuerza de su agarre en nuestra alma se reduzca. Es demasiado fácil vivir vidas agradables y cómodas que nos hacen difícil ver cuán esclavizados estamos al pecado. Tendemos a creer que, si tan solo nos esforzamos un poco más en nuestro matrimonio, en nuestro empleo, en nuestras relaciones y en nuestros logros, seremos buenas personas y mereceremos bendiciones. Queremos ser triunfadores, no creyentes. Constantemente, somos arrastrados de vuelta a la religión falsa del esfuerzo propio.
Esa fue la tentación para la iglesia de Galacia. Así que Pablo, en esencia, les dijo: Ese no es el mensaje cristiano. ¡Efectivamente, es lo opuesto! Si el evangelio fuera que Jesús vino solo a añadir algo que faltaba a nuestra vida, la maldición de la ley no sería una gran preocupación ni un problema sin remedio. En cambio, la maldición es real y debe ser tratada. ¿Por qué nos interesaría escuchar sobre alguien que murió en nuestro lugar a menos que primero entendamos que merecemos la maldición que Él llevó por nosotros? Solo necesitamos ver la ley de Moisés para entender el efecto de esta maldición (ver, por ejemplo, Ex 20:1-17). La ley nos revela cómo no hemos amado a Dios con todo nuestro corazón. No hemos obedecido. No hemos amado a otros como a nosotros mismos. No hemos dicho siempre la verdad. Somos codiciosos. Y la lista sigue. Cuando el Espíritu de Dios nos convence y vemos nuestras fallas, cantamos el himno junto con su escritor: “Aunque sea siempre fiel, aunque llore sin cesar, del pecado no podré justificarme”.¹ Vemos el peso de la maldición que alguna vez estuvo sobre nuestros hombros y que debería permanecer allí, y entonces podemos ver a Cristo en toda Su gloria como el Salvador que vino a retirar esa carga.
Esa es la esencia de nuestra fe. Cuando volteamos a la cruz y vemos cómo Jesús colgó allí, descubrimos que hizo algo tanto necesario como voluntario. Él tomó el lugar donde nosotros debíamos haber estado. Eso es gracia. Si pudiéramos ponernos a cuentas con Dios por nuestros propios medios, ni la redención ni la realidad de nuestra adopción serían asombrosas. Cuando nos sentimos tentados a mirarnos a nosotros mismos y nuestras obras, debemos recordar que Cristo ha roto la maldición. Y, en ese asombro, podemos gloriarnos. Sin importar hace cuántos días o años fuiste atrapado por la gracia por primera vez, canta estas palabras a tu alma ahora mismo:
Nada traigo para Ti,
Mas Tu cruz es mi sostén.
1 Augustus Toplady, trad. Thomas M. Westrup, “Roca de la eternidad” (1776).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
